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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 3 DE ABRIL DE 2004
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El aplicado y generoso José Jirón Terán

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Francisco Arellano Oviedo*

Una cantidad impresionante de variadas y vistosas flores, provenientes de todos los sectores sociales: de personas naturales, jurídicas, Poderes del Estado, asociaciones, gremios, sindicatos, han llegado a la casa de Don José Jirón Terán para patentizar el aprecio que todos le teníamos. ¡El gran amigo y ejemplar ciudadano se nos ha marchado y nos tiene conmovidos!

Ahora que vienen a mi mente tantos recuerdos, anécdotas y vivencias del amigo que había nacido en León el 6 de julio de 1916, debo apartar tantas imágenes que como un interminable collage corren por mi mente, perturbada por la pena de su deceso, para hablar con alguna coherencia, de dos aspectos de la calidad humana de Don José: su espíritu de superación y su generosidad.

Trabajó desde niño y por eso tuvo que distribuir el tiempo, que los niños de su edad tenían sólo para la escuela, acorde con su realidad; pues para él, el tiempo era para el trabajo y para la escuela. Desde muy temprano, no tuvo tiempo para recreaciones ni para vicios. El trabajo fortaleció sus músculos y los libros agudizaron su intelecto. Ya mayor Don José se emocionaba cuando recordaba su niñez pobre y los trabajos humildes que realizó como dependiente de almacenes o cobrador de la Aguadora.

En los años de su esplendor económico no derrochó ni hizo ostentaciones innecesarias. Se preocupaba por dar trabajo y ser un excelente empleador. Nunca desconoció a los pobres, siempre los escuchó, atendió y sirvió con simpatía. Procuró y ayudó, decididamente, para que su fecunda descendencia y sus familiares cercanos tuviesen un techo seguro. Gastó en el cultivo de su persona, fue viajero por América y Europa. Se detuvo atento en museos, bibliotecas y librerías. Observó, tomó notas, valoró y adquirió lo mejor y cuanto pudo para su biblioteca personal.

El tiempo que por el trabajo Don José le quitó a la escuela, durante su niñez y juventud, lo compensó con creces convirtiéndose en un formidable autodidacta, investigador y bibliógrafo. Consideró que todo tiempo de la vida era importante e idóneo para aprender. Nunca tuvo el complejo de acercarse a los menores que él para hacerles alguna consulta de orden intelectual; pero Don José sabía mucho, leía siempre. Fotocopiaba o recortaba todo aquello que consideraba importante para nuestra cultura. Era metódico y ordenado. En carpetas, debidamente rotuladas, guardaba por temas los hallazgos de cada día.

El 18 de enero de 1967, el Presidente de la República lo nombró Comendador de la Orden Rubén Darío. El 7 de octubre de 1993 ingresó como Miembro de Número a la Ilustre Academia Nicaragüense de la Lengua en la que ocupó la silla “K”; días más tardes, en la sesión del 22 de octubre de 1993, la Real Academia Española lo nombró Miembro correspondiente en Hispanoamérica de esa Corporación; el 3 de febrero de 1995, la Municipalidad de León lo proclamó, en ceremonia solemne y pública, Hijo Dilecto de esa ciudad; el 22 de julio de 1999 la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-León, le confirió el título de Doctor Honoris Causa; el 18 de enero del 2003 el Centro Nicaragüense de Escritores le otorgó una placa en reconocimiento a sus aportes a la literatura nicaragüense. Estos son los honores intelectuales más significativos que obtuvo Don José en vida; pero su esposa Yolanda guarda un álbum de diplomas con los que instituciones culturales y centros educativos reconocieron los méritos intelectuales del ilustre leonés quien en su aprendizaje nunca tuvo vacaciones.

Don José se ha ido, pero nos deja entre sus publicaciones: una Bibliografía sobre Rubén Darío, en Cuadernos Universitarios, 1967. Doce poemas inéditos y desconocidos de Rubén Darío, León, Editorial El Tesoro, 1972. Poemas compilados por D. José y Jorge Eduardo Arellano con el título de Rubén Darío: los limos más hondos y secretos, Gurdián, S.A., de Impresiones, Managua, 1992; Quince prólogos de Rubén Darío, Instituto Nicaragüense de Cultura, Managua, 1997; Prólogos de Rubén Darío: vasos comunicantes de las letras españolas e hispanoamericanas (separata de la Revista Lengua), Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 1997; Por los Caminos de Rubén Darío, Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, marzo de 1999. En compañía de Jorge Eduardo Arellano y Julio Valle-Castillo, Cartas Desconocidas de Rubén Darío, Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2002. Rubén Darío visto por Juan de Dios Vanegas, Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2003; Prólogos de Rubén Darío, Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2003; y tantos artículos dispersos en periódicos y revistas.

Quedó inédita, pero preparada una extensa Bibliografía dariana, notas sobre Azarías H. Pallais, Salomón de la Selva y Alfonso Cortés. Pero Don José venía corriendo contra el tiempo. El jueves 25 me hizo su última llamada para decirme:—Franciscó, quiero que hagamos otro libro.

—¡Claro que sí, Don José, cuando usted diga!

—Bueno, ahí voy a llegar. —Esta vez lo sentí desconcertado, no me dijo el título de la obra, consideré que sería sobre Azarías Pallais, en otras ocasiones ya me lo había propuesto, imaginé que vendría y que debía salir con una silla y sentarme frente a su vehículo, porque, últimamente, cuando él venía a mi casa ya no podía subir las gradas y por eso platicábamos así: él sentado en su vehículo, con la puerta abierta y yo en una silla en la acera, frente a él y de espaldas a mi casa.

La generosidad fue el otro motor que impulsó la vida de Don José Jirón Terán. Su techo siempre se alargó como las sombras que se estiran por las tardes. Supo departir y compartir con su familia, con sus amigos, con sus huéspedes y visitantes el techo de su casa, el pan de su mesa y el conocimiento que le proporcionaron la experiencia de la vida y la lectura de los libros.

Así como hubo humildad de Don José en su aprendizaje también hubo mucha generosidad en compartir sus conocimientos y sus libros. Siempre fue atento y paciente con los intelectuales y con quienes se preparaban para serlo. Don José nunca se cansaba, siempre tenía el tiempo para escuchar. Con Julio Valle-Castillo, con Carlos Tünnermann Bernheim, con Jaime Serrano, con Martha Leonor González he conversado y comentado sobre esa actitud y virtud de nuestro amigo.

Ahora que ha fallecido Don José y que la cantidad de flores que le han enviado sería suficiente para guardar dentro de ellas sus restos es bueno que recordemos y emulemos sus virtudes. Él nos demuestra que la constancia vale tanto como el genio y que a pesar de lo que decía Rousseau el hombre es dueño y artífice de su propio destino.

¡Adiós Don José, me están apurando del periódico, que los días le sean lentos y las flores coloridas y frescas!

* Académico de la lengua.  
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El aplicado y generoso José Jirón Terán


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