DOMINGO 8 DE AGOSTO DEL 2004 / EDICION No. 23534 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Amores,penas y alegrías del "Teacher" Alfonso Bonilla

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Alfonso Bonilla López

 

Mario Fulvio Espinosa

Cada profesor de la Escuela de Periodismo tenía su modo de “matar pulgas” para impartir su cátedra. Don Leonardo Lacayo Ocampo entraba al aula con su caminado balanceado debido a una cojera reumática, se arrellanaba en la silla y desde ahí comenzaba su amena plática; el profesor Eduardo N. Matus colocaba de pie su robusta figura, frente a nosotros, y con voz estentórea y ademanes enérgicos nos abría las cortinas encantadas del idioma español



Y así por el estilo hacían otros maestros; el poeta Guillermo Castellón parecía bailar cuando recitaba un “hai kai” japonés, mientras que Gustavo A. Montalbán (GAM) parecía un psicólogo dando consejos sentimentales.

Pero el que establecía las diferencias era el “Teacher”, Alfonso Bonilla López. Despreciaba la tribuna, el escritorio y la silla y se plantaba en posición de ¡firme!, ante nosotros. Parecía un soldadito de plomo, pero sin rifle, que apuntaba con el índice tieso a aquél que tenía que responder a sus “questions” o declamar el consabido “Birds and bees and flowers, every happy day”.

Por esa metodología y por su conducta rectilínea, los alumnos de la Escuela de Periodismo de aquellos años 70 le llamábamos “El Sargento”, pero también porque sabíamos que se había enrolado en el Ejército de Estados Unidos y participado en la Guerra de Corea.

Han pasado 50 años y ahora en su modesta casa de Altamira platicamos sobre aquellos tiempos bañados de luz. Los ojos grises del “Teacher” se iluminan al recordar aquellas generaciones de estudiantes, hoy profesionales, que recibieron el bien de sus enseñanzas. Con una sonrisa pícara apunta: “Sí, me llamaban ‘El Sargento’, porque venía con la disciplina que me enseñó el ejército norteamericano. Además, cuando comencé a dar clases lo hice en la Escuela de Ingeniería, ahí el decano Carlos Santos me advirtió que debía ser enérgico porque los estudiantes ya habían sacado a varios profesores y hacían bulla y chacota en las clases, pero yo puse mis reglas y hubo estudio, camaradería y formalidad”.

Recuerda que fue llevado a la Escuela de Periodismo por el doctor Enrique Porras, que observó su metodología como maestro en el Centro Cultural Nicaragüense Norteamericano. “Yo fui de los primeros profesores de esa escuela, y el doctor Porras, que no era periodista sino médico, fue su primer director”.

Con cariño evoca a los alumnos de Periodismo que recibieron sus enseñanzas. Entre los de la primera promoción a Emigdio Suárez, que vivía por estos lados; Manuel Pinell, que trabajaba en LA PRENSA; a don Douglas Gaithe y su esposa Rosita Sampson de Gaithe, Haydée Traña, la Ofelita Morales, doña Esperanza de Morales, César Sánchez, Antonio Díaz, Agustín Fuentes, Julio Talavera, Manuel Eugarrios, César Zambrana y otros.

El profesor Bonilla nació en 1920, en Managua, en el barrio La Perla, que marcaba el final de la ciudad por el sector sur-oriental. “De mi casa a la media cuadra se entraba a unos tupidos potreros, propiedad de don Eugenio Lang. Estamos hablando de 1927, cuando yo tenía siete años.

“Mi padre fue don Norberto Bonilla y mi madre Matilde López, ambos criaron a sus cuatro hijos con mucho esmero e hicieron por nosotros lo que pudieron. Guardo una foto que publicó LA PRENSA en 1967, año que celebraron sus bodas de oro; mis hermanos son Adolfo Bonilla, articulista de LA PRENSA y Orlando Bonilla. Tengo una hermana que vive en Estados Unidos y otra que murió, era la esposa del profesor Genaro Sánchez.

“Estudié primaria en la Escuela Superior de Varones, que quedaba contiguo al Instituto Pedagógico, en la Avenida Central. Los chavalos de mi tiempo jugaban al boliyoyo, las lechuzas, el trompo y el beisbol con bola de calcetín.Ya no recuerdo los nombres de aquellos amigos, el tiempo todo lo borra.

¿Y de la secundaria, qué me cuenta?

Estudie Comercio en la escuela de doña Julieta Matamoros de Morán, me gradué y después comencé a trabajar, trabajé durante cinco años y después me fui a Estados Unidos. Ya para entonces tenía 25 años.



¿Por qué tuvo que irse a Estados Unidos?

¡Ahhh! Para tener mejor vida. Tenía un excelente amigo llamado Róger Riguero, hijo natural de don Manuel Riguero, era un chele rubio basquetbolista más joven que yo. Una vez me contó que su papá lo mandaba a San Francisco y me propuso que me fuera con él. Yo le conté a mi papá y le dije que era una buena oportunidad, recuerdo que mi padre, muy seguro de sí mismo, me respondió: “Usted se va, jodido, yo velaré por la casa, pero usted se va”, porque él quería que yo fuera alguien en la vida.

“Eso ocurrió en 1946, para comprarme el pasaje mi papá hipotecó su casa, pero cada mes le mandaba una parte de mi sueldo, de manera que al año ya estaba cancelada la hipoteca. Fue un buen gesto de un buen padre para un buen hijo.



¿Se casó con una norteamericana o coreana?

No, con una nica. Porque sucede que estando en San Francisco yo pedí la mano de mi actual esposa, ésta había aceptado, de modo que envié un poder al profesor Genaro Sánchez, que era mi cuñado, para que me representara en un matrimonio por poder con Celia.



Me contaron que estando todos delante del juez, éste preguntó: Don Genaro Sánchez, acepta a esta mujer por esposa?

¡Síiiiiii!, respondió don Genaro entusiasmado, y la esposa respingó y lo quedó viendo con una mala mirada.

Ya casado fui a la Embajada norteamericana y de inmediato le dieron visa a Celia, puesto que ya era “Mrs. Bonilla”, pero sin haber nada. Se fue para allá y a los pocos días nos casamos por la iglesia en San Francisco.



Bueno, ¿se llevó a la novia a Estados Unidos, allá se casó con ella. En qué momento se les ocurre volver a Nicaragua?

Yo estuve allá nueve años, ella estuvo tres, del 52 al 55. Allá nació el primer hijo, el varón, yo estudiaba porque como era miembro del ejército me pagaban para eso, saqué el título de High School en un año, después iba a la universidad por la mañana: Cobraba una pensión como estudiante casado y por la tarde trabajaba en una fábrica; por la noche tenía que levantarme a darle la pacha al niño y cambiarle el pañal, porque allá no hay empleadas y mi esposa se quejaba que tenía mucho que planchar y lavar. Total, no aguanté la presión y le dije: Mejor regresamos. Ella no se quería venir, estaba encantada, pero nos venimos y todo salió mejor, vine a dar clases de inglés, después me gradué en la UNAN, ya viejo, pero me gradué.



¿Qué pasó al regresar a Nicaragua?

Del año 60 al 84 pasé dando clases, 24 años en total. Servía mi cátedra en varias facultades y escuelas de la UNAN, entre ellas la Escuela de Ingeniería, la de Periodismo y Ciencias de la Educación. Después fui nombrado director del Departamento de Idiomas de la UNAN y eso limitó mi cátedra. Ya en 84 estaban inaugurando la Escuela de Idiomas de la UCA de la cual fui director- fundador. En ese cargo sólo un año estuve porque me llegó la edad de jubilarme, lo que hice en todo 84 y 85.





¿Al fin, cuántos hijos tuvo con doña Celia?

Seis, una de mis hijas murió en la guerra contra Somoza. Eso fue allá por el cine Salinas, se llamaba Eva Bonilla, tenía 15 años.

Nosotros vivíamos en El Dorado y los muchachos sandinistas vinieron aquí y a la 10 de Junio. La Guardia comenzó a volar balas y todos los vecinos tuvimos que abandonar nuestras casas porque sobre ellas caían morteros y bombas, eso fue en junio del 79.



¿Cómo fue la muerte de Eva Bonilla?

Ella se fue a luchar al lado del Frente Sandinista, estuvo combatiendo en el barrio San José Oriental. Allí estaba cuando entró la Guardia, ella buscó refugió en una casa. Allí estuvo dos días hasta que decidió irse. “No te vayas”, le dijo la señora dueña de la casa, porque nosotros fuimos a hablar con esa señora días después del triunfo. Pero Eva se fue y fue capturada por la Guardia. La Guardia no hacía prisioneros sino que mataba, ya nunca volvimos a ver a Eva. Nunca supimos donde quedó.



“Cuando me jubilé poco a poco me fui desprendiendo de mis clases, pero siempre me hace falta tiempo para mis quehaceres. Me toca ir al súper a hacer las compras, pero me queda tiempo para leer bastante, salgo a caminar todos los días y eso me ha servido para estar activo a la edad que tengo, porque recuerde que yo nací en 1920.



HACIA COREA EN EL EJÉRCITO GRINGO

Sobre su enrolamiento en el Ejército de Estados Unidos, Alfonso Bonilla López, el “Teacher”, recuerda: “Salimos para Estados Unidos, yo ya sabía algo de inglés que había aprendido en la Biblioteca Americana, pero mi amigo no hablaba nada, pero como era chele se metía en todo. A cada rato me preguntaba: “¿Cómo se dice tal cosa, y tal otra?”, y si encontraba a alguna muchacha, yo la enamoraba traduciendo lo que él le decía. “Vivía donde la mamá de Róger, pero no duré mucho ahí, porque conseguí trabajo en una fábrica de muebles y alquilé un apartamento. Al año mandé a traer a mi hermano Adolfo y después a mi hermana. Ella se casó con un gringo. Todavía vive allá.

-¿Cómo se da la circunstancia de enrolarse en el Ejército de Estados Unidos?

-Allá en San Francisco estaba entre latinos y no podía avanzar en el inglés, quería aprenderlo bien, pero el motivo principal fue la recesión de 1949, me quedé cesante, y aunque allá a los desempleados se les asigna una suma semanal a la que llaman “employment”, que es un seguro de desempleo que dura seis meses, a mí ya se me estaba acabando. Me enrolé y efectivamente, entré a un pelotón de 50 hombres donde sólo un mexicano y yo éramos latinos, aprendí el inglés.

En 1950 terminé mi entrenamiento y me mandaron a la isla de Guam, en las Marianas, estando ahí comenzó en agosto la Guerra de Corea. Al mes siguiente salí para esa península.

Yo no estuve en el frente porque no era de la infantería sino del equipo logístico, como era mecanógrafo y taquígrafo mis labores eran de tipo burocrático, estuve en Pusan, claro que los aviones enemigos llegaban a bombardear, pero siempre el Ejército detectaba el ataque, hacía sonar las alarmas y uno corría a los refugios. Esas fueron las únicas experiencias de guerra que tuve, porque combates no me tocaron. Terminé mi tiempo que eran dos años, pero me prolongaron un poco más el servicio y al salir me dieron la baja honorable y algunas medallas que por ahí guardo. Cuando terminó la guerra ya estaba hasta casado.

-¿Cómo era el ambiente de cuartel que usted vivió?

-Yo estaba en el pueblo cuidando los abastecimientos, cada tanto tiempo nos daban salida, no teníamos tantos problemas. Ya estando en Nicaragua escribí un artículo donde decía que a pesar de las circunstancias, en la Guerra de Corea jamás se asesinó o torturó a nadie, porque eran las Naciones Unidas las que estaban ahí vigilantes, ya después en Vietnam intervinieron los Estados Unidos con sus masacres y quemas de poblados con napalm y, aún más cruel ha sido la intervención en Irak. Esta misma conducta -decía yo en el artículo-, era la que practicaba la Guardia Nacional, que trataba a los nicaragüenses como enemigos. Yo recuerdo que aquí, en 1929 o 30, los gringos torturaban y asesinaban a los nicas, y el Gobierno como que no pasaba nada.

LA HERENCIA DEL “TEACHER”

“Mi mejor herencia son los cinco hijos que dejo: cuatro mujeres y un varón, una de mis hijas vive en Venezuela, es médico de profesión; la otra es Josefina, médico también; en Managua residen Glenda y Cecilia; Norberto, el único varón, ahora tiene más de 50 años, vivió en Estados Unidos, pero regresó a Nicaragua.
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