El Tema
Las sobrevivientes
 |
|
 | Tres mujeres se enfrentan a un enemigo interior que duerme con ellas, habita en ellas, las reta, las golpea, las hace caer y levantarse, las destruye y las hace crecer. Esta es su historia. |
|
Piedad Cuadra prepara el almuerzo de sus hijos en su casa en Villa Libertad. |
| |
Gretchen Robleto Lupiac
MORIR Y RESUCITAR CADA DÍA
iedad Cuadra, a sus 61 años, notó que algo extraño ocurría con su seno izquierdo. Pidió apoyo a una amiga enfermera que trabajaba en el Hospital Berta Calderón y se fue a pasar consulta.
Le ordenaron una biopsia de corte de tejido mamario y el resultado la tranquilizó por poco tiempo. Según el diagnóstico, Piedad no tenía cáncer.
Pero el líquido verdoso que manaba de su seno izquierdo aún le intranquilizaba. Insistió en que le practicaran otra biopsia. Durante un año le realizaron cuatro biopsias que resultaban negativas, hasta que su expediente llegó a manos de la oncóloga Indiana Talavera.
La especialista en cáncer examinó a Piedad y al llegar a la parte baja del busto izquierdo provocó un dolor tan intenso que su paciente le gritó: ¡qué bruta! Una expresión que después de cuatro años todavía sorprende a Piedad, ahora de 65 años.
La doctora Talavera ordenó que le realizaran una biopsia con aguja fina y una de corte de tejido mamario en la areola del pezón.
Dos días después Piedad estaba en la sala de espera del hospital, aguardando por el diagnóstico, el 8 de septiembre del 2000. Al entrar al consultorio de la doctora Talavera se le preguntó quién la acompañaba. “¿No sabe que ando sola?”, contestó la paciente. “Yo soy la más vieja y mis asuntos los voy a resolver yo”, dijo envalentonada.
Al ver su firmeza se le comunicó a Piedad que el resultado era Cáncer en la mama izquierda. Brotaron lágrimas de sus ojos, y se despidió. ¿Adónde ir? ¿Cómo decírselo a sus seis hijos? ¿Cómo reaccionarían? Se preguntaba.
Decidió ir a la Catedral de Managua, adonde hizo nuevamente las dos últimas preguntas. Recordó a su madre, quien murió de cáncer en el estómago hace mucho tiempo, cuando ella era una adolescente de 15 años. Pidió valor para comunicar la noticia a sus hijos, aquéllos que 25 años atrás decidió criar sola, después de separarse de su esposo.
Al llegar a su casa ubicada en el barrio Villa Libertad, sus hijos la esperaban. No fueron a trabajar. Todo lo que Piedad se había propuesto camino a casa se derrumbó: no llorar, ser fuerte, animarlos. Al verlos lloró y sin mediar palabras ellos supieron que su madre tenía cáncer, que ese era el diagnóstico que fue a conocer esa mañana que salió de su casa.
Hubo abrazos, llantos, gritos. “Mamá, vos sos buena, Dios te ama”, le dijo una de sus hijas y Piedad contestó: “sí, pero no es lo buena que soy, es lo malo que llevo dentro”.
Sus hijos insistieron en que Piedad debía ser operada lo más rápido posible. Así fue, el 16 de septiembre, en la sala de operaciones del Hospital Berta Calderón a Piedad le fue extraído el tumor y cercenada la mama izquierda. El calvario estaba por empezar.
“Después de la operación me hicieron ocho quimioterapias. Es como morir cada día y volver a resucitar”, dice.
“Uno entra bien y sale mal, con náuseas, boté bastante cabello”, asegura Piedad, quien de tener una cabellera negra, crespa y tupida, pasó a lucir el cabello corto, de hebras finas y blancas como la nieve.
Después de pesar 165 libras, Piedad perdió 30 libras, debido a los vómitos que le provocaban las quimioterapias. Luego empezaron las seis semanas de sesiones de radiaciones en el Centro Nacional de Radioterapia.
Desde hace tres años, Piedad toma medicamento para eliminar cualquier residuo de células cancerosas. Esa medicina tiene un costo promedio de 650 córdobas al mes. Durante dos años lo recibió gratuitamente de parte de un laboratorio farmacéutico, pero al tercer año empezó a comprarlo con ayuda de sus hijos.
El pasado junio a Piedad le realizaron su último examen médico general. “Todo salió bien, espero en Dios seguir así”, concluye con fe. No encontraron vestigios de células cancerosas. Por ahora.
CONTRA PRONÓSTICO
Belinda Eva, de 36 años, se encontraba en el consultorio médico sometiéndose por primera vez a un examen de mama. Desde hace meses sentía dolor en el seno derecho, malestar que atribuía a cambios hormonales. Estaba equivocada.
Sabía que existía un auto examen de mama, pero nunca se interesó en aprender a realizarlo. El médico ordenó una biopsia con aguja fina a Belinda y desgraciadamente el resultado fue normal.
Belinda se fue a casa, continuó con su vida normal, pero los dolores seguían presentándose, hasta que una noche, mientras estaba en Guatemala, cumpliendo con una reunión de trabajo, el malestar se volvió insoportable y al día siguiente regresó a Managua para consultar un oncólogo.
Cuando el médico le examinó, vio algo que le sorprendió: una costra se había formado encima del pezón derecho. ¿Desde cuándo tenés esto?, le preguntó. Ella no lo sabía. No lo había notado ni en la ducha.
Belinda es publicista y para entonces trabajaba en la Publicidad Cuadra Chamberlain. “Tenía un trabajo de mucha responsabilidad, entre eso y la familia, nunca me detenía a pensar en mí, ni le daba importancia a esas señales”, reconoce.
El oncólogo ordenó una biopsia de corte de tejido. El 23 de diciembre de 1993 le dieron el resultado: cáncer invasivo. Un diagnóstico de muerte. A Belinda la operaron, le extrajeron 25 ganglios y le mutilaron el seno derecho.
Belinda afirma que en esa época, los médicos le explicaron que al extraerse los ganglios, no había necesidad de someterla a quimioterapia. El tiempo demostraría lo contrario.
Tres años después el cáncer se trasladó al hueso sacro (la columna vertebral continua con las cinco vértebras lumbares. A éstas siguen otras cinco vértebras soldadas entre sí, que forman el hueso sacro)
Belinda fue sometida a una operación ortopédica en la que se conoció que el hueso sacro estaba desbaratado. Se creyó que Belinda quedaría en silla de ruedas. Pero, por increíble que parezca, logró recuperarse con fisioterapias.
Cuando el cáncer se detecta en mujeres jóvenes, éste avanza más rápido debido al desarrollo hormonal. Belinda ha tenido cinco metástasis, es decir, el cáncer le ha atacado por distintas zonas de su cuerpo. Y se resiste a morir.
Del hueso sacro el cáncer pasó a una vértebra de la columna, después a otra vértebra y el año pasado le detectaron cinco lugares nuevos en los huesos: en el hombro parietal, en las costillas y en la parte lumbar, al lado derecho.
Belinda está viva contra diagnóstico. Según la ciencia ella debería estar muerta. Cinco veces se ha sometido a quimioterapia y radiaciones. “Todas las terapias habidas y por haber ya pasaron por mí”, dice riendo a carcajadas.
“Si uno no tiene deseos de luchar, la enfermedad avanza rápido”, asegura. “Cuando me salió por primera vez una nueva metástasis, el mundo se me vino encima”.
Desde hace tres años Belinda no trabaja fuera de casa, ya que la empresa de publicidad para la que trabajaba cerró operaciones. “Mi enfermedad nunca fue un obstáculo para trabajar, los viernes iba a mi quimioterapia y el lunes estaba en mi trabajo”, afirma.
Como publicista tenía que proyectar una imagen positiva a sus clientes y cuando amanecía abatida por la enfermedad, reparaba más aún en su arreglo personal.
Tres veces ha perdido el cabello a causa de las quimioterapias, por lo que ha recurrido a sombreros y pañuelos que adapta a su vestimenta.
“Mi cabello era liso y lo usaba a la altura de los hombros, esa fue una de mis primeras luchas, aceptar usar el cabello corto, una tiene que aprender a ser práctica y adaptarse a una nueva imagen”, aconseja.
Su lucha ahora, a los 47 años, es estar pendiente de si el enemigo que llevaba por dentro reaparecerá o ha muerto definitivamente.
EL SEXO DESPUÉS DEL CÁNCER
Pero no sólo Belinda tuvo que adaptarse a su nueva imagen. Sus hijos y su esposo también lo hicieron.
¿Se termina la vida sexual cuando se pierde un seno? A esto Belinda contesta que “depende de cómo la persona vea las cosas, no tener el seno en mi caso no es un obstáculo para que sostuviéramos relaciones sexuales. Si hay amor, compresión y cariño, no es un obstáculo, pero depende de la relación de pareja”.
“Al comienzo yo tuve mis temores, cuando me quitaron las vendas, el 31 de diciembre, después de la operación, yo estaba en mi casa, hasta ese momento yo me veo sin mi mama, esa noche pasé llorando y le pedí al Señor fuerzas para enfrentar esa situación, que eso era una cosa material, que no tenía ningún valor, que lo importante era que yo estaba viva”, recuerda.
La mañana siguiente empezó a orar y entonces llegó su esposo y le dijo que si su seno era tan importante para ella, tenía la opción de someterse a cirugía plástica, pero le aseguró que para él no era importante.
Hasta la fecha Belinda no ha querido senos de silicón. “Por vanidad no me voy a arriesgar mi salud. No vale la pena, además yo no voy a hacer striptease”, dice graciosamente.
A sus tres hijos en ese entonces de dos, ocho y diez años de edad, le mostró su cicatriz en el pecho y les explicó lo ocurrido. El apoyo de su familia y esposo, asegura, han sido los pilares de su recuperación.
LA LUCHA DE WASLALA
Cuando a Waslala Estrada le llegó la menstruación a los doce años de edad, supo que su regla no era normal. Los dolores menstruales eran muy intensos. Llegó a su cumpleaños número quince y hasta entonces su madre pudo llevarla a consulta ginecológica.
Le ordenaron un ultrasonido y se conoció que tenía un quiste canceroso en un ovario. Le hicieron cirugía y le extrajeron el ovario. Tres años después le diagnosticaron metástasis de estómago. Después de padecer úlcera y gastritis, apareció el cáncer. “Eso fue peor, a mí me encantaba estudiar y descuidaba mis horarios de comida o comía cualquier cosa en la calle”, recuerda Waslala.
Waslala tenía entonces 18 años. Siendo tan joven, ¿qué pasaba por su mente? A esto responde: “pensé que ya iba a terminar mi existencia, que no iba a poder estudiar, casarme, yo estaba en segundo año de la universidad”.
Para combatir el cáncer en la boca del estómago le hicieron radiación. El cáncer desapareció. Pero para entonces había perdido el cabello y una crisis económica abatía a su familia, a tal punto que no tenían dinero para seguir la dieta de vegetales y frutas que le habían recomendado.
Waslala cuenta que le preguntaba a Dios por qué su familia tenía que pasar por esto. Su madre sólo la tenía a ella como apoyo. “Mi mamá es una persona frágil, yo le preguntaba a Dios qué iba a hacer mi mamá sin mí”, recuerda.
Ya se había graduado de contadora comercial en el Colegio Manuel Olivares, pero quería concluir sus estudios universitarios en la Universidad Centroamericana, donde cursaba el segundo año de Comercio Internacional. Lo logró.
Waslala y su familia, en medio de las dificultades lograron superar la crisis gracias al apoyo de familiares fuera de Nicaragua.
Waslala se vestía de valor cuando salía a la calle para dirigirse a la universidad, las miradas curiosas ante la falta de cabello la lastimaban, pero ella tenía un objetivo ante lo que nada ni nadie la haría flaquear, ni siquiera el cáncer: ser una profesional.
Tuvo depresiones pero gracias al apoyo de su madre nunca atentó contra su vida. Siendo joven, ¿pensaba en el amor?, ¿Tuvo novio alguna vez? Waslala responde que sí, tuvo novio alguna vez, hace una pausa y continúa diciendo, “no se le puede obligar a nadie a entender una situación tan difícil porque con las quimioterapias anteriores se me cayó el pelo completamente”.
En ese tiempo Waslala conoció en el hospital infantil La Mascota, a Gertrudis Hergjan, una nicaragüense cuya hija había muerto de leucemia. Esta mujer le ayudó para pagar los ciclos de quimioterapia.
Después de tantas tormentas en su vida, no imaginó que un “huracán” estaba por hacer tambalear su mundo. Dos años después le diagnosticaron una Metástasis Duodenal (parte baja del estómago). Mejoró, pero en abril de este año su salud empeoró.
“Ya son tres golpes que recibo, y siento que cada vez que se me da una oportunidad de vivir, me la quitan. Creo que esto va a continuar”, reflexiona Waslala.
“Puedo sonar pesimista, pero debo ser realista, evito pensar en el futuro, pienso en el hoy, tal vez habrá un mañana, no creo que tenga una vida maravillosa, pero en el fondo de mi corazón lo espero”, confiesa.
Waslala, su madre y tres hermanos viven en Altagracia, los únicos ingresos son de su mamá, quien trabaja como dependiente en una tienda; de uno de sus hermanos, quien esporádicamente es requerido para realizar trabajos como electricista; y la propia Waslala quien lleva cada quince días la contabilidad de una empresa. Nadie la contrata a tiempo completo.
“Ningún trabajo se va a adaptar a mi enfermedad porque hay días que amanezco muy mal, cuando yo recaigo nadie me acepta, la empresa en la que me encargo de llevarles la contabilidad, lo hace por ayudarme”, considera Waslala, licenciada en Comercio Internacional, egresada de la UCA.
Ella todavía tiene cáncer. Y lucha por su vida.
PARA AYUDAR
En Nicaragua existe una Asociación de Mujeres con Cáncer. Para apoyarla: Dirección:Centro Comercial Nejapa, de la Iglesia Oración al Espíritu Santo, 20 varas al Lago, módulo B-2. Teléfono: 867-6070 
|