La primavera de Granada
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 | Un recorrido por la ciudad de Granada en sus etapas históricas, a los 480 años de fundada |
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Iglesia Nuestra señora de Guadalupe. |
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Jorge Eduardo Arellano
De las tres ciudades fundadas en Nicaragua por los españoles en el siglo XVI, sólo Granada perdura desde 1524 en su asentamiento original. León, que le antecedió unos meses, duró 84 años a orillas del Lago de Managua, quedando abandonada en 1610 —año de su instalación junto al pueblo indígena de Sutiaba— a causa de un intenso sismo devastador. Y Segovia desapareció del todo. Hablamos de su primitivo sitio, establecido en 1543 por Diego de Castañeda —al servicio del Teniente Gobernador de León, Pedro de los Ríos— que en 1611 se trasladó al sitio que hoy ocupa Ciudad Antigua, en el norte del país.
Sólo Granada está en donde estaba. Resucitando de sus cenizas, tras saqueos e incendios de piratas (en 1665, 1670, 1685) y del filibustero esclavista William Walker en noviembre de 1856, celebra este año —el 8 de diciembre— 480 años de existencia. Bajo la sombra del pródigo Mombacho milenario e hija del Gran Lago, Granada es la ciudad turística por antonomasia de Nicaragua. Con una armónica arquitectura colonial y neoclásica, uno de sus hijos predilectos la ha llamado acertadamente Aldea señorial. Aldea, si la relacionamos con otras ciudades hispanoamericanas por su tamaño modesto y sus escasos habitantes: a principios del siglo XX no había superado los veinticinco mil. Y señorial por sus aires propios, hermosos, singulares.
“Una de las ciudades menores más bellas del continente”.
En concreto —lo observó uno de sus mejores poetas— “como la nube que se hace deshaciéndose, Granada es bella —una de las ciudades menores más bellas del continente—; pero es solamente el saldo o la suma final de cuatro o cinco intentos de destino que se frustraron o se vieron destruidos por una incesante fuerza hostil y dramática”. Pues, como ninguna otra ciudad en Centroamérica, en ella casi todo está en su lugar: plazas y plazoletas, avenidas y calles, parques, templos, centros educativos, arroyos, malecones, muelles, plazas, estadio, panteón… aparte de sus edénicas isletas. Únicamente la Estación del Ferrocarril (de 1886), el Mercado (de 1892) y el Hospital San Juan de Dios (construido a partir de 1887, se inauguró en 1905) se tornaron obsoletos hace varias décadas. El primero y el tercero por abandono (el Hospital es una ruina cada vez más lamentable); el segundo, debido a la expansión citadina.
Pero la ciudad más antigua de América en tierra firme, sobre la cual se han escrito y publicado una docena de libros y monografías, no ofrece una cultura digna de ese rango. Carece, en primer lugar, de verdadera universidad (las que funcionan corresponden a sucursales de las llamadas “universidades de garaje”), de teatro para funciones cómicas, dramáticas, etc. (que lo tuvo hasta 1920), de Sala de Cine especializada en auténticas obras del séptimo arte, de Orquesta de Cámara (en el siglo XIX su Sociedad Filarmónica no era despreciable), de un gimnasio moderno de fisicoculturismo, de biblioteca pública (en los años sesenta del siglo XX funcionaba una, modesta, en la Calle Real), de librerías donde adquirir obras literarias, científicas e históricas de calidad. Ni siquiera cuenta con un Centro de Documentación sobre su desarrollo y valores humanos, mucho menos con un Museo similar a la de otras ciudades hispanoamericanas menos importantes. (Sólo con un Archivo regional, el más importante del área centroamericana, rescatado por el suscrito con el patrocinio de la Cooperación Española en 1992). En parte, el ex-Convento de San Francisco y la Casa de los Leones (el primero restaurado por obra y gracia de la Cooperación Sueca, bajo la dirección de Flor de María Rivera; y la segunda, producto de la solidaridad austríaca, representada por Dieter Staddler) compensan algunas de esas ausencias. Pero resultan insuficientes.
“LA CULTURA GRANADINA NO PUEDE SER SÓLO EQUINA”
Por tanto, no es ocioso hacer un llamado a la ciudadanía de Granada en general, y particularmente a sus autoridades e iniciativa privada, para tomar conciencia del problema. La cultura granadina no pude ser sólo “equina”. Es decir, su fiesta patronal del 15 de agosto no debe limitarse a exhibir esa cultura que obedece a una tradición agropecuaria de raíces coloniales. Sin embargo, es innegable que los hípicos de Nicaragua, en general, se han desbordado, tal vez porque sus protagonistas —ante la desaparición de los clubes sociales, no devueltos a sus antiguos dueños por razones políticas— hallan un espacio propicio para volcarse en las fiestas patronales. En conclusión, pese a esas deficiencias o limitaciones, Granada de Nicaragua es en muchos sentidos una ciudad-ciudad, como diría Joaquín Pasos, uno de sus poetas.
Una ciudad que, en la concepción de Alfin Toffler, es un enclave del pasado; pero ha sido remozada durante los últimos años —por vecinos y extranjeros atraídos por ella— para mantener su uniformidad constructiva y la armonía de sus estilos: el del caserío modesto de ascendencia hispánica y el neoclásico suntuoso de inspiración italiana, manifestado en 48 residencias. Tal lo observó el periodista estadounidense Carleton Beals a finales de los años veinte del pasado siglo, al anotar que Granada era “un lugarcito (…) parecido a los pueblos italianos”. No en balde Andrés Zapatta, un italiano, había erigido varios de sus edificios señeros.
EQUILIBRIO ÚNICO CON SU ENTORNO NATURAL
Por algo esta ciudad impresionó al Rey Juan Carlos cuando exclamó en abril de 1991 al visitarla: “No la toquen”. No sólo por constituir un ejemplo de monumentalidad total, sino por su integración a la Naturaleza, equilibrio ausente en la gran ciudad de nuestra época. En efecto, Granada —aunque sin el comercio exterior a través del río San Juan que le caracterizó en los siglos coloniales: desde 1539 hasta principios del XVIII, reiniciado a finales del mismo e interrumpido para siempre en 1898— conserva un equilibrio único con su entorno natural. Carlos Alberto Marín diría que mantiene una relación subconsciente con el Charco Nostrum y el Pater Nostrum. De tanto disponer del Gran Lago —el Cocibolca o Lago de Nicaragua— y de sus casi cuatrocientas isletas, como también de tanto admirar al Mombacho, el granadino se apropia de ambos, suscitando en su interior una dicha única. La dicha de compartir ambas maravillas: la “imagen del paraíso” que son las isletas y el milenario centinela de su ciudad que es el exinto volcán Mombacho, en realidad un cerro fértil ecológicamente millonario.
Porque el Lago (el Ayagualo de los aborígenes y el Mar Dulce de los conquistadores) es el segundo más extenso de América Latina: 7,700 kilómetros según Jaime Incer o 8,284, de acuerdo con otras fuentes, casi la superficie de la isla de Puerto Rico. Y su ichtiofauna —cada vez más en desaparición— se ha reconocido como una de las más ricas y curiosas del mundo, destacándose los guapotes (plato tradicional de la cocina granadina), gaspares y sábalos, peces-sierra y, sobre todo, tiburones que proceden del Caribe atravesando el antiguo Desaguadero o río San Juan y llegan y vuelven al Caribe y retornan a nuestro mar interior, como lo llama su cantor homérico Pablo Antonio Cuadra.
ATAQUES DE LOS PIRATAS (1665, 1670, 1685) Y DECADENCIA
Por su riqueza y posición estratégica, Granada es apetecida por las potencias europeas enemigas de España; y los piratas —una de sus avanzadillas— la saquean el 29 de junio de 1665 y el 26 de agosto de 1670. El jamaiquino Edward Davis y el indio “Gallardillo” (al servicio de Inglaterra) son sus perpetradores. Las autoridades españolas reaccionan construyendo el Castillo de la Inmaculada Concepción, inaugurado en 1675 y celebrado con un sermón del fraile guatemalteco José Velasco en la parroquia de Granada. Sus habitantes, sin embargo, se mantienen en el campo, quedando en la ciudad en 1679 apenas 30: entre ellos 12 españoles y 22 mulatos. La decadencia está a la vista, sobre todo a partir del saqueo e incendio parcial que perpetró el pirata francés William Dampier, no sin alguna resistencia, el 8 de abril de 1685.
EL INCENDIO ORDENADO POR WALKER EN NOVIEMBRE, 1856
Si hemos transcrito los textos anteriores es porque reflejan el inicio de la destrucción de Granada que los filibusteros del esclavista norteamericano William Walker —al mando de Charles Frederick Henningsen— la completan, incendiándola casi totalmente a partir del 22 de noviembre de 1856. Pocos días después, el general mercenario le escribe a Walker: “Su orden ha sido cumplida. Granada ha dejado de existir”. Al incendio le ha precedido el deliberado despojo de sus ocho iglesias —cuyo tesoros comprendían anillos y sortijas, copones y custodias, rosarios, candelabros y demás objetos sagrados— emprendido por los mismos filibusteros que, ebrios, escenifican un desfile burlesco, ataviados muchos de ellos con vestiduras sacerdotales. Horacio Bell lo describe:
“Llegó la mañana [del 22] con la ciudad todavía ardiendo; los filibusteros todos, incluso el General [Henningsen] y el Ministro de Finanzas [Parker French] constituían un tumultuoso enjambre de borrachos. (El día anterior habían localizado unas grandes bodegas de vinos y brandies). A eso de las nueve de la mañana se organizó una procesión con el mencionado Ministro a la cabeza, integrado por unos cincuenta oficiales… Se ordenó un ataúd bajo el rótulo de Granada y avanzó la procesión, con una imagen del Salvador adelante, seguida por el ataúd y los falsos sacerdotes. Desfilaron alrededor de la plaza en un rito impío, depositando finalmente el ataúd en una tumba excavada en el centro de la plaza sobre la que erigieron un inmenso letrero con la misma inscripción que los romanos dejaron en las ruinas al destruir Cartago: Aquí fue Granada”.
RECONSTRUCCIÓN Y SELLO DE ALDEA SEÑORIAL EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX
Concluida la Guerra Nacional Antifilibustera con la expulsión de Walker el primero de mayo de 1857, comienza una etapa a nivel nacional de reconstrucción en la que Granada, a la cabeza del país, obtiene los mayores beneficios. No sólo se reconstruye, sino que con la inversión en la ciudad de los excedentes económicos —productos del cacao, del café y de la hacienda ganadera— estrena obras de progreso: alumbrado público en 1872, telégrafo en 1875, teléfono en 1879, agua potable por cañería en 1880, fuente del Parque en 1882, ferrocarril en 1886, Estación del mismo en 1888 y, en 1892, otras tres obras básicas: Tranvía de sangre (tirado por caballos), Mercado y Parque Central o Colón. Además, reabre su comunicación con el Caribe en 1870, sus municipalidades construyen el nuevo Cementerio, trazan nuevas calles, prolongan otras, levantan y reparan pretiles —para desviar las aguas invernales—, se componen y riegan permanentemente las calles, se erigen los puentes que unen los barrios con el centro.
También funcionaban dos Juntas: una reconstruye los templos, la otra asume la construcción del Hospital San Juan de Dios, cuya fachada y cuerpos primordiales están por concluirse en 1898. Ese mismo año se inaugura el tranvía de vapor “Santiago Morales” que cruza la ciudad desde el Muelle hasta Jalteva. Paralelamente a este progreso material, la ciudad ofrece notables adelantos culturales: Club Social (1871), Escuela de Señoritas (1872), Colegio de Granada (1874), para varones; Colegio de Señoritas (1882), Biblioteca circulante (1883), Diario de Nicaragua (1884), el primero del país; Teatro de Granada (1889), etcétera. En fin, durante estos años de hegemonía social, política y económica, la ciudad adquiere su sello de aldea señorial.
Y ésta es la Granada que en esencia perdura, no obstante su posterior evolución constructiva, el pavimento de sus calles y cierto desarrollo urbanístico. Por ello, dejó de ser la ciudad-puerto, “entre arroyos apresada”, blanca y “de sol y cal” —según la llama Pablo Antonio Cuadra en su cantar de 1930—, pero conservando su pródigo encanto, gracia y gallardía, advertidas desde el siglo XVIII a través de su orgullo localista, ya adoptado en el lema del escudo colonial de la ciudad que entonces proclamaba: “quot grana, tot gratia” (a cuantos granos, tantas gracias). Gracia colectiva que, poco a poco, fue aumentando hasta que el incendio de 1856 la arrasó completamente; pero que la recuperaría muy pronto. Tanto que en 1887 el periodista costarricense Pío Víquez constataba que su arquitectura correspondía “en su mayor parte a los usos del pasado; pero tiene cierta gracia, un conjunto tan simpático, que no sería posible conocerla sin amarla luego”.
Naturalmente, esta gracia ha sido asimilada por sus habitantes. De ahí que éstos, con su naturaleza hiperbólica y estirpe andaluza, hayan contagiado a los cantores de la ciudad que no han nacido en ella, como el autor del corrido Granada, Tino López Guerra, quien aseguró: “Ni la misma Granada de España/es tan linda y extraña,/como ésta de aquí”. Igualmente, esta exageración se mantiene viva cuando sus actuales vecinos exclaman: “Quien no ha visto Granada, no ha visto nada”.
Hijo predilecto de la ciudad (1996) 
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