Camerata Bach: Hollywood forever
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 | Con motivo de celebrar sus doce años de fundada |
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Joaquín Absalón Pastora
Tres lumbreras pusieron sus miradas en las cumbres barrocas: Antón Webern, Igor Stravinski y Arnold Schomberg. El primero diciendo “toda la música está en Bach, el segundo disparando la palabra hacia el infinito “Bach es un milagro”. El tercero en la aseveración de que “sus audacias tonales abrieron el camino de la disolución de la tonalidad”.
Suficiente justificación tuvieron los fundadores de la Camerata Bach para bautizarla con ese nombre y dejar con el emblema —despejado— el camino que ya definitivamente los condujo a la superación. Demostraron ser algo más que una orquesta. Es una organización con poder para crear varias. Propedéuticos en los semilleros y maestros en los escenarios.
La Camerata Bach celebró sus doce años de figuración con los entusiasmos traslativos de poner a Hollywood en la concha criolla con este categórico cartel: Hollywood Forever, la música y sus estrellas.
El Teatro Nacional Rubén Darío fue testigo de la búsqueda de las luces novedosas ceñidas sobre la cintura de la nostalgia en forma de joyas de un quilataje incalculable. Esta vez la escogida fue la música concebida para ser los temas distintivos de los nunca murientes del celuloide: El padrino, Romeo y Julieta, Titanic, Ben Hur, Dr. Zhivago, Guerra de las galaxias, Casa Blanca, Mil novecientos y otras de la imperecedera estirpe. Hollywood incrustado en el retinar desesperado por sentir su colorido y sus sombras, imaginadas por el oído purificado. Fácilmente se hizo una exquisita estancia, un confinamiento en las regiones prudentes e imprudentes del viejo y reciente pretérito.
Parecía un desfile por las pasarelas de La Meca. Un tema languidecía para dar pie al advenimiento de otro. Volvió el sentimiento a empaparse de las deliciosas y también trágicas historias de amor, más envolventes cuando partiendo de las ánforas del recuerdo son ilustradas por los signos misteriosos de la música. Ahí fuimos a ver y a oír. A ver intuyendo y a oír captando el todo organizado de la armonía.
La orquesta tuvo que improvisarse, enriquecerse con la importación momentánea de músicos extranjeros. Como no se dispone de una fuente surtidora dentro de lo nuestro, en esta estructuración tipo sinfónica capaz de tocar la novena de Beethoven con todo su atuendo oral, desempeñó un papel importante la fórmula del amor con estas causas por parte de la mezo-soprano de Puerto Rico Ilca López, de jóvenes de la corte concertante de Costa Rica, país con rúbricas siempre puestas en las ocurrencias repentinas. A la izquierda los violines, a la derecha los cellos y los profundos del bajo en tímbrica euritmia con los oboes
—en el fondo intermedio— el fagoteo grave y jocoso, el clarinete, con su agilidad, la flauta con sus travesuras nobles rondando sobre los círculos de la comedia, del drama, de la epicidad o de la cualquiera otra expresión de la sonoridad, metida en los ejes del argumento en la noche constelada.
Sentimos el romanticismo de aquella trágica historia de un amor partido en su pureza por las miserias del diferendo social, una pieza mozartiana que bien pudiera instalarse —símil en su melancolía— en el área de las sonatas para piano. Pereciera darse una recitación de cámara no obstante ser música ilustrada o para ilustrar y ser el atavío en armónicos de los momentos de un “filme” cuyos protagonistas aparecen destacados no así los músicos creadores de motivaciones que lucen la calidad requerida para estar al lado de los célebres, no son los autores de la música pura proclamada en los tiempo en que las estrellas no habían encendido el firmamento del cine.
Melodía, armonía, timbre en la exposición de los capítulos de la literatura y de la psicología de los personajes revividos por una impresionante reunificación. Se observó un depurado clasicismo, bien identificado por el promedio del público presente. Pensamos “en voz alta” en las tenencias del “Hollywood Forever”. El acoplamiento daba la sensación de ser todos los integrantes antiguos y viejos compañeros, convidó al público a sentirse en ambiente de sinfónica estable, emanada de las cosechas natales. Calculamos cómo esa presencia la respaldaría si la tuviésemos. No era la alta voz del volumen electrónico, era la transmisión del mensaje actuante y personal, del movimiento humano del erguido Francisco Jarquín, el director invitado, quien al alzar los brazos para dar por inauguradas las reminiscencias, anticipadas por una prototípica fanfarria, dio cuenta del volumen no inflado, de la sincronización viva del espectáculo también dirigido por los pioneros de la institución Ramón Rodríguez y Raúl Martínez. Acento viril. Redoble de tambores.
Cuando tengamos a la deseada vamos a pedir programas flexibles. Así el discófilo no será tan dependiente de la electrónica y se conciliará con la vivacidad humanizada del artista, con la paciencia de escalar piano, las alturas del diletante. La alegría espiritual del músico no se verá amputada por el vacío en las butacas.
Crítico musical. 
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