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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 24 DE ABRIL DE 2004
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Pablo Neruda y Gabriela Mistral

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.A lo largo y ancho del mundo, este año se celebra el centenario del nacimiento de Pablo Neruda, uno de los poetas más representativos de la lengua. Con este doble perfil, en el que también se retrata a la compatriota y maestra de Neruda, Gabriela Mistral, nos unimos a los homenajes del autor de Residencia en la Tierra

 

Rafael gumucio*

Pablo Neruda y Gabriela Mistral: un rostro se completa en el otro. La cara redonda, la nariz aguileña de Mistral se cierra en las ojeras oceánicas de Neruda disfrazado de Buda del Cono Sur. Neruda y Mistral son del mismo indeterminado sexo: el resplandor masculino en Gabriela Mistral, y esa acuciosidad femenina en Neruda. Neruda es siempre esa madre que engendra lo que toca, que es compenetrada en lo que penetra, y Gabriela Mistral es ese fuego inconfundiblemente viril que agacha lo que toca. Los dos, hombre y mujer, mujer y hombre a la vez, intentaron por todos los medios no dejar herederos.

Su primer encuentro, narrado por Neruda: un niño tímido atraviesa el barro que se traga las calles de Temuco para visitar la directora del liceo de las niñas, Lucía Godoy Alcayaga, alias Gabriela Mistral. La profesora que ya ha ganado sus primeros juegos florales, se aburre en provincia. Su única distracción ante el ambiente opresivo de la escuelita era Neftalí Reyes Basoalto (futuro Neruda), ese alumno silencioso de la escuela de hombres. Hijastro de profesora, este poeta incendiario sabe todo de poesía, es un Rimbaud sin guerra del 71 que lo libere del yugo familiar. La profesora le pasa libros. Algunas tardes toman café juntos. La timidez de ambos es cualquier cosa menos buena educación. No son caballeros, no tratan de serlo (aunque Neruda lograría con los años transformarse en un perfecto y a veces aburrido diplomático). Tienen en común ser desmedidos, feos y mestizos. Mistral es católica, lo es de un modo tan intransigente que en su fe no cabe ninguna Iglesia. Para ella Dios es un hombre, el único que acepta en su cama. Si pudiera devorarlo lo haría. Es católica a su modo, como es socialista a su modo, pero a diferencia de Neruda, lo suyo es culpa. Tiene una moral templada en la sombra, en una casa sin padre aplastada por el sol, en medio del silencio del hambre. Neruda en cambio, nació antes de Cristo. El sexo nunca fue para él otra cosa que una fiesta a oscuras en que el niño deja de llevar su nombre. Y la muerte, nada, un buen momento para escribir un poema.

A Neruda no le gusta Dios porque lo plagia y tiene la patudez de no pagarle derecho de autor. Tampoco odia el cristianismo, es hijo de un verdadero paganismo, sin flautas, ni ninfas, ni flores, ni fauno a lo Rubén Darío. Una selva triste y nada lírica, y una lluviosa presencia de herrumbre. Neruda no es una planta, ni un animal: es un liquen, una espora de sombra que traga la sustancia de la carne muerta. Venenoso a veces, delicioso cuando tiene algo de tierra, algo del sabor del hierro que lo alimenta.

Neruda (Neftalí) y Mistral (la Godoy), son hijos del temblor, que es su forma de puntuación. Su gramática no se rebela, pero tampoco obedece. En sus casas no había libros, escribieron por un instinto anterior a las palabras, para no perderse, para no desaparecer en la nada. Escribir sin pensar en la literatura. Sólo para tener un nombre que ambos inventan de los rastros de otros escritores de provincia, otros marginales famosos. Frederic Mistral, el poeta de la Provenza, Jan Neruda, el cronista de Praga.

Ambos se hicieron además de un nombre y una biografía que se parece más a los deseos que a la realidad. Una leyenda que tejieron para consolarse del aburrimiento, sacada de malas novelas por entrega, muy en boga por entonces. La doncella pobre, pero pura, esperando un príncipe azul en el pueblo del norte. Y de pronto un ferroviario que le hace el maravilloso regalo de morir para que la niña Lucila escribiera Desolación, robándole tiempo a las rondas infantiles. Neruda se inventa una infancia aún más folletinesca: su madre muere al nacer él y tiene que soportar un padre que no lo quiere del todo y el peso de amar desmedidamente a su madrastra mientras, hundido en un silencio milenario, camina por las calles llenas de mapuches borrachos y pioneros tuertos.

En esas tardes en que la lluvia barre todo a su paso, Neftalí absorbe a Gabriela Mistral para aprender a ser Neruda. Traga en la resentida humildad de Lucila Godoy la audacia de Gabriela Mistral. Ella le señala el camino, la poesía es fama en estado puro, la poesía era para estos hijos del pueblo un escenario nada democrático en que podrían ejercer sus instintos de monarca. La reina Virgen, la Elizabeth del verso chileno, y el rey sol Neruda, Luis XIV de las letras hispánicas, que joven descabeza toda la fronda aristocrática para transformarse viejo en el Papa y a ratos en el teólogo de su propia fe.

Neruda en vista del fracaso final de Gabriela Mistral, hundida en la responsabilidad de ser chilena y de ser buena persona, emprende otra aventura. Neruda sabe que tiene que evitar Chile, evitar partidos y lealtades, y se va a donde nadie lo puede encontrar, Ceilán. Es el único que habla castellano en las colonias tropicales, así que no le queda otra que inventar su castellano. Nadie puede corregirlo. Toda la poesía moderna intentaba entrar en la subjetividad alterada de un poeta herido. Neruda descubre la sensibilidad enferma de lo que se supone objetivo. Palmeras, muebles, ropa colgando, fetos y elefantes deliran mejor que el alma herida del adolescente que teme. Neruda no tiene miedo, son las rocas y el mar, son las ciudades las que tiemblan, se asesinan y se besan por él. Es el optimista Whitman alabando la vida y el combate, pero sin alegría y sin verdaderas ilusiones. El hombre que es penetrado por lo que penetra, el victorioso parásito que contagia su muerte a lo que toca.

La base de toda la novedad de la obra de Neruda es que escamotea todos los problemas morales, reemplazándolos por una didáctica. Altura de Machu Picchu canta al esclavo, pero también canta con una maravillosa complacencia a la esclavitud. Neruda no tiene nada que decir porque la magia de su poesía está ya en el decir. Por eso, desmontada su retórica todos sus encantos caen en la nada. Mientras Baudelaire es el poeta que usa el verso para entender el mundo, Neruda es el poeta que usa el verso para ser el mundo.

Neruda no debe nada. Neruda absorbe todo, Neruda no se calla nada, ni desprecia nada. Y eso Gabriela Mistral lo comprende a oscuras. Sabe que eso de niño de Temuco no descansará hasta borrarla de la faz de la tierra. Ése no se resigna, como el falsamente engreído Huidobro, con ser el Adán de una nueva poesía. Ése quiere ser Jehová, Dios, creador perezoso del mundo en siete días. Gabriela Mistral ha creado un monstruo que es tan original que siempre puede copiar con la más completa impunidad. Ya en España Mistral intercambia con Neruda su consulado. Él es el cónsul en Barcelona, pero va a vivir a Madrid, y ella es cónsul en Madrid, pero va a vivir a Barcelona. Intentan no moverse, se desprecian silenciosamente. Hasta en las antologías tratan de no estar juntos. El Neruda de Madrid, a comienzos de los años treinta, ya es un poeta completo que juega a ser joven poeta. Ya ha escrito Residencia en la tierra, se encuentra con Alberti, con Hernández, con García Lorca, todos esos poetas truncados y trucados que él —con implacable voracidad— se traga uno a uno. En España, gracias al roce de un castellano hablado y gritado con soltura y algarabía, Neruda pierde el pudor chileno ante las palabras. Descubre a Quevedo y Góngora, se traga de un solo mordisco la habilidad folclórica de García Lorca, la forma de Guillén, el populismo de Alberti.

Muerta Mistral, enterrada en la iglesia de los Franciscanos en Santiago, la monja superiora del convento poético (o debería decir el monje), Neruda puede conquistar su lugar en Chile. Se construye una casa que le da la espalda a Chile. Neruda vive en sí mismo como un bivalvo; Chile y su literatura son sólo los microorganismos que tragan sus membranas. Dictadura sin contrapeso. La literatura chilena surge de dos movimientos: los hijos de Neruda que pelean para que este eterno estéril los reconozca y los quiera y los bendiga como su padre, y los que se rebelan y quieren aclarar que Chile no se agota en Neruda, y Neruda no agota a Chile.

Neruda está completo, acabado, mucho antes de morir. No responde a los ataques, no lee, y escribe sólo por reflejo. Escribe sobre el fin del mundo, para que el mundo termine junto con él. Y al final es eso lo que alcanza a ver, el fin de su mundo, la llegada de los militares a las calles, la moneda que se quema. Incapaz de separarse de sus profecías, y viendo dolorosamente cómo la metáfora ya no cubría los despojos de las cosas, Neruda se muere en silencio, y en silencio forzado por la vigilancia militar es enterrado.

No es sólo el fin de un poeta, ni el de una democracia: es el fin de una determinada lectura del tiempo, redondo e inmóvil, que hizo que la poesía entre los escritores chilenos fuese la forma de expresión más evidente. Neruda y Mistral podían pensar que habían nacido fuera de la historia, en pueblos en que apenas pasaba nada, o lo que pasaba nunca tenía palabra para ser dicho. Hijos del barro recién fundado, escritores de padres analfabetos, vivían en un tiempo siempre igual a sí mismos, sin un antes ni un después. Pertenecían a la era del mito, en tierras ancianas con veleidades de recién nacido. Eran frutos solos, excepciones a un mundo sin reglas, o con tantas reglas ocultas que no valía la pena descifrarlas.

*Redactor de Letras Libres, tomado de la misma revista.  
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Pablo Neruda y Gabriela Mistral


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