¿Qué poder determina el destino humano?
Pablo Sanabria Laínez
La película Forrest Gump, estupendamente protagonizada por Tom Hanks, comienza y termina con una escena que envía un mensaje subliminal acerca del destino humano: una pluma que, impulsada por el viento, flota y se mueve de aquí para allá. ¿Será que ocurre lo mismo con nuestras vidas? ¿somos simplemente marionetas del destino? ¿vamos hacia algún punto en particular? Hay una historia bíblica que nos ayuda a responder a estas preguntas fundamentales. Me refiero a la vida de José, el hijo de Jacob y Raquel (Génesis 37).
Aunque sus hermanos le llamaban “el soñador”, dudo mucho que José soñara alguna vez con gobernar Egipto. ¿Cómo, pues, llegó a ocurrir tal cosa? José era el favorito de su padre y el odiado de sus hermanos quienes lo vendieron como esclavo a unos comerciantes transeúntes. Así llegó a Egipto donde sirvió en casa de Potifar, cuya esposa se obsesionó con el joven hebreo. Al sentirse rechazada, la mujer acusó a José de querer abusarla y éste fue encarcelado. En la cárcel conoció al panadero y al copero de Faraón que también estaban presos. A éstos, José les interpretó un sueño. Cuando el copero fue liberado y restaurado a su posición de privilegio, recomendó a José para que interpretara un sueño de Faraón relativo a siete vacas gordas y siete flacas. Faraón quedó complacido con la sabiduría de José y allí mismo lo nombró gobernador de Egipto. La primera lección que enseña esta historia es que las demás personas y las circunstancias a las que nos empujan, contribuyen al destino de uno. Pero eso no es todo.
Aún con la concurrencia de todos los detalles anteriores, José podría no haber llegado a gobernar Egipto. Sin la capacidad de interpretar sueños no se habría distinguido ante el rey. Sin su determinación de ser fiel a sus principios morales, no habría ganado el favor de Jehová, quien estuvo con él ayudándole a sobrellevar sus penosas circunstancias. Sin su actitud de no dejarse agobiar por las desgracias y confiar en la bondad de Dios a pesar de todo, José podría haberse suicidado o abandonado al yoquepierdismo. Por lo tanto, una segunda lección que podemos sacar de esta historia es que también hay factores personales que intervienen en el destino de uno.
Más importante que todo lo anterior, sin embargo, es la influencia de Dios. La existencia misma de José había sido resultado de la intervención divina, pues su madre era estéril. Además, Dios le dio sabiduría y habilidades extraordinarias sin las cuales no podría haber logrado nada y utilizó las circunstancias de su vida —incluyendo las negativas— para guiarle hacia el destino que le tenía preparado. José solo y sus circunstancias no eran suficientes. La tercera lección de esta historia es que detrás del escenario de nuestras vidas está Dios, trabajando para cumplir sus propósitos.
En suma, nuestro destino es el resultado de una conjugación de factores que incluye a las demás personas y las circunstancias a las que nos empujan, el carácter de uno, sus actitudes y decisiones personales, y la voluntad soberana Dios. En última instancia, Dios respeta nuestra libertad e individualidad y nos permite quedarnos dentro o fuera de su voluntad, pero esto no significa que al final no cumpla con sus propósitos.

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