DOMINGO 18 DE ABRIL DEL 2004 / EDICION No. 23423 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Cosas veredes Sancho amigo
Emma Lucía vive feliz entre las caricias de la naturaleza

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. Cuando pasamos por aquel hogarcito situado entre verdes colinas, viene a nuestra memoria aquella vieja canción mexicana que dice y decía: “¿Qué de donde amigo vengo? De una casita que tengo más abajo del trigal, de una casita chiquita, para una mujer bonita que me quiera acompañar. Tiene en el frente una parra donde cantan las cigarras y se hace puchito el sol...”

Emma Lucía Gutiérrez Martínez, acariciada por un gajo de veraneras.

 

Mario Fulvio Espinosa

El senderito que conduce hacia la puerta de la casita va empedrado y camina cortito entre pequeñas terrazas y contrafuertes de piedra gris de las que penden gajos gigantes de veraneras blancas, rojas, cremas, moradas y púrpuras.

En los bordes del caminito se han colocado con gusto exquisito, maceteritas de las que emergen rosas, amapolas, sandiegos, margaritas, begonias, violetas, trinitarias, fucsias, milflores, chinas, gladiolas, jazmines de agua y otras dádivas que a Flora le sería prolijo enumerar.

En lo alto, la sombra de árboles de tamaño medio nos protegen del sol, ahí está el nim con su follaje de esmeralda, el madero blanco de flores rosadas y el oro deslumbrante de la cañafístola india. Varios pajarillos cantan en la altura, el cielo es azul turquí con nubes de lino que navegan lentas.

La música coral de la Octava Sinfonía de Mahler invade con mesura el aire, se respira por doquier serenidad y paz. Bello ensueño campestre que podría haber cantado el sensible poeta de las sierras y los lagos, Ramón Sáenz Morales.

LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO

En ese ambiente bucólico vive Emma Lucía Gutiérrez Martínez, allá en un anexo hecho a La Casita, ya llegando casi a la ciudad de Estelí.

Morena hermosa, de cabellos largos de fibras finas de azulado acero, ojos grandes, negros y vivaces, pestañas largas y crespas bajo unas cejas suavemente delineadas, hermosa nariz aguileña que ampara una boca proclive a la sonrisa.

Licenciada en psicología, madre de dos hijos, enamorada de su marido, de la vida y de los dones de la naturaleza, Emma dejó la “civilización” de la ciudad para seguir el sano consejo de Fray Luis de Granada: “Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y va por la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”.

Sentados ante una mesita rústica, saboreando una aromática taza de café montañero, acompañada de riquísimas rosquillas somoteñas, comenzamos la plática. Sobre los bellos sonidos del silencio se escucha a lo lejos el graznar de “labriego”, el ganso blanco que vela en el traspatio de la casa.



— Esa música —le digo— es de silencios grandes... ¿por qué te gusta tanto?

— Es una manera de colocar en un estado de reposo nuestro espíritu y de encontrarse con uno mismo. Aquí escuchamos música todo el día, sin estridencias, ya es parte de nuestro ambiente. Pero también por la noche es divino escuchar otros sonidos, entre muchos la canción de los pinos resinosos y la de los robles encortinados.

PSICOLOGÍA PARA EL CAMPO

—¿Hace cuánto llegaste a este paraíso?

— Hace once años. La casita tiene aproximadamente ocho años, está en una finca de cuatro manzanas que hemos venido reforestando, adecuándola, creando en ella las condiciones básicas para que sea habitable, sana y agradable. Elegir este lugar fue una opción muy acertada.



—Antes, ¿dónde vivías?

— Vivía en Managua, allá estudié en la UNAN y comencé a trabajar, pero cuando me casé decidí con mi esposo buscar un lugar para salir del mundanal ruido. Al principio aspirábamos a tener un cuarto de manzana (sueños de recién casados), o quizás una granja. Yo soy de Estelí y eso fue como volver a mis raíces. Anhelaba también tener una casita con muchas flores y que mis hijos crecieran en un ambiente plácido, tranquilo. Así tuvimos la suerte de encontrar esto, que era más de lo que buscábamos y poquito a poco, pero con mucha voluntad, comenzamos a construir.



—¿Eso significa que abandonaste tu carrera de psicóloga?

— Se unieron dos cosas, tuve una oferta de trabajo en un proyecto financiado por la Unión Europea desde el noventa hasta hará unos dos años cuando mi hija menor Solage se enfermó de gravedad y me dediqué a su cuido. Hoy ella ya está bien gracias a Dios y éste fue un ambiente que ayudó mucho a su recuperación. Mis hijos son tres, Jorge Luis, de 16 años; Catherine que va a cumplir 11, y Solange de 5.

“HAGO LO QUE ME GUSTA”

—¿Qué sentido le das a tu vida al estar en este ambiente?

— Me siento realizada, contenta de hacer lo que me gusta, contenta del esfuerzo que realizamos en esta empresa familiar. Cada flor que nace, cada fruto que logramos significa para mí una alegría. Porque uno bien puede ir al mercado y comprar esa fruta, pero todo cambia ante el hecho de ir con una canastita al gallinero a recolectar los huevos, a cortar nuestras frutas y saber que mis hijos van a comer algo que nosotros cultivamos y que ese alimento es sano porque ésta es una finca orgánica. Eso me llena de dicha, es algo indescriptible y por eso cuando me levanto digo: Gracias Señor por tantas bendiciones.

Por otra parte, yo disfruto cultivando, llenándome las manos de tierra, vivir entre las flores me transmite paz, cuando veo que mis orquídeas florecen, siento una emoción especial y pienso que la naturaleza es complemento del ser humano y que no se puede vivir sin ella y me duele que a tantos beneficios respondamos con la depredación.

Yo sé que esta casita es como una diminuta isla y tratamos de convencer a nuestra cercana comunidad que ellos también pueden hacer estas cosas y que es bueno que tengan conciencia de las bellezas que nos puede brindar la tierra.



—Me parece que entre tanta paz le dedicas bastante tiempo a la lectura...

— Sí, he leído casi todos los libros de Gabriel García Márquez, me gustan las novelas de Sergio Ramírez, me encanta como escribe Gioconda Belli y Daysi Zamora, quizás mi preferido sea Mario Benedetti y últimamente estoy leyendo algo de Pablo Coelho. Yo siento que lo grandioso, lo bello, lo monumental está en lo sencillo.

Leo por la noche, cuando ya todo está en paz, cuando las cigarras guardan sus violines y los pájaros callan, leo un promedio de cinco páginas salvo cuando el tema es devorador de mi atención, de fondo está mi música que es la de Bach, Mozart, Debussy y composiciones más modernas, me encanta la música testimonial.

LA CASITA, OPCIÓN DE VIDA

—¿Cuál fue el comienzo de esta finca tan bonita?

— Primero comenzamos a investigar para qué eran buenas estas tierras, sembramos lo que era conveniente y, cuando logramos las primeras cosechas, cargamos de mangos, aguacates, y frutas nuestra camioneta y nos fuimos a venderlas al mercado, pero ahí nos imponían un precio ridículo, podíamos venderlas de otra manera a través de intermediarios, pero era peor. Fue una frustración increíble, entonces decidimos construir un caramanchelito a la orilla de la carretera y como mi esposo trabaja en diseño y construcción nos salió muy bonito, pero como además de frutas nosotros producimos nuestro propio pan, nuestro propio yogurt y mermeladas, pasaban los amigos, probaban nuestras cositas y fueron ellos los que le dieron el nombre de La Casita, primero sólo vendíamos para llevar, pero después, a solicitud de ellos, le pusimos chinitos, otras mesitas, el jardín, las colinas y hasta ahí llegamos.



—¿Cómo que hasta ahí llegaron?

— Sí, porque no queremos crecer. No queremos competir. Queremos mantenernos caseros, artesanales, no ambicionamos lograr el gran negocio, más bien deseamos que existan otras personas que hagan lo mismo que hicimos nosotros, estamos abiertos a compartir nuestra experiencia, no tenemos ningún secreto en cuanto a lo que hacemos, tampoco para decir lo que nos ha funcionado y lo que no... Además, si esto crece, ya dejaría de ser La Casita. Ésta es nuestra forma de vida, es la opción que hemos tomado para existir.



—¿En qué consisten las medidas ecológicas de tu casita?

— Nosotros comenzamos por reciclar la basura, los desperdicios de cocina y de frutas pasan a una abonera, de las otras cosas se rescata lo que se puede reciclar y el resto se incinera. Tenemos un pequeño personal con el que sostenemos charlas cada primer lunes de mes, insistimos en la preservación del ambiente y hemos encontrado en ellos receptividad y comprensión. Proponemos en La Casita nuestra propia filosofía, no vendemos licor, ni bebidas gaseosas ni nada enlatado, “disculpe, aquí no se puede fumar” le decimos a los fumadores, “usted es bienvenido a esta casa, pero por favor no fume”.

Porque es absurdo que en un lugar donde sustentamos la filosofía de defender el ambiente y comer sano, es como una falta de respeto que alguien llegue con una lata de cerveza con botellas de licor que bien se pueden tomar en otra parte.

EL QUESO Y LOS JUGUETES

El queso que vende La Casita lo fabrica Martín, un ciudadano suizo que tiene una pequeña finca entre Miraflor y El Coyolito.

Como la demanda de queso es grande y no la podemos satisfacer, estamos haciendo una mantequilla de yogurt que ha resultado deliciosa

Con madera reciclada hacemos juguetes y sencillos rompecabezas para niños. Hay un taller de carpintería en el cual trabaja David y otro compañero.

FELIZ CON POCO

Una de las filosofías de doña Emma Lucía Gutiérrez Martínez es haber aprendido a vivir feliz sin abundancia. Pero, ¿cómo lo ha logrado?

— De cierta manera no hemos terminado porque estamos aprendiendo, tenemos un pequeño bosque que estamos habilitando para el disfrute de nuestros visitantes... Pero, si así somos felices, ¿para qué ser ambiciosos? Es difícil, casi imposible, ser feliz cuando se poseen muchos bienes.

Otro proyecto que tenemos es construir otros dos ranchitos en el área de parque, para favorecer a varios artesanos que han venido aquí solicitándonos espacio para elaborar, exhibir y vender ahí sus artesanías sin caer en la explotación.

A mí me emociona hablar de esto, a veces me cohíbo porque es mencionar mi vida cotidiana a la que no le veo nada extraordinario, tengo mi computadora, pero es para llevar mis archivos y mi correo electrónico, pero no tenemos divulgación, ni hacemos propaganda alguna, si ustedes se fijan no tenemos rótulos, no queremos volvernos comerciantes ni comercializarnos.

Si hiciera esta labor contra mis principios, quizás tendría mucho dinero, pero no tendría paz.

UN COMPAÑERO IDEAL

“Mi esposo es escocés, se llama David Thompson. Hemos hecho pareja y nos complementamos, nos gusta lo que hacemos y hasta en detalles pequeños nos entendemos. Él vino a Nicaragua cuando necesitábamos de solidaridad, a trabajar en proyectos de inserción laboral para personas con discapacidad. Así nos conocimos.
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Emma Lucía vive feliz entre las caricias de la naturaleza