La ciudad de los robles
Eleazar Rivera
Esta es la ciudad de los robles. Aquí olvidaron su guitarra los grillos y en ella, nacieron ciudades y memorias. Esta ciudad es grande. Los muros que la protegen están construidos de huesos y sombreros. Aquí no hay sol y llueven piedras cuando alguien quiere verlo.
La noche se prolonga y sus racimos se pudren en nuestras vidas. El recuerdo hiede y nos carcome. Los pájaros mueren antes de levantarse de las cenizas. Un río corre a unos metros y en sus cristales las figuras se detienen, beben estío y regresan a sus sombras. Una antorcha se enciende bajo la lluvia y un rayo muere en el mismo instante que los centauros brindan por el frío de los robles.
Los generales
Se toman por asalto las plazas públicas y como fariseos caminan erguidos con su cetro de huesos de dinosaurio. Piensan que pueden apagar el espíritu de nuestro aliento. Se proclaman dueños de la palabra y sienten que un puñal les atraviesa el costado cuando la usamos.
Estos generales se equivocan cuando nos cuadriculan en sus arcaicos términos sin alma ni columna vertebral. Ellos nunca aprendieron el secreto de este oficio. Ellos nunca leyeron la gramática de este caminar sobre las aguas. Nunca vieron la lumbre ni el calvario de los papeles. Nunca penetraron en el jadear de nuestro grafito. Estos generales se equivocan al nombrarnos y les duele ver los estigmas de nuestras sandalias. Se les olvida que hemos pagado este crepitar desde el lamento de nuestra savia.
No. No somos parias. No somos usureros. No buscamos el fuego de Prometeo, ni el proverbio bienhechor de uno de estos retirados de la milicia. La guerra la enfrentamos con las armas de la luz. Nuestra insurrección tiene nombre y apellido. Es ajenjo en nuestras venas que palpitan por el azul y los laureles.
Recuento de la ausencia
A Rosa y Helmut
Seis años después del adiós, resulta difícil sentarse a ver la televisión y olvidarse de todo. Resulta difícil sacudir los escombros sin pensar en el duelo de los años; y es que aquí, el tiempo no es tiempo. Las horas son grises. El reloj tiene la pausa del inanimado: se detiene; se añeja y nos martilla. Reviso los pasos, las espinas, los espejos. Con el hígado en una mano y un puñal en la otra, no hay más que el diario personal del que se desviste en la página en blanco para sangrar hasta la última palabra.
Repito: aquí el tiempo no es tiempo, es la farsa más grande que hemos inventado.
(Poemas ganadores del Premio Centroamericano de Poesía Pablo Neruda. San José, Costa Rica. 2004. 
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