El fracaso es de los políticos
Es obvio y evidente que el presidente Enrique Bolaños ha tenido que renunciar al objetivo de despartidarizar las instituciones estatales —particularmente el Poder Judicial que domina casi por completo el FSLN—, a cambio de que Daniel Ortega no se entienda con Arnoldo Alemán para reducir el período presidencial mediante un nuevo pacto liberal-sandinista, o convertir al Presidente de la República en una figura decorativa, o destituirlo mediante una sentencia condenatoria en el juicio por delitos electorales.
Algunas personas opinan que Bolaños no debió abrazar la estrategia equivocada —supuestamente impulsada por Estados Unidos y personalmente por el Secretario de Estado, Colin Powell—, de romper el acuerdo con el Frente Sandinista que venía funcionando hasta fines del año pasado, y aliarse con la llamada “fuerza democrática” que representa el PLC.
Pero la verdad es que, hubiera tenido que ver o no Estados Unidos con tal estrategia, ésta era básicamente correcta pues en la democracia es lógico que el Gobierno se apoye en el partido que lo llevó al poder, independientemente de las discrepancias que haya entre ellos y de la distancia que se debe mantener para no incurrir en el vicio autoritario de la confusión de intereses Estado-partido.
En la democracia la mayoría de los ciudadanos elige al gobernante por un determinado período y para que ejecute el programa que el partido y los candidatos triunfantes en las elecciones ofrecieron durante la campaña electoral, programa que debe ajustarse a los principios y bases constitucionales democráticas de la sociedad y el Estado. Además, durante ese período los partidos que no ganaron la elección presidencial deben practicar una política de oposición cívica y responsable, y no dedicarse a crear situaciones de crisis ni a amenazar con derrocar al Gobierno para conseguir cuotas de poder que no les corresponden, y mucho menos para proteger intereses particulares de políticos corruptos, ni de nadie.
Por ejemplo, a nadie que esté en sus cabales se le podría ocurrir que en España el partido de José María Aznar, que fue derrotado en las últimas elecciones, se dedicará ahora a sabotear al gobierno de Rodríguez Zapatero, a crearle crisis para exigirle cuotas de poder que simplemente no le corresponden porque no las ganó en las elecciones. Eso sólo se ve y se sufre en países atrasados como Nicaragua, donde los políticos todavía son primitivos, autoritarios y corruptos.
De manera que era correcta la estrategia de reagrupar al gobierno del presidente Bolaños con el PLC, pero éste debía liberarse de la tutela perversa de Arnoldo Alemán. Y no podía funcionar mientras los políticos pelecistas subordinaran la conveniencia nacional, gubernamental y de su propio partido, al interés del cacique que no sólo quiere evadir el cumplimiento de la condena a veinte años de presidio por los actos de corrupción que cometió cuando estaba en ejercicio del poder presidencial, sino también regresar al poder para volver a hacer lo mismo.
Fue por la sumisión de los líderes del PLC a Alemán que no se pudo integrar la Junta Directiva de la Asamblea Nacional con dos diputados del PLC, dos del FSLN, dos de Azul y Blanco y uno de Camino Cristiano o del Partido Conservador. Asimismo, por el empecinamiento de un diputado liberal que quería ser a cualquier precio primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, no se pudo asignar este cargo a un sandinista, como era lo aconsejable. Y por su torpeza los líderes del PLC creyeron que al reconquistar la Junta Directiva de la Asamblea Nacional podían liberar a Arnoldo Alemán y hacer lo que quisieran, pero lo que lograron fue agravar la crisis y facilitar que Ortega y el FSLN doblegaran al presidente Bolaños para quien, evidentemente, lo importante es mantenerse en el poder.
De manera que no es la estrategia del reagrupamiento democrático la que ha fracasado, sino los políticos del PLC que no tienen talento de estadistas ni son consecuentemente democráticos. De la misma manera que no es la democracia la que ha fallado en Nicaragua y otros países como éste, sino los políticos, que en realidad no son demócratas pues como ha señalado sagazmente el ex Presidente uruguayo Julio Sanguinetti, en América Latina en general existe la democracia, pero no hay demócratas.

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