La derivación apreciativa en el habla de los nicaragüenses
Róger Matus Lazo
Las palabras representan las cosas y expresan fundamentalmente ideas y sentimientos. De ahí que los hablantes echan mano de los recursos que la lengua les ofrece para expresar y representar con mayor precisión y coherencia la vida real. No la vida en el sentido biológico, sino —como afirma Bally— la conciencia de vivir y la voluntad de vivir como sentido vital que todos tenemos y llevamos en nosotros mismos.
Cuando un hablante necesita expresar una emoción, una idea, un deseo... recurre a las formas lingüísticas más apropiadas, a su manera particular de decir las cosas con las palabras que le parecen más expresivas y adecuadas para ser comprendido, y al instante. Y no es porque la lengua general no le dé las formas lingüísticas: es la necesidad expresiva.
Uno de los recursos para expresar afectividad es la derivación apreciativa. En Nicaragua es usual el sufijo apreciativo formado a partir de adverbios: tardoncito: “… sabiendo que tardadito pero seguro, cumplí con sus deseos de hacer la columna que me pidió”. (B de N, 15/05/03, p. 8). Es común el uso de gerundios con sufijos diminutivos: Anda paseandito.
Un pronombre posesivo, como suyo, se carga de un matiz de afectividad cuando se emplea en diminutivo, una forma muy frecuente en la lengua popular y a veces conversacional. En Cosmapa, don Carmen le pide al chino Li-Po que despierte a don Nicolás: —Compadrito: háblemele por vida suyita. Y cuando don Juan Corrales, ebrio, pregunta por el paradero de la Juana Corrales, Mercedes Gúnera —la interpelada— responde: “—Sí, tiyito —le decía Mercedes, temblando y llorosa— el mero Don Nicolás, bananal adentro se la llevó redepente. Sólo yo y usté lo sabemoj, pero por vida suyita, no diga que yo se lo dije”.
Son frecuentes algunas interjecciones en diminutivo: ¡Deme un upita, por favor!
Es relativamente general el uso de diminutivos con cuantificadores: muchito, puchito (equivalente poquito), bastantito.
En nuestro país caliente (palabra que contiene diptongo procedente de e breve latina) no muestra irregularidad en la derivación, por lo que mantiene el diptongo: se dice calientito y no calentito.
Cuando la palabra es bisílaba y la sílaba tónica contiene diptongos en -ie, existe la tendencia hacia los derivados en -ito/-ita: hierbita, piernita, tiernito. Sin embargo, se dice vientecito (no vientito). Y frente a las alternancias puertita y puertecita, fiestita y fiestecita, se prefiere la segunda forma. Decimos hambrita y hulito, no hambrecita y hulecito como en España.
Con frecuencia el diminutivo alude a cantidad considerable, pero con cierto valor afectivo. Un fuerte hacendado afirma: Tengo unas cuatro vaquitas. Y un adinerado dice: ¡Amigó, la vida está tan dura que ya ni le rinden a uno los centavitos.
En El comandante, el protagonista de la novela de Fernando Silva dialoga con don Julián sobre sus cultivos:
“—Pues no: ya tengo unos frijoles así —dijo haciéndole con las manos el tamaño.
—Ve, ¡qué bueno! —le dijo— ¿y sembró bastante?
—¡Alguito! —le dijo”.
Y en lugar del adjetivo desusado tantico, del español general, el hablante nicaragüense emplea tantito: “... y fue tan duro el sacudión, que por un tantito lo saca”. (F. Silva, Don Chilo)
En la misma novela de Silva, el Comandante se refiere a Memi, un personaje con características de adivino: “... a un muchacho le dijo que se quitara de la orilla del alero y no acababa de decírselo cuando por el viento que había se desprendió una teja, que por un tantito le destripa la jupa”.
Locuciones adverbiales y adverbios de lugar son frecuentes en diminutivo para cargarlos de afectividad. En Cosmapa, de José Román, tío Bernal explica a don Nicolás por qué las yeguas están alborotadas hasta la insolencia: “—Ej la brama, patrón... En cuantito nomás se embramen los perros y los coyotes, va oír la ullidera y latizón de toda la noche”.
En Nicaragua se usa el adverbio allacito, como en Argentina, pero sin alternancia: En el cuento Los húngaros, de F. Silva, Anselmo pregunta a un marinero:
“—¿No sabés quiénes son aquellos sombrerudos?
—¿Cuáles?
—Aquéllos que están para allasito de aquel barril”.
Lo mismo ocurre con el adverbio detrasito. Leamos a A. Calero Orozco en Sangre santa: “Yo estaba detrasito de él, y lo tenía boquero”.
Y en El Comandante, de Silva, don Concho le cuenta al protagonista de la novela su participación en la revolución zelayista en la que estaban involucrados El Salvador, Honduras y Guatemala: “—Me junto con mis hombres en el momento que aparece un hondureño atrasito de nosotros...”
Algunos monosílabos terminados en consonante (flor, bar, par, tren, sol, pan, plan) se usan sin alternancia con el diminutivo -cito/ -cita: florcita, barcito, parcito, trencito, solcito, pancito, plancito. Pero miel tiene alternancia -ita y -cita, con preferencia de la primera: mielita de Tamagás.
Los antropónimos terminados en algunas consonantes (l, n, r o s) suelen formar diminutivos en -ito o -cito. En -ito: Raulito, Manuelito, Nicolasito, Carlitos; en -cito: Abrahamcito, Adriancito. Alternan: Juanito y Juancito, Oscarito y Oscarcito, con preferencia sobre la segunda forma: La experiencia de “Diseños Oscarito”, de Oscar y Aída Patricia Mayorga Ramírez. (END, 25/08/04, p. 7B)
Los nombres propios de persona terminados en -ín forman generalmente diminutivos con -cito: Valentincito, Efraincito, Agustincito. Alternan: Joaquincito y Juaquinillo, con preferencia sobre la primera forma.
Algunos sustantivos agudos terminados en -l forman el diminutivo en -ito: hotelito, papelito, canalito. También ocurre el caso de un sustantivo en -cito, agregado a un aumentativo, como en -on. En Sangre Santa, de Adolfo Calero Orozco encontramos un ejemplo: “... hasta almíbar rojo y semilloncito”.
A veces, el aumentativo en -on no intensifica la calidad, sino lo contrario: azulón, verdión, moradón, rosadón, amarillón son adjetivos que se refieren a colores más bien tenues. Observemos en un ejemplo de C. Alemán O. cómo el hablante recurre a la duplicación de sílabas para pintarnos con la palabra las diferentes tonalidades, cada vez más débiles, del color rosado del hígado:
“—Es rosado —contesta (un alumno de medicina en un examen público)
—-¿Está seguro?
—Bueno, rosadón.
—¿Seguro?
—Rosadonsón.
—¿Seguro?
—Bueno, entonces, es rosadonsonsón”. (“Carlos Mántica y su estudio del habla nicaragüense”)
Y en Lengua madre, de César Ramírez, encontramos otro ejemplo: “Tiene una diarrea alastosa, como mocuda y amarillosonsona”.
En Nicaragua, como en México, se prefiere el sufijo aumentativo -ote en muchos casos en los que el español europeo y el de otras zonas de América emplean -azo: dedote, manota, cabezota, narizota.
El sufijo -ote/ -ota, de amplia aplicación a personas, en Nicaragua se extiende también —como en México— a cosas: sillota, puertota, hamacota, canastota, candadote, asientote, bicicletota. En frutas se dice: frutota, aguacatote, mangote, naranjota, papayota, platanote, nancitote, bananote, etc.
Entre nosotros, muchos adjetivos que se aplican a nombres de persona y también de cosa prefieren el sufijo -ote: sencillote, gordote, altota, anchote, buenote.
El sufijo -ote adquiere la variante -zote en casos como limonzote (“limón de gran tamaño”), y camionzote (“camión grande”), que alterna con limonote y camionote, con preferencia sobre la segunda.
Mediante el sufijo -udo/ -uda se obtienen numerosos derivados que designan la persona o el animal con alguna característica, relacionada particularmente con el exceso: fuerzudo (“de mucha fuerza”), cachudo (“de cuernos grandes”); vedijudo (“barrigudo”). A veces, sin embargo, señala una característica muy distinta: conchudo (“sinvergüenza”), pijudo (“excelente”), gorrudo (“muy enojado”)
El autor es Miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua

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