Las piñatas navideñas
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Es una tradición que llegó a México en 1587 como un instrumento más de la evangelización española |
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Los hermanos agustinos invitaban a los indígenas a destruir el mal quebrando piñatas.
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AFP
MÉXICO.- En Acolman y Otumba, dos municipios del Estado de México (centro), la elaboración de piñatas para la época navideña es una actividad que se comparte con las labores del campo, “pues ni una, ni otra” por sí solas, dan lo suficiente para subsistir, dijo a la AFP el artesano Álvaro Ávila.
Álvaro junto con su esposa Alberta, ambos de 34 años, dedican sus mañanas a la siembra de tuna (fruto del cactus), otra labor que data desde el esplendor indígena de la antigua Tenochtitlán, mientras que en las tardes dirige un taller donde fabrica artesanalmente piñatas, en el poblado de Santiago Tolman, tal y como los monjes Agustinos las hacían en el siglo XVI.
Según la historia del pueblo, Acolman es la cuna latinoamericana de las piñatas: un recipiente de barro recubierto de papel de colores, en el que sobresalen siete o nueve picos de cartón, que forman una cromática estrella, de donde cuelgan vistosas colas también hechas de papel.
En el interior de las piñatas se introducen frutas y dulces, como mandarinas y caña, además de unos caramelos mexicanos llamados “colaciones”.
“La piñata de nueve picos dicen que significa los nueve meses de la Virgen María o sea el embarazo de la Virgen, y la de los siete picos son los siete pecados capitales”, explica Alberta Calderón.
PARA DESTRUIR EL MAL
El sitio donde se elaboró por primera vez una piñata en 1587 aún puede ser visitado. Se trata del ex convento de los Agustinos, una construcción con reminiscencias moriscas erigido en 1539, a unos cuantos minutos de las famosas pirámides de Teotihuacán.
En ese lugar, los religiosos españoles decidieron evangelizar a los indígenas a través de un objeto simbólico, en realidad originario de China e Italia, que representaba al diablo y sus tentaciones.
“A los indígenas se les invitaba a que se deshicieran del mal quebrando la piñata con los ojos vendados, es decir, a través de la fe ciega de la religión”, apuntó Idalia Valencia, portavoz del ayuntamiento de Acolman.
Para Álvaro Ávila y su familia, las piñatas “son nuestras raíces”, y aunque lamenta no recibir apoyo de las autoridades, el seguirlas elaborando año con año cuando se acercan las fiestas de Navidad, “tiene sentido, para que no mueran nuestras tradiciones”.
Las primeras piñatas de la entonces Nueva España coincidieron con las fiestas dedicadas a Huitzilopochtli, el dios azteca de la guerra, mientras que en Europa se festejaba el nacimiento de Jesucristo.
“Es así como llegó la Navidad a los indígenas de México, porque además de las piñatas, los Agustinos también empezaron a hacer ‘posadas’, para representar la peregrinación” de María y José antes de la Natividad, dijo a su vez María de Lourdes Ortiz, una artesana de 30 años, propietaria de un taller donde unas 30 mujeres hacen piñatas, como alternativa al desempleo.
Desde el 16 al 24 de diciembre, cada año las “posadas” mexicanas reúnen a grupos de personas que piden ser asilados en una casa, recordando el tránsito emprendido hace más de dos mil años —según la tradición cristiana— por María y José, en busca de un refugio donde naciera Jesús.
En la actualidad, luego de que los “peregrinos” piden “posada”, siempre acompañados de cánticos religiosos, y ésta les es otorgada, la escenificación concluye rompiendo una piñata, actividad que se acompaña de las coplas “dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino”.

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