Entrevista
Carlos Fuentes: “México está ahí”
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 | El escritor explica la influencia de la cultura mexicana en sus novelas |
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Carlos Fuentes. |
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Jorge García Ramón*
Sus novelas se caracterizan por la incorporación de procedimientos narrativos de la literatura inglesa y norteamericana, como la fragmentación de escenas, el monólogo interior y la mirada retrospectiva. La repercusión que alcanzó con La región más transparente (1959) y La muerte de Artemio Cruz (1962) lo proyectó como una de las figuras centrales del boom de la novela latinoamericana. Desde 1965 su vida volvió a ser itinerante, viviendo durante algunas temporadas en París y enseñando en Princeton, Harvard, Columbia y Cambridge. Continuó publicando ensayos entre los que se destaca La nueva novela hispanoamericana (1969), donde propone la ruptura de los códigos costumbristas al mismo tiempo que la prolongación de otras tradiciones. Algunas de sus novelas más importantes son: Zona sagrada y Cambio de piel (1967), Cumpleaños (1969), Terra Nostra (1975), Cristóbal Nonato (1987) y Diana o la cazadora solitaria (1972).
Fue distinguido, entre otros, con el premio Rómulo Gallegos (por Terra Nostra, en 1977), Premio Nacional de Literatura de México (1984), Premio Cervantes (1987) y Príncipe de Asturias (1994).
— Ese México del Lago Patzcuaro, el de las iglesias con hachones, ¿todavía existe?
— Sí, ese México está ahí, es inconmovible. El México de la cultura profunda del país, el México indígena, colonial, barroco, está siempre ahí por fortuna.
— ¿Pero no es que esté en provincias: está todavía a tres cuadras del Zócalo, en pleno centro de México?
— En pleno centro de México, donde se descubren ruinas aztecas, maravillosas esculturas, como las bases del templo mayor de los aztecas, todo lo que se ha descubierto mientras se construía el metro de Ciudad México.
—Tenemos lo que resta de la Ciudad Azteca al lado de la ciudad colonial española. Demuestra la profundidad de la cultura mexicana, que es una cultura de capas superpuestas, habitada por fantasmas —además— como he insistido yo...
— Exactamente de eso quería hablar. La ciudad colonial construida arriba de la ciudad precolombina, y además la ciudad colonial y moderna se están hundiendo unos cuantos milímetros en la ciudad precolombina.
— No, la azteca fue la última: eran los recién llegados ¿verdad? La cultura azteca se superpuso a la tolteca, y ésta a la cultura maya-quiché, que había venido antes, y antes aún la totonaca y olmeca del Golfo de México, que es la más antigua. De manera que estamos hablando de tres mil años de cultura en México.
Es una cosa muy impresionante y que nos da mucha fuerza. Diferente a los Estados Unidos, nuestro poderoso vecino, pues nos da una fuerza muy particular. Yo siempre les digo a los gringos: “Nosotros podemos montar una exposición que se llame ‘Tres mil años de cultura mexicana’, y ustedes no”.
—Y en una relación que no ha sido del todo superada con relación a los españoles. ¿Cómo ve esto?
— Hay dos cosas. En México, como en el resto de América Latina, tenemos la tendencia a admirar a los indios en los museos, pero tratarlos a patadas en las calles. Ahí hay un problema: hay que aprender a respetar a los indígenas de hoy, no sólo al del pasado.
Y respecto a los españoles, es necio negar que somos parte de una cultura que habla español, y en México especialmente la deuda que tenemos con la emigración republicana española que transformó, modernizó, enriqueció a un grado superior a la cultura mexicana, es una deuda que no podemos olvidar.
Yo soy un heterodoxo que boga por la presencia de una estatua de Hernán Cortés en México. No la hay, porque en México se celebra a los indios en armas, no a los españoles. Pero sí creo que una manera de ser más mexicanos, más completos, más iberoamericanos, es aceptar que el Atlántico no es una zanja sino una vía de comunicación, de galeones que van de ida y vuelta. Como se ha demostrado en literatura: no habría literatura española sin Rubén Darío y Neruda; no habría literatura iberoamericana sin García Lorca, Neruda y Valle Inclán. De manera que creo que debemos superar esos atavismos que me parecen bastante necios.
— No está Cortés pero sí Colón.
— Está Colón, sí.
— Y también lo veo en sus novelas.
¿De alguna manera usted interpreta eso?
— Sí, sí.
— No sé, incluso, hasta qué punto sus novelas son una interpretación de México. Las diferencias que usted conoce académicamente sobre lo que es un relato, corto o extenso, y un ensayo, creo que se han roto hace muchos años en usted. Se rompieron siempre...
— Y en la novela misma, ¿verdad?
— Las novelas pasan a veces a ser tratados de sociología, de cultura. Usted mismo lo intentó una vez, y de qué manera, y con gran magnitud, en Terra nostra: el diálogo entre México, España... Creo que de una manera un poco desmesurada, a mi entender.
—En Los años con Laura Díaz, un personaje que es testigo de los acontecimientos nacionales e internacionales, se propone escribir la Historia del siglo XX mexicano. Se apoya en hechos y personas que determinaron la conformación del México actual: entre otros están muy presentes los artistas Frida Kahlo, Diego Rivera, y aparecen momentos fundamentales de la historia cultural y política de su país. ¿Cómo se traduce esa definición en Los años con Laura Díaz?
— No sólo en esta novela sino en general, la historia es texto, y la novela es texto. No olvidemos que lo que queda de la historia es un texto. Pero cuando uno voltea por ejemplo el siglo XIX y quiere preguntar qué fue la Rusia de ese siglo, aunque hay excelentes historiadores rusos, creo que la imagen que uno tiene es la que nos dan Dostoievski, Gogol, Tolstoi; es lo que queda realmente.
— Usted dijo que “la novela es la posibilidad de explicar todos los sentimientos que andan en nosotros”. Para usted, entrar en ese terreno es imposible para la historia.
— Es muy difícil, muy difícil. Yo siempre he tratado de colocar mis novelas en este crucero donde el destino personal y el destino histórico se encuentran, chocan, se entienden, se enamoran, se odian, etcétera. Pero sí creo que hay una dimensión que sólo puede dar la novela.
Hablábamos hace un momento de cine y novela, de la posibilidad de meter tantas cosas en la novela, y no es nada nuevo. Porque hace poco estaba releyendo Los miserables, de Víctor Hugo, y dedica por ejemplo 100 páginas a la batalla de Waterloo que no tienen nada que ver con el resto de la novela, salvo que hay un robo al final...
— ¿Y podemos entender mejor la historia a través de una novela?
— Sin la novela, sin el texto literario, no se entiende el texto histórico. El texto histórico se muere, se queda en datos, se seca sin la animación que le puede dar la novela. No entenderíamos la batalla de Waterloo sin Sténdhal y Víctor Hugo.
*Periodista uruguayo. 
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