La tragedia de ser asegurado en el INSS
Auxiliadora Rosales
Eran las once de la noche. Mi hija de dos años ardía en fiebre. Como la temperatura no cedía la llevé a emergencia del hospital Los Chilamates, en Masaya, donde estoy “asegurada”. Mi espera en ese lugar fue tan difícil como un parto. El único médico de turno asistía a una persona y tuve que esperar hasta que terminara su tarea. A eso de las 12:30 se apareció el médico y lo menos que hizo fue atender lo que le decía.
Resolvió rápidamente la situación dándome dos supositorios (de dos córdobas cada uno) para la fiebre de mi niña y una orden para realizar al día siguiente exámenes de sangre y orina. “Hágale estos exámenes y llévela al pediatra”, fue la orientación.
A las siete de la mañana ya estábamos en el laboratorio, con la angustia de no saber qué mal aquejaba a mi pequeña. Le pedí a la laboratorista que priorizara mi caso y accedió entregarme los resultados un cuarto para las nueve, tiempo preciso del proceso. Esperé en ese mismo lugar y cuando por fin me los dieron me dirigí rápidamente a la clínica del Seguro.
Llegué a las nueve de la mañana con la alegría de llevar los resultados de los exámenes para que el pediatra valorara con más precisión la fiebre de mi hija.
Mi alegría no duró mucho. En la entrada del lugar me encontré al médico conversando amenamente con una de las trabajadoras de ese centro; me acerqué a él y le expliqué que llegaba a verlo, que mi pequeña desde la noche anterior tenía una fiebre que no la dejaba en paz, y muy fríamente me contestó: “Se hubiera levantado más temprano, yo atiendo sólo a 20 pacientes y ya terminé”.
Le expliqué que no es cuestión de llegar más temprano a su consulta, que desde la noche anterior estuve en esa clínica por la misma causa y que llegaba de realizarle unos exámenes.
El médico, que seguramente por los años que carga a cuesta ya se siente cansado con dos horas de trabajo, o en el peor de los casos no puede atender a un paciente más porque sólo le pagan por ver a 20, me dio dos opciones: la primera que llevara a mi hija a emergencia donde había estado infructuosamente la noche anterior, o bien que regresara a la una de la tarde que es la hora en que atienden otros pediatras, ¡como que si las enfermedades pueden esperar!
Sin tener una respuesta positiva en la clínica por la que mes a mes pago una cuota, me dirigí a una clínica privada.
Éste es el tipo de servicios que miles de trabajadores “asegurados” recibimos en clínicas que hacen ricos a sus dueños, como hasta a la que hoy pertenecí, que sin dudas sobreviven por los ingresos que dejan los asegurados, porque para competir de otra manera en un mercado que exige calidad profesional seguramente hace rato hubieran cerrado las puertas.
La autora es periodista.

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