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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 18 DE DICIEMBRE DE 2004
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Tras la pista de Castellón

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.Comentarios a la reciente novela Mil y una muertes, de Sergio Ramírez

 

Henry A. Petrie

Sergio Ramírez, entre los escritores nicaragüenses actuales, es el de mayor alcance y reconocimiento internacional. En el conjunto de su esmerada obra ha navegado entre telones del poder y la historia, lo provinciano y cosmopolita, hurgando la intriga y laborando paciente el hilo entre la verdad y la mentira, el cosmos de la palabra, con la imaginación al trote aunque parta de algún hecho real, registrado o no por la historia. No importa. Su propósito es novelar, narrar. Y por supuesto, lo hace con técnica y maestría. La creación tiene infinitas esquinas, aunque se diga que todo está escrito. Pero algunos se afanan por identificar la verdad y lo ficticio, ¿existe? Acaso, ¿no son inventadas las realidades y la Historia hecha con buena dosis de mentiras? Cuando el lector se cuestiona está pariendo otro ángulo de la realidad-ficción narrada. Imagina, crea...

Ramírez nos entrega su Mil y una muertes (Alfaguara, 2004; 323 Págs.), novela que a diferencia de las anteriores, su estructura está dada en dos vertientes que al final confluyen en una sola. Ambas narradas, de manera alterna, en primera persona por sus dos personajes principales. Uno, el autor viajero que va indagando y atando cabos para llegar al otro, quien evadiéndolo va contando su vida, las circunstancias que lo llevaron a Europa, vicisitudes de su existencia en París, Mallorca y Varsovia, y su trajinar como fotógrafo de importantes acontecimientos y de grandes artistas.

Ambos personaje van desarrollando un papel activo en la novela, donde la búsqueda de uno se va entrelazando con la vida y muerte del otro, estableciendo el enigma Castellón, que puede ser el mismo de la identidad del país de donde procede. Intervienen Rubén Darío y Vargas Vila aportando al contexto europeo de la trama.

El personaje-autor no lo sabe todo, va en una constante de búsqueda por Castellón, que es en realidad el omnisciente. Aparecen personajes propios al objeto de la trama, así como aquellos conexos a la historia universal del arte —Turguéniev, Flaubert, Chopin y George Sand—, el inefable Rubén Darío durante su estancia en La Cartuja en Mallorca, que junto a Varsovia, París y Marid son los escenarios europeos, y por otra lado, León de Nicaragua, el trayecto del Gran Lago-Río San Juan y el puerto caribeño de San Juan del Norte-Greytown.

Despertada la inquietud por el fotógrafo Castellón, durante una visita oficial que realizara el autor a Varsovia en la segunda mitad de la década de los ochenta, empieza la travesía en su busca. Éste resultó ser hijo del ex Presidente de Nicaragua, Francisco Castellón, y de Catherine, hermana del rey mosco Robert Charles Frederick, quien le contara una versión peculiar de Robinson Crusoe que involucra a un aborigen llamado Robin, perteneciente a su reino.

Castellón, en aquel entonces diplomático, viaja a Europa a causa de desavenencias con súbditos británicos, pero también animado por el sueño del canal interoceánico y la conversión de León en la Constantinopla del Pacífico. En Londres ve frustrados sus propósitos y se dirige a París, donde se encuentra con Napoleón III, prisionero en la fortaleza de Han. Ahí intercambian ideas acerca del canal y resulta apoyándolo en su fuga.

De regreso a Nicaragua se convierte en presidente —Director Supremo, en aquel entonces— con sede en León; confrontado a una crisis nacional llama a los filibusteros y contrata a Walker para que intervenga en la disputa con los conservadores de Granada; el rey mosco le manda a Catherine y la embaraza, según lo conversado durante su paso por Greytown; y finalmente, muere a causa del cólera: “Lo tendieron en el camastro de una carreta, envuelto en una cobija atigrada porque tiritaba de frío a pesar de que el día era caluroso como ninguno, y no dejó de defecarse a lo largo del trayecto” (Págs. 223).

Napoleón III, al enterarse mediante correspondencias tardías de la muerte de su amigo, ofrece educación en Francia para su hijo una vez cumplidos 15 años. Transcurrido el tiempo, con estudios de francés, el joven Castellón marcha a París coincidiendo con el declive del imperio, frustrándose de esta manera sus estudios de medicina. Desamparado y sin más alternativa, abraza la fotografía acogiéndose al ofrecimiento del conde Primoli de vivir en su casa. A consecuencia de un conflicto se separan y el ya fotógrafo Castellón es recomendado al Archiduque Luis Salvador, integrando su séquito en Mallorca. Se casa con Catalina Segura y procrean una hija —que pudo ser también del Archiduque por el triángulo amoroso del que eran parte— llamada Teresa; años después, viviendo en Varsovia y durante la ocupación nazi, sería asesinada junto a su marido. Correspondió a Castellón, en un ardid profesional impresionante, tomarles fotografías donde yacían tendidos en la calle a la vista del pequeño Rubén, nieto del que se hace cargo y juntos son llevado al campo de concentración de Mauthausen. Castellón muere de neumonía y el niño huérfano, a la llegada de los norteamericanos, es internado en un colegio vocacional en Francia. Tiempo después aparece en Mallorca.

Con Rubén ya adulto, dueño de una tienda y jefe de una secta esotérica, más que un encuentro con el personaje-autor, se produce la confluencia de las dos vertientes de la historia. Más que testigo es revelador y punto de enlace hacia un plano metafísico que ha de proseguir después, donde Castellón aparece etéreo en un contexto de desastre en su país natal: “matando a centenares de familias mientras dormían y ahora para siempre soterradas bajo la playa de lodo que se perdía en la distancia”, en clara referencia a lo sucedido en Posoltega. Castellón, que recorrió Europa capturando imágenes de los acontecimientos de aquel tiempo, se ubicó frente al “cadáver de un niño de unos tres años” que a su derecha se acercaba “un cerdo negro y flaco”, husmeándolo. Sabido que lo visible se completa con lo invisible, sintió revivir o repetirse el tono gris de su destino parecido al de Nicaragua, un país “demasiado pequeño para tomar en cuenta su existencia”, en boca del británico aquél. El lente que se anduvo Europa regresa de otra de sus muertes para fijarse en la tierra que había dejado atrás, con sus accidentes históricos y recurrencias patéticas, sin canal ni Constantinopla, siempre en desgracia donde otro tipo de chanchos se revuelcan, husmeando a los eternos muertos, que unos lloran y otros vitorean, aunque en realidad se pierden en el olvido, quizá recorriendo el mundo, inadvertidos.

El libro se encuentra disponible en las principales librerías.  
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Tras la pista de Castellón