Cuatro pinceladas incomparables
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 | Claudia Fuentes de Lacayo, Ilse Ortiz de Manzanares, Laura Báez de Lacayo y Sagrario Chamorro Argeñal exponen sus pinturas en Galería Pléyades, en una muestra que presenta una variedad de estilos y técnicas |
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Pintura de Ilse Ortiz de Manzanares. |
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Arnulfo Agüero
Como cuatro “pinceladas incomparables” definió el maestro Reinaldo Hernández las obras de las pintoras intergeneracionales, Claudia Fuentes de Lacayo, Ilse Ortiz de Manzanares, Laura Báez de Lacayo y Sagrario Chamorro Argeñal, estas dos primeras surgidas en los años setenta y las otras a finales del 2000.
Dicha exposición, abierta al público hasta finales de diciembre, en Galería Pléyades, muestra a cuatro pintoras con diferentes temas y estilos, entre ellas a Ilse Ortiz de Manzanares (León, 1941), con sus clásicas ideas de sólidos heridos.
Ilse: boceto del dolor humano
Sus primeros trabajos en los años sesenta, al lado de su maestro Alberto Ycaza, son bien definidos en su exposición Metales. Desde entonces ha participado en más de 30 exposiciones colectivas, asimismo en 1999 exhibe su retrospectiva en el Teatro Nacional Rubén Darío, la que fue en cierta forma la coronación de su larga carrera, reconocida por medio de la aguda crítica de Julio Valle-Castillo, que la catalogó como una “pintora” fuera de las lista de señoras aficionadas que gustan de pintar los domingos.
Sus obras pintadas sobre lienzo, en el 2004, reúnen su estilo permanente, que relata el dolor humano más allá del mundo industrial y bélico. Pinturas como Fragmento, Fisuras, y Sólido herido, también patentan su firma, color y formas, a través de sus lumínicos brillos de metal y el completo dominio de las sombras.
Cabe recordar que tanto Ilse, como su hermana Rosario Ortiz de Chamorro, recibieron orientaciones del maestro Rodrigo Peñalba sobre el formato y el quehacer de la pintura de caballete. En donde uno de los legados de Peñalba era que cada pintor buscara su particularidad que lo definiera, tanto en las formas como en el color. Bajo estos preceptos estas damas, amantes del arte de caballete y de proyectar su sentir, hicieron lo suyo.
uentes: Rescate de lo nuestro
Claudia Fuentes de Lacayo (Managua en 1938), vaga por la atmósfera del “rescate de lo nuestro”, en la búsqueda de la identidad precolombina, camino por donde transitaron el mismo Rodrigo Peñalba, los integrantes del grupo Praxis y el poeta Pablo Antonio Cuadra, entre otros.
Como constante encontramos en su pintura los bodegones o naturalezas muertas. Realmente, el mejor retrato del costumbrismo indigenista, del paisajismo que ilustra el recuerdo de la cerámica prehispánica, fragmentada como quimera misma, como su patrimonio cultural: Mestizaje hecho vasija, leyenda de arte.
Laura: realismo sugestivo
Según su maestro, el pintor y acuarelista Reynaldo Hernández, la pintora Laura Báez de Lacayo, está fuera de la agenda de “pintoras de talleres de sábado o día libre”, desde 1987, se inició activamente en el oficio de la pintura formal, abordando en la actualidad un realismo sugestivo.
Hernández la define como una artista “que en un principio su pincelada ha sido vigorosa, lo que demuestra su temperamento, seguro y fuerte, así como su sensibilidad y sensualidad”.
Su temática, que ha pasado por las manzanas, peras, chiltomas, algunas semi abstractas, hasta llegar a las formas de tela, ha sido su mejor pretexto para experimentar con colores puros, rojos, naranjas, amarillos, o verdes, tratados con pincel o espátulas, agrega Hernández, quien ve en ella una evolución temática, pero también una constante en el manejo de la escala cromática antes mencionada.
Otro de los elementos que destaca radica en las grandes formas dimensiónales, muy característicos en los formatos del arte mural.
Chamorro: dinámica geografía
Sagrario Chamorro. La debutante en esta muestra colectiva, que nada tiene que ver con al escuela de las tres exponentes anteriores, aunque esta última sea “discípula” de Ilse Manzanares, tiene su cualidad estilística en este duro oficio de pintar.
Su maduración pictórica está en proceso, el manejo de sus pinturas es más dinámica, apreciándose en la variedad temática y de búsqueda de estilos en títulos como: Retrato de un árbol, Amarillo, La raya, Mar, entre otros.
Las obras hablan por sí solas, sus pinceladas, formas y pretextos son disímiles. En Sagrario nos encontramos con saltos múltiples, tanto temático, de color y factura, dejando en claro una marcada diferencia con estos parámetros. Y es que esta modalidad es lo que marca los actuales discursos del lenguaje de las últimas corrientes del pensamiento pictórico en cuanto al manejo mínimo del color, formas y simplificación de los volúmenes de gran geometría espacial.
Baste recordar —sin pretender comparar— al pintor y muralista brasileño Antonio Amaral. Éste con sus obras de selvas y paisajes volumétricos, de tendencia ecologista, hace critica de la violencia citadina contra la naturaleza, desde esta óptica espacial. Es el caso de Sagrario, donde se percibe también algunas reminiscencias de las selvas, o manzanas de Armando Morales, pero en su propia versión, consigue ubicarse en estos paralelos, al igual que en otros, por lo que se hace por el momento imposible definir su tendencia, que la separa de la generación que le antecede.
(Crítico de arte) 
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