La Edad Media en los escenarios de hoy
Joaquín Absalón Pastora
Están dibujándose en los escenarios europeos las fuentes de la antigua sabiduría musical. Se ve y se goza en la modernidad aún con su movimiento espeluznante, el sabor sosegado y profundo de la música de la edad media principalmente en los teatros de Alemania desde donde llega la noticia emanada del directo testimonio, de la tendencia escénica de volver a encender “la luz de la vela” y de vestir las interioridades visibles del teatro con la túnica de la época recurrida en la distancia que va del siglo IV al siglo XI.
Aquí no más el inquieto gestor, en medio del silencio del reavivamiento cultural que nos abate, Ramón Rodríguez, director de la Camerata Bach, nos ha dicho que está proyectando uno o más conciertos con la intención de introducirnos al acto de ver actuante a la carroza recóndita comenzando con uno que yendo con posterioridad en el cortejo de los genios añejos, está situado en el barroco: Georg Friedrich Haendel.
La idea está en presentar su celebrante música acuática (suite) con el vestuario lucido por los músicos de su tiempo, luengas y tímidas barbas, colochos ilustrados por la blancura del sólido saber. Los trajes con su grosor defensivo impuesto por los aires de la coyuntura, las luces de las velas rodeando el contorno.
Cuando el año nuevo comience a irradiar sus novedosas travesías (quizá antes) tendremos estas resurrecciones que podrían anticiparse con “El Mesías”. Lo único que no podríamos hacer —lamenta— es tocar con los instrumentos de la época. A esas metas no llega la ilusión.
Vimos una vez un concierto así en el Kennedy Center y en la Catedral de Colonia. Los padres del profundo antaño demostrando que los hombres saben proteger y guardar sólo físicamente las macilentas partituras, que el transcurso del tiempo se encarga de fragilizar como no pocas de don Juan Sebastián —el más Bach de los Bach— que si no ha sido por Don Félix Bartoldo —el más Mendelssohn de los Mendelssohn— estuvieran durmiendo en el cementerio donde el oído también tiene tumbas.
Vuelvo al ansia extendida de poner en los escenarios la música de la edad media, tanto religiosa como pagana. El espectador advierte cómo los músicos forjados por el estudio y la investigación, usan réplicas imaginadas por las formas expuestas en los irrebatibles bordes de piedra de las catedrales viejas, de los instrumentos denostados por San Jerónimo. Resalta uno de los vivificantes, quien se viste como sus iconos amados, que en el siglo cuarto sólo quedó una versión auténtica del laúd original de los países árabes, llegados a España. Otros de la era, los ejecutan pero con la hechura de una imaginación respetuosa del sonido en la era, e inscritos en la silueta primitiva.
Aún la música que andaba tras la inatacable santidad, no era bien vista en los actos litúrgicos, lo cual, evidentemente, contrasta con las actitudes de hoy en que emergen los sones de protesta en las columnas catedralicias. De las citas entre los propios cristianos nacieron las formas helénicas con los salmos judíos de la sinagoga y viene la melodía con los estribillos que ahora oímos dando resuelta y no vergonzosa alegría, sensación de panderetas.
La alegría cuando se manifiesta en la diversidad de sus formas, es única, universal. De ahí que aquellas melodías resurrectas que gozamos con insistencia en los programas especializados de televisión en “Film and Arts”, lucen ese matiz que no obstante reflejan a la antífona y el responsorio, testimonios del canto judaico, en la placidez casera por las vías de una seductora traslación.
Reconstructivo es como siguiendo al hondo ayer, los artistas de este siglo en la experiencia retroactiva, se valen de los intermedios no para descansar sino para aprovechar el espacio convirtiéndolo en una estación de plegarias, anticipo de la música monódica. Constantino las consintió. La liturgia de Jerusalén fue modelo de Roma en el siglo cuarto.
La reunión de los cristianos produjo la hímnica constelación de los cantos gregorianos que ahí están, dulcificando, llenando de aliento cada noche que se va y cada alba que vuelve.
(Crítico musical) 
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