–Fragmento
Jarama
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Oto aguilar. Siameses. Mixta, 2004. |
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Rafael Sánchez Ferlosio
— Sí que sí; un elemento de cuidado —añadió el alcarreño—. Pues ya les sale bien caro a los madrileños el poquito respeto que le tienen. Lo que les pasa es que aprenden a nadar en las piscinas, y luego se vienen al Jarama a practicarlo; pues nada, lo ven tan somero, lo ven que no los cubre ni la mitad que una piscina, y se confían y se creen que todo el monte es orégano.
— ¡Diferencia con una piscina! —dijo Amalio—. ¡Ojo, que hay curvas! ¡Adónde va a parar! Aguas éstas, que tienen siete capas, con todos sus recovecos y sus dobleces y sus entretelas. Como una cosa viva; con más engaños que el jopo de una zorra y más perversidades que si fuesen manojos de culebras, en vez de ser agua, lo que viene corriendo por el lecho. Que no es persona este río. No es persona ninguna de fiar. Con una cantidad de hipocresía, que le tiembla el misterio —se reía.
Y dijo el alcarreño:
— En invierno, en invierno, entonces tenían que venirlo a ver, cuando carga y se pone flamenco él; para que supieran con qué clase de individuo se gastan los cuartos.
— Bien dicho —asentía el pastor—; el día que me coge una de esas crecidas de marzo, que se le hincha el pescuezo lo mismo que a un gallo que quiere pelea. Son riadas que te llevan una huerta por delante, con frutales y tapias y todo lo que entrilla, y después te la dejan aterrada, convertida totalmente en una playa, que no le hacen falta ya más que los toldos y las garitas esas de colores, como se estilan en los puntos del veraneo, ¿a ver si es mentira?
Se reían los presentes; el alcarreño comentó:
— Luego que vengan diciendo que no tiene uñas y manos, y te descuaja hasta los árboles. A ver si el agua, según es ella por sí misma, va a poder hacer eso alguna vez.
— No se diría —dijo Amalio, el pastor.
Los miró sonriendo en silencio; con ambas manos se apoyaba en la garrota, por delante de su vientre cóncavo, que se encogía tras las holguras de sus calzones de pana amarillenta. Así apoyado, los hombros se le subían, a causa de su chica estatura, y marcaban los huesos contra la tirantez de la camisa. Su cabeza aplastada se hundía entre los hombros y la sonrisa le ensanchaba las facciones, comprimidas entre la frente despejada y enorme y la angulosa mandíbula de rana. 
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