El pesebre navideño
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Anónimo. Óleo sobre tela. Siglo XVII. |
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Edgar Escobar Barba
Nació en Navidad, rodeado de dos árboles adornados por campanitas sonoras, esferas de cristal, frutas de madera al natural, y pelo de ángel. El juego de luces de las candelas, resplandecía en aquella sala sin variedad de sonidos humanos y los villancicos se sucedían unos a otros, otros a uno.
Abrió los ojos y dejó de sollozar para oír tus solitarios pensamientos, para entrar en tu mente y ver altas y bajas en tu vida cotidiana que hoy se mostraban claramente cuando estaba por fenecer un precipitado año de nuestra era.
El divino niño comprendió que a pesar de que vos estuviste rodeado de gente, estabas solo, como te encuentras ahora acompañado por los fantasmas del recuerdo del pasado y el presente.
Y dejó de sollozar: se olvidó del frío y del hambre. Murmuró algo para captar tu atención y cuando descubriste el brillo de sus ojos, el movimiento de sus manitas que hace cuando se emociona al verte; cuando reparaste en su sonrisa, afloraron las lágrimas de quien se sabe inocente y culpable ante el mundo y ante sí mismo, y lloraste, lloraste pero ya no solo, al fin, humilde, descubrías al niño navideño naciendo en tu pesebre, en la profundidad de tu alma, y al fin sentiste, compañía, auténtica compañía. 
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