Opinión económica
Uno de mayo… ¿los deberes europeos hechos o por hacer?
Javier Gómez Biscarri*
La inminente ampliación de la Unión Europea (UE) a 25 países tiene un indudable sabor a triunfo. Económicamente hablando, la aportación de los diez nuevos socios no es grande: en conjunto tienen menos población y, por supuesto, muchísimo menos PIB que Alemania. Desde el punto de vista político, sin embargo, y puesto en el contexto histórico de la UE —que, no lo olvidemos, nació con un objetivo final político instrumentado a través de la cooperación económica— esta ampliación es probablemente mucho más relevante que las anteriores.
Por primera vez entran en la gran familia europea países de la antigua “Europa del este” —sin contar Alemania oriental— y además esta ampliación ha comenzado a dar pie a que se recomiende que un país balcánico, Croacia, comience las negociaciones para su posible unión en la segunda ola (2007, junto a Bulgaria y Rumania). Los deberes que los países fundadores asumieron allá por los años cincuenta parece que empiezan a estar más que cumplidos.
Y, sin embargo, uno no puede menos que pensar que la mayor parte del trabajo está por hacer y que los problemas no han hecho más que comenzar.
Si bien es cierto que la imagen de Europa como una unidad en el campo de juego internacional se ve fortalecida, también lo es que nuestra posición como negociador podría resentirse de forma sustancial. Primero, porque la UE se convierte en una zona económicamente más pobre, en promedio, y con más problemas internos a los que hay que dedicar esfuerzos. Segundo, porque la fuerza de nuestras instituciones de gobierno y, por lo tanto, la fuerza de nuestras posiciones en negociaciones con el exterior, puede verse muy mermada por la cada vez mayor dificultad de lograr un consenso interno fuerte. No tenemos más que hacer memoria de las recientes discusiones sobre los sistemas de votación y mayorías para aventurar que cada vez menos decisiones serán unánimes, los procesos de negociación internos serán cada vez más largos y conflictivos y, en consecuencia, las posturas finales de la UE, aunque sean legítimas representaciones del consenso final, podrían sufrir de debilidad estética. De ahí la importancia clave del diseño de los procesos institucionales internos de la UE, y aquí, sinceramente, queda todavía mucho por hacer.
Desde el punto de vista más estrictamente económico, la UE se convierte en una zona más heterogénea en cuanto a estructuras productivas. Cabe esperar que en algunos sectores específicos los problemas internos podrían intensificarse significativamente —¡Ay, los productos agrícolas, qué pronto han comenzado a darnos más quebraderos de cabeza!— y se agravarán, si cabe, las tensiones resultantes del mercado de trabajo “único”: no es raro que el gobierno de Blair anunciara recientemente que podría establecer algunas restricciones al movimiento de trabajadores hacia Gran Bretaña. Lo raro es que Alemania no dijera nada similar… En cualquier caso, parece que en lo que a los temas económicos se refiere, la UE va a tener trabajo de sobra.
¿Y los propios países entrantes? En noviembre del año pasado la Comisión Europea elaboraba un informe en el que detectaban un número de áreas que en dichos países necesitaban “medidas urgentes y decisivas”. Desde el punto de vista macroeconómico, las condiciones en los diez candidatos distan mucho de estar cerca de lo aceptable para su futura posible incorporación a la zona euro. Así, deberán implementar políticas de convergencia muy potentes (y, probablemente, dolorosas en el corto-medio plazo) para estar listos para el euro. El diseño y duración del proceso de transición a la moneda única es otro tema clave del que todavía no se ha dicho nada. Por lo tanto, más deberes por hacer…
Y al final llegamos a España. No nos engañemos: la presente ampliación —y las futuras— nos dan más problemas que beneficios. Perderemos fondos comunitarios —el efecto estadístico por el que ahora nuestras regiones más pobres son “menos pobres” en comparación—, sufriremos todavía más en las negociaciones sobre agricultura y quizás en algunos sectores industriales perderemos capacidad de generar mayorías de bloqueo, y probablemente tengamos que hacer mucho para evitar que se intensifique la deslocalización de empresas hacia las zonas comunitarias de costes laborales más bajos —que estarán fundamentalmente en los países entrantes— y para seguir atrayendo nuevas empresas que se establezcan en España. Muchos, muchos deberes, algunos de los cuales ya los llevamos arrastrando desde hace tiempo.
No me malinterpreten: creo que la ampliación de la UE —y, posteriormente, de la eurozona— son los lógicos siguientes pasos de un proceso que, a vuelta de los años, se verá como uno de los grandes logros políticos y económicos de la historia. Esto suena muy grandilocuente, pero es así. Lo que no podemos hacer es que la euforia de los pasos significativos que se van dando nos hagan perder de vista que con cada paso que recorremos nos estamos obligando a dar muchos más, y que algunos de estos pasos pueden ser especialmente costosos o dolorosos para los países involucrados, incluidos nosotros. Pero esto deberíamos haberlo visto venir, ¿no?
* El autor es profesor del IESE (Universidad de Navarra). AMinguella@iese.edu

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