Una cita con el alma de los prinsus
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Alamikamba es la cuna de los Prinsus y está asentada a la orilla del río Prinzapolka.
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Heberto Jarquín M. CORRESPONSAL/ TRIÁNGULO MINERO
Al borde de un recodo del impetuoso río Prinzapolka, está situado Alamikamba, un caserío apacible asentado en el territorio que fue habitado por los “prinsus”, un antiguo pueblo aborigen descendiente de los “sumus”, que se esfumó por la influencia de otras etnias con las que se fusionó.
Los nativos del lugar cuentan una leyenda sobre un grupo de navegantes miskitos de la comunidad de Wounta que regresaban de una travesía por el mar Caribe, que los llevó hasta la actual República de Panamá, y al pasar por la desembocadura del río Prinzapolka, se detuvieron para abastecerse de agua dulce y raptaron a una pareja de niños prinsus.
El varón se negó a comer y murió de hambre, pero su hermanita creció y se casó, procreando descendientes que se sienten orgullosos de llevar la sangre de sus ancestros.
En Awastara, una comunidad situada al noreste de la ciudad de Bilwi, reside una familia que se apellida Buik y se declaran sucesores de los prinsus.
REMEMBRANZAS
Filiberto Martínez Casanova nació en Alamikamba hace 40 años, cuando comenzó a menguar el “boom” de la industria maderera, pero creció escuchando los relatos sobre esa época añorada por generaciones pretéritas.
Martínez recuerda que “los ancianos cuentan que en ese tiempo corría el dinero a chorros, había tiendas surtidas que eran manejadas por chinos, la gente disfrutaba de la electricidad y por las noches, las vitriolas de las cantinas sonaban como chicharras”.
“Pero todo acabó cuando los bosques se arralaron y las compañías madereras se fueron, dejando un pueblo fantasmagórico, olvidado en la inmensidad de la llanura”, relata Martínez.
Irónicamente, el ocaso de la industria forestal sirvió para que Alamikamba volviera a ser la aldea tranquila, donde sus moradores, mayoritariamente miskitos, se aferraran a sus tradiciones y costumbres heredadas de los ancestros prinsus.
CULTO A LA INMORTALIDAD
La profesora, folclorista e historiadora miskita, Ana Rosa Fagoth Müller, cuenta que en Auka, una de las comunidades ubicadas en las márgenes del río Prinzapolka, se originó una festividad que los nativos bautizaron como “Sihkru”, que consistía en un rito donde los aldeanos dirigidos por un “sukia” (espiritista), se reunían y tomaban un elíxir fabricado con coyol, para invocar el espíritu de los ancestros que habían partido hacia la eternidad.
“Este ritual alcanzó un alto nivel de popularidad en Alamikamba y todos los confines de la Costa Atlántica nicaragüense y hondureña, pero surgió el temor por un mito sobre dos jóvenes blasfemos que se convirtieron en peces sierra por haber abusado del elíxir que se utilizaba para remontarse al más allá”, explica la profesora Fagoth.
La historiadora cuenta que el Sihkru dejó de practicarse en 1920, cuando llegó a Sang Sang (río Coco), un misionero alemán de apellido Scramf y prohibió la práctica de este rito, al que calificó de pagano y peligroso.
Algunos nativos de Alamikamba creen que la temible enfermedad que los médicos califican como histeria colectiva y los indígenas conocen como “Grisis Signi”, se produce cuando los espíritus invocados durante el Sihkru son sustituidos por otros malignos que regresan de otras dimensiones para hechizar y hacer daño a la gente. Por eso recomiendan que cada sesión sea dirigida por un sukia (médium), de capacidad y solvencia moral comprobada.
ALDEAS ANFIBIAS
Masmalaya (Agua de Mojarras) y Walpa Tara (Piedra Grande), son dos comarcas lejanas, ubicadas en terrenos pantanosos, cerca de la desembocadura del río Prinzapolka; ahí, la gente se ha acostumbrado a vivir sobre el agua y construyen sus casas encima de zancos altos para que no los alcancen las inundaciones.
Es una experiencia inolvidable gozar de la hospitalidad de esta gente sencilla que no conoce el mundo moderno. La mayor parte del tiempo la pasan en las hamacas, desde donde tiran el anzuelo para sacar los pescados que acompañan con yuca. Las siestas prolongadas en las fieles hamacas son acompañadas por cantos tradiciones y notas de guitarra que se confunden con el soplo del viento y el susurro de los pájaros.
Para comunicarse con el mundo exterior, los habitantes de Masmalaya y Walpa Tara tienen que navegar en cayuco durante largas jornadas durante las que no falta la compañía de los cocodrilos que nadan alrededor de las frágiles embarcaciones.
Pasar unas horas en una casa flotante, al lado de una de estas familias descendiente de los prinsus, lo inducirá a despojarse de los hábitos triviales de la sociedad occidental y a encontrarse consigo mismo y con el alma de un pueblo milenario que vive en la sangre y la memoria de los habitantes del impetuoso río Prinzapolka.

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