DOMINGO 5 DE DICIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23654 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Desde La Colina Vaticana
Un cambio gozoso en grande

J. Dávila y Castellón

“El adviento es, por tanto, preparación para un grande y gozoso cambio. Este cambio transformará radicalmente la situación del hombre en el mundo”.

(Juan Pablo II)


El mensaje del Papa no deja de ser optimista y esperanzador, enormemente promisorio para el hombre, la Iglesia y la sociedad. Habla de “un grande y gozoso cambio” y de una radical transformación de “la situación del hombre en el mundo” como resultado de vivir el Adviento en su verdadero espíritu penitencial.

El vicario de Cristo no está propiamente haciéndose falsas expectativas ni se le puede juzgar como un vendedor de ilusiones que ha perdido el sentido de la realidad, pues sabe que “todo árbol bueno da fruto bueno” o sea, en este caso, que una esmerada preparación espiritual con motivo de Navidad, llevada a cabo de todo corazón y a profundidad, proporciona gozo como natural y sobrenatural efecto del encuentro o la conversión hacia Dios.

“Ciertamente —podrá pensar alguien— experimentar la misericordia de Dios, toda verdadera conversión proporciona una fuente indescriptible de felicidad, pero no porque yo cambie o me convierta se va a transformar ‘radicalmente la situación del hombre en el mundo’... ¿No está exagerando Juan Pablo II, no habla hiperbólicamente cuando afirma semejante cosa?” Rotundamente no. El Papa dice la verdad. Los ejemplos abundan.

La metanoia o conversión significa un cambio profundo en la manera de pensar y de actuar de parte de quien está realmente arrepentido de sus pecados. Al cambiar de mentalidad y de comportamiento, el individuo cambia también su entorno: “Desde que me convertí, en mi hogar reina la paz y la alegría; antes había mucha discordia y división, ahora vivimos todos unidos”, me confesó un buen hombre en un retiro espiritual, al cual asistió con su esposa y sus hijos. Este cambio, el cambio de este hombre concreto, transformó radicalmente la situación, en forma positiva, de otras personas del pequeño mundo de su hogar.

“Yo fui policía ante de mi conversión —me refirió en cierta ocasión un joven profesional católico— y trataba a los conductores en forma prepotente y cruel”. Este ex policía de tráfico es ahora un ejemplo de mansedumbre, producto ésta de su profunda humildad.

Durante la tiranía de la década de los ochenta, en una de nuestras cárceles, un alcalde se complacía en humillar morbosa y cruelmente a los prisioneros políticos, manteniéndolos desnudos totalmente, negándoles con frecuencia el adecuado alimento y a recibir baños de sol.

Con el tiempo, el alcalde fue sustituido por un buen cristiano, quien al recibir su cargo y observar a los escuálidos prisioneros, grito indignado: “¡Lo que aquí me están entregando son esqueletos, no seres humanos!” E inmediatamente ordenó que los prisioneros fueran debidamente alimentados y tratados según su condición humana, la cual el hombre, aún estando de libertad, no puede perder. (Este testimonio está tomado de la confesión que me hiciera un ex prisionero político).

En este Adviento es preciso convertirnos “en grande”, pues necesitamos transformaciones radicales... “en grande”.
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