Cuentos
Franz Galich *
La visita
Anoche llegó hasta mi lecho una señora muy hermosa y mi lectura interrumpió. Un poco maravillado la vi con presteza. Tras un, en apariencia, largo segundo de silencio de meditado, como midiéndome, preguntó: —Perdón señor la interrupción, ¿no ha visto usted a mi amante? —¿Mi amante?, pregunté sorprendido. —Sí, ¿no lo conoce usted?...
—Pues qué raro, todo mundo lo conoce, y yo lo ando buscando, pues el pobre está muy solo, su familia ya no lo quiere (la mujer estaba a punto de llorar, los ojos los tenía vidriosos).
—Perdón—, dije, cómo es que se llama, pues tal vez mi hermano lo conozca...
—Gregorio Samsa, hijo de Franz Kafka...
Fui a preguntarle a mi hermano y al regresar con la negativa respuesta, la señora desaparecía por el ángulo superior derecho de mi habitación.
El cíclope
Hay un ojo que me está viendo. Tiene varios días ¿U horas? ¿O años? ¿O segundos?
Lo cierto del caso es que me mira. Pero lo peor de todo es que me llama. Sus enormes pestañas se mueven como pólipos.
Ahí está tirado, a la misma altura que yo, entre el seno blanco de la cama. Me está provocando, me incita, pero yo, por precaución me quedo quieto. A veces pienso que es por cobardía, pero me abstengo de cualquier movimiento en falso. Incluso, cualquier ruido bastaría para que me atacara. Su córnea inyectada de sangre palpita enfrente de mí. Su pupila brillante se me queda viendo fijamente, anhelante. Me quiere hipnotizar, pero yo evito su mirada. Cierro los ojos y trato de concentrarme en otras cosas. No quiero ni pensar en otras cosas. No quiero ni pensar. Tomo un trago y trato de olvidar.
De sus costados se abren dos enormes alas; no, son brazos que me quieren atacar, asfixiar, acariciar. Me llaman. Es el gran ojo del cíclope. Es el ojo de Dios. Es el ojo del ojo. Es el ojo del centro del Universo. Es mi ojo en un espejo. Soy yo que estoy mirando en un ojo. Me llama con su olor. La tempestad marina llega con toda violencia a través de su célebre salobre olor.
Crustáceo de la faz del mundo, ya que me llamas presentaré combate.
Enarbolo la bandera del honor en el mástil de mi barco de locura y hundo mi ariete en el centro del ojo del cíclope.
Hay un mico
Hay un mico en mi cuarto.
Desde la calle me viene siguiendo. Creo que me vigila. Ha llegado a la casa pero se zampó. Me encerré en mi cuarto y cerré todas las puertas y ventanas, pero alguna vez dejé abierto porque se logró meter el micochompipe.
Cómo grita el desgraciado, me va dejar sordo. El mico es un mico raro porque yo nunca lo había visto ni en la Aurora, ni en el Petén, ni en el museo de animales disecados, ni en ninguna parte. Sólo que sea un mico extranjero. Ahorita me está llamando, quiere que mate a ése que está dormido en mi cama. “Mata a ese hideputa”, me dice y sonríe. Pero lo raro es que ése que está dormido en la cama lo conozco: soy yo mismo. Pero entonces, ¿por qué tengo la pistola en la mano? ¿Y si mato al mico? ¿Dónde está? ¿Dónde se habrá metido?... Mico, miquito lindo, miquito maus, ¿dónde estás? ¿Qué hago frente al espejo, viéndote fijamente con una pistola en la mano y con un mico a la par que sonríe?
¿Y si grito?
¿Y si lloro?
Mejor me salgo. ¿Pero a dónde?
A buscar el mico.
Pero si ahí está
Entonces llamá a la policía.
¿Para qué?
Porque me estoy volviendo mico. El mico se está volviendo yo y yo mico. Ahora aprovecho y lo persigo.
¡Ajay mico pizado!, ahora el que te persigue soy yo. ¡Te voy a matar mico desgraciado!... ¡No mico, no disparés!
*Narrador y catedrático. 
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