Los desafíos de la Alianza
Tratándose de un esfuerzo político nuevo, en proceso de consolidación, presentado por personas que se proponen como alternativa a partidos ineficientes y corruptos pero mayoritarios, es lógico que la Alianza por la República se enfrente a retos muy particulares y difíciles.
Sin embargo son desafíos posibles de dominar. Lo importante es que la Alianza demuestre que es un proyecto para resolver las grandes tensiones que hay en el ambiente y no como una aventura para conseguir o mantener posiciones en el erario y oportunidad de figureo. De manera que debe ser capaz de constituirse en el vehículo que escogerá la mayoría de los ciudadanos para expresarse y enfrentarse a las poderosas fuerzas que mantienen atascado al país. Se trata, pues, de una misión que debe acometerse con mística y desprendimiento.
En ese sentido la Alianza debe concebirse como un movimiento cohesionante y abierto, que consigue adeptos en diferentes cuarteles, sin exclusiones preconcebidas y mucho menos como una pieza elitista, intelectual y coyuntural. Su objetivo es incluir a hombres y mujeres de buena voluntad y sentido patriótico, que no obstante tienen un proyecto concreto que ejecutar.
También es importante que esa Alianza se programe como una tarea a mediano y largo plazo inclinada a sumar y no restar, que aprenda a crecer orgánicamente conservando a los valiosos y despidiendo a los oportunistas. Con ello queremos decir que si bien conviene alcanzar algunos resultados positivos en los comicios municipales de noviembre próximo, lo esencial es dejar una semilla, una huella que sirva de ejemplo y eslabón de enlace para futuras combinaciones.
Esta Alianza no debe considerarse como instrumento para un nuevo caudillo ni como propiedad exclusiva de sus iniciadores, como ha sido frecuente cuando se logra éxito en una empresa que es de todos. O sea que no se debe repetir el molde caudillista que tanto ha obstaculizado el progreso del país y ha causado graves daños a la institucionalidad de la República.
En el país, como todos sabemos, hay una situación de grave conflicto porque no sólo está ausente una relación armónica entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, como manda la Constitución y es de rigor para que el país se desenvuelva, sino que ha surgido un franco antagonismo entre ellos. Por otra parte, la ciudadanía se encuentra alarmada por la partidarización del aparato judicial a todos los niveles, lo mismo que de todos los entes estatales controlados por los dos caudillos: Contraloría, Consejo Supremo Electoral, Fiscalía, etc. El colmo es el empeño del PLC y FSLN en restarle autoridad al Presidente, convirtiendo de hecho a la Asamblea Nacional en instrumento de un régimen parlamentarista y al Presidente en un mero administrador de fondos de procedencia extranjera o ejecutor del Presupuesto Nacional impuesto por los caudillos.
La situación se vuelve más crítica porque tanto Daniel Ortega como Arnoldo Alemán están empeñados en mandar más allá del 2006, repartiéndose sine die cuotas de poder público.
Por tanto, es lógico que haya condiciones para que la ciudadanía reciba con interés a la nueva fuerza independiente que es la Alianza. Sin embargo, ésta tiene ante sí varias tareas. La primera es enseñar una identidad propia, que la diferencie de la oferta de los caudillos. Para ello debe insistir y demostrar que no es un partido de diversas siglas que ahora pululan, ni tampoco trata de montar un arnoldismo sin Arnoldo, ni comportarse como partido de gobierno. Lo primero, porque hay un cansancio por la clase política tradicional y lo segundo porque la Alianza debe tener una dinamia separada del Gobierno, aunque se tengan mutuas simpatías.
El segundo elemento que deben cultivar es la confianza. Además, la gente espera que los dirigentes de esa Alianza denuncien las lacras existentes, señalándolas con nombre y apellido. Tienen para ello suficiente material.
El tercer elemento es la modernidad en la manera de hacer política. Deben preparar cuadros bien orientados e informados que sigan de cerca el desarrollo del país, que sean capaces de aportar ideas creativas, de criticar con datos en la mano y no convertirse en simples seguidores de consignas repetitivas, como ha sido lo habitual en la política de Nicaragua.

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