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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 10 DE ENERO DE 2004
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La bicicleta

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.Cuento en conmemoración al XXVI aniversario de la muerte de PJCHC

Broche de pedrería “El gusto” Salvador Dalí.

 

Distinguido auditorio- gritó el payaso, yo no soy historiador, damas y caballeros, pero soy mejicanooooo, muy mejicanooooo, y por eso sé contar historias, razón por la cual con la venia de ustedes, fíjense bien, la venia no la vena, voy a contarles algo ocurrido en un pueblecito de mi tierra querida, un pueblecito olvidado, pequeño, ¡pero lindo como son todos los pueblos de mi querido Méxicooo! ¡Y también los de aquí, de Nicaraguaaaaa! ¡De esta bella tierra de lagos y volcaneees! ¡Donde la gente es tan acogedora y nobleeee! Pero no se rían ustedes -siguió el payaso- mientras se levantaba los calzones que se le estaban cayendo y agitaba un plumero rojo con la mano derecha para llamar la atención a los niños, sentados con sus papás en primera fila, comiendo cono de sorbete, en silletas plegadizas, sobre la tierra de la plazuela donde habían instalado el circo, con su carpa rota, su olor a serrín viejo y orinado, los trapecios gastados en que se exhibían los muchachos de la Patagonia, los brincadores argentinos, la contorsionista de trece años apenas, fíjense ustedes una verdadera maravilla esta niña, como no hay otra de su especialidad en todo el continente, los chimpancés que comen con tenedor y cuchillo y la leona en cuya enorme bocaza alcanza la cabeza del dueño del circo, no se rían decía el payaso, porque la historia no es alegre sino triste, pero buena, ¡retebuenaaaa! Así que presten ustedes atención, damas y caballeros y se acomodó el sombrero lleno de colguijos de papelillo, tomó una silla miniatura, hizo callar las campanitas del vendedor de raspados, se sentó mirando al señor de frente sudorosa, anteojos de carey, nariz corta, ojitos hundidos, medio cerrados y lengua gorda, palpitante, al señor vestido de saco que cargaba en sus piernas un paquete de algodón de azúcar, y dijo:

– El robo de la primera bicicleta pasó desapercibido, y hasta se perdieron dos más antes de que se empezara a sospechar del polaco pero cuando le robaron la Raleigh al hijo del carpintero se indignó la gente, sobre todo porque el muchacho había hecho un esfuerzo enorme para comprarla. Recogió centavo por centavo, llenó alcancías con las propinas de los mandados, aumentó su capital vendiendo planas de castigo a sus compañeros de escuela, se pasaba horas enteras escribiendo cien veces, doscientas veces, mil veces, hoy me porté mal en la clase de gramática, hoy me porté mal en la clase de gramática y vendía a diez centavos la hoja llena con esa o con otra frase, mientras los castigados vagaban y se divertían jugando alguna cosa. Y pasó así dos años y medio recogiendo los reales hasta que pudo comprar la Raleigh, verde, con foco, bomba para inflar los neumáticos y tres velocidades. La limpiaba diario, le lavaba las llantas con delicadeza, le aceitaba la cadena con aceite tres en uno y cuando llegaba en ella a la escuela, se esmeraba por dejarla bien estacionada en la sombra.

Definitivamente fue el polaco quien se la robó. El polaco le decían porque ni siquiera se sabía de dónde era, si de Francia, de Hungría, de un pueblo que se llama Budapest, ¡bueno ustedes me entienden, allá en mi tierra, por lo menos cuando no se sabe bien de dónde vino una genteeee! Le dicen polaco, como al que se robó la Raleigh del hijo del carpintero sin que nadie pudiera hacer nada porque faltaron las pruebas, como pasa siempre..., lo cual para el muchacho fue tragedia, porque se entristeció de por vida, dejó de comer, adelgazó libras y más libras y pasó meses sin querer ir a la escuela, pero para el polaco, fue el comienzo de una verdadera carrera. De ahí en adelante se volvió cada día más rico, obtuvo la concesión del toro rabón en las fiestas patronales, sacó permiso en la Jefatura Política para la apertura de prostíbulos, mandó a instalar dos billares, estableció un sistema de rifa de bicicletas en las que siempre salían favorecidos sus sobrinos, y con el monopolio de la distribución del guaro, entró a la política hasta lograr que lo nombraran alcalde.

Pero entonces vino lo grave, óiganlo bien señoras y señores, porque ya de alcalde el polaco que siempre había hablado un español atropellado, y no sabía ni ordenar bien las sílabas, comenzó a decir discursos con sentido, señalando por ejemplo “la combinación graciosa de la mesura con la fortaleza, que enlazadas por el hilo de una sabiduría misericordiosa y de nobilísima prosapia, son carta cabal y firme para todo buen gobierno”, y frases así, por el estilo, con las cuales despertó la curiosidad del pueblo, hasta que después de muchas averiguaciones se supo y era fácil creerlo, que la fuente de sus luces literarias estaba en la pluma borracha del maestro de escuela. Empezó desde ese día la gente a reírse del polaco y como entre todos, el más animoso burlador era Pitín García, sesentón, albañil, recio para el guaro, quien además decía haber sido testigo del robo de la Raleigh, varios años antes cuando el polaco no era nadie, el corazón de éste rebasó de odio, y sólo vivió en adelante, para malquerer a Pitín García, fíjense ustedes qué caso señoras y señores, decía el payaso, cuya larga perorata impacientaba a los niños y aburría a los grandes, a tal extremo que el dueño del circo vestido de levita roja y sombrero de copa se asomó de lejos a ver qué pasaba, porque eso no era parte del programa, no tenía para qué hablar tanto el payaso y menos dedicarse a contar historias. Le hizo señas pues, levantando las dos manos como diciéndole ¿qué te pasa...? luego palmeó duro, dos, tres veces, pero el payaso seguía hablando y ahora más embelesado en su cuento, bajando la voz de manera que casi solamente podía escucharlo el señor del saco, el de los anteojos de carey sentado en primera fila, y siguió contando cómo, el polaco llegó a creer que en el pueblo todo mundo odiaba a Pitín García, simplemente porque él lo odiaba, y por eso dedicaba su tiempo a promover los odios, a hacer una colecta de odios, y ponía como condición previa a todo, el odio hacia el albañil y no pensaba más que en eso todo el día, y de noche se levantaba sobresaltado con la idea de quitarle a Pitín los pocos trabajos que le daban, mandar a romper el cerco de su vivienda, machetearle la milpa, matarle un chancho, cortarle la luz, envenenarle el pozo, hasta que un día, señoras y señores, dijo el payaso y lo gritó de manera que todos pudieran oírlo claro, el alcalde comenzó a echar espuma por la boca, se fue soplando como chimbomba, se hizo gordo, gordo, y reventó por dentro.

Murió de apoplejía, dijo y se levantó de su silla mínima mientras el señor que estaba en primera fila, vestido de saco, frente sudorosa con los pequeños ojitos hundidos detrás de sus anteojos de carey, tosía estruendosamente, tosía, se ponía rojo, del color del plumero del payaso, se agitaba sobre su silla al extremo de que el paquete de algodón de azúcar cayó al suelo, a la arena del circo, y el señor se quedó quieto al fin, después de un pequeño ronquido; quieto y morado.

—Esto parece un infarto, dijo el payaso mientras todo el circo se movilizaba para ver al muerto, que era la persona más importante del pueblo.

— Después el payaso se quitó la máscara y fue caminando despacio al fondo del circo donde estaba estacionada en la sombra, una bicicleta Raleigh, verde, con foco, bomba para inflar neumáticos y tres velocidades.  
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La bicicleta