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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 4 DE DICIEMBRE DE 2004
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.Lucía Etxebarria, Premio Planeta 2004, exhibe un mundo de contradicciones a través de su novela Beatriz y los cuerpos celestes, que altera totalmente la realidad

 

Henry A. Petrie

Lucía Etxebarria (España, 1966), novelista y ensayista, traducida a cinco idiomas, con varios premios en su haber, incluyendo el Premio Planeta 2004 con su novela Un milagro en equilibrio, es quizá una de las escritoras más conocidas por su persistente enfoque reflexivo de la feminidad y búsqueda de una identidad femenina lejos de las convenciones y estereotipos imperantes en el mundo actual. Con más de diez libros publicados, varios ensayos sueltos y guiones cinematográficos, despuntó con buen suceso en su carrera literaria, ganando el Premio Nadal 1998 con Beatriz y los cuerpos celestes, novela con siete ediciones al 2004 y que en esta ocasión nos ocupa.

El amor como sentimiento universal más allá de los sexos; ambientes familiares reflejos de sociedades contradictorias, sometidas a modelos patriarcales y voraces carreras consumistas; relaciones sexuales como manifestación del placer y sentimientos entre personas; la adicción a las drogas como expresión subyacente de la realidad social compulsiva de nuestro tiempo; lucha interior por ser y aventarse a roles distintos, derroteros por lo general discriminados y sancionados, donde ser genuino es sinónimo de rebeldía o ser “raros”, porque manifestarse tal se es, implica en sí mismo una indagación, cuestionarse y enfrentarse al orden y sus esquemas establecidos, constituyen los sopores atmosféricos de esta novela de Etxebarria.

Narrada en primera persona, se suceden episodios tempo espaciales de manera alternada, protagonizada por tres mujeres con características distintas pero unidas no sólo por el vértice que constituye Beatriz —personaje principal y quien narra la historia—, sino también por su ubicación frente al mundo que de alguna manera las discrimina o se les ve como seres anormales en un contexto social, donde muchos aspectos de la vida están predeterminados o etiquetados. Así nos dice: “En el mundo en el que yo crecí, parecía estar muy claro lo que era un hombre y lo que era una mujer”.

A lo largo de 267 páginas nos enteramos, con el recurso retrospectivo en la narración, los tipos de sentimientos y relaciones que Beatriz sostiene en un primer momento con Mónica en Madrid, heroinómana y compulsiva en sus relaciones con los hombres. Con ella sostuvo una amistad desde los doce hasta los dieciocho años, que en realidad evoluciona en enamoramiento idealizado que subsiste durante sus años de estudios en Edimburgo, donde conoce a Cat, lesbiana convencida que no se acostaba con mujeres bisexuales, y convive tres años y medio en una suerte de intereses circunstanciales compartidos.

La idea por Mónica sólo se desvanece en el reencuentro a su regreso de Edimburgo, cuando ésta estaba internada en una clínica de desintoxicación, muy lejos de lo que había sido, de aquella personalidad fuerte que tanto atrajo a la amiga.

Beatriz no cejaba en sus comparaciones, siempre empeñada en establecer las diferencias entre Cat y Mónica, inclinada hacia ésta última pero en definitiva disfrutando de la compañía y del sexo con Cat. Refiere: “Antes de conocerla jamás me fijaba en las rubias. Supongo que tenía la imagen de Mónica tan metida en la cabeza que me resultaba imposible interesarme por una persona que no se pareciera a ella. Sin embargo, me fijé en Cat desde la primera vez que la vi” (p. 24). Según Beatriz, Mónica era efervescente, arrojada y decidida, mientras que Cat era tranquila, dulce y receptiva.

Pero al final, destaca en Cat la convicción de su definición y opción sexual, que no sólo se sustenta y argumenta en su rabiosa apropiación de ser, sino también de sus expectativas con relación al mundo y a la vida, ponderada y segura, ubicándose con una personalidad psíquica consistente. Al verse abandona por Beatriz y no concibiendo su vida en soledad, y quizá a pesar de sus sentimientos hacia aquélla, no duda en invitar a su lecho a otra mujer.

Un elemento importante que sobresale son los ámbitos familiares, caracterizados por el conflicto y la relación de poder, casi tirana por el lado de Beatriz y Cat, donde se impone la ruptura con los valores de obediencia absoluta, negándolas. Así también, por el lado de Mónica, la ya común desintegración que provoca el agitado mundo de los negocios, el orden y la pulcritud, el control sistémico llevado a la obsesión insoportable. Ambos ámbitos imponen cánones y trasladan sus frustraciones e imágenes adultistas de lo que se aspira ser, a despecho de las personalidades de hijas que crecen con sus propias formas de ver el mundo e interrogantes. Hay distancia y aislamientos, cada cual vive lo suyo sin advertir en el otro la necesidad de respuestas, los acompañamientos parecen sólo posibles entre personas en búsqueda o que de alguna manera, se sienten desencajadas del mundo actual.

En Beatriz y los cuerpos celestes, Lucía Etxebarria se aventura a un tema tabú con relación a las relaciones homosexuales o lésbicas, por lo general condenadas o discriminadas en tiempos donde se impone un supuesto progresismo de las ciencias y la tecnología, globalización con lastres culturales e infestada con el germen de la guerra, cuyo sistema capitalista no sólo sobre explota a la mujer, sino que también las esclaviza sexualmente y someten a patrones déspotas desde los llamados espacios íntimos.

La autoestima para Etxebarria sería la verdadera revolución cultural y política, donde la realización humana consciente, esté vinculada a su potencial para dejar de seguir una farsa de vida artificial, procurando la felicidad tal como somos y deseamos manifestarnos, libres, autodeterminados. Al fin y al cabo, el pecado es un concepto impuesto, propio de moralidades patriarcales, con espíritu de condena y castigo. Beatriz y los cuerpos celestes se encuentra en las principales librerías.  
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