MARTES 6 DE ABRIL DEL 2004 / EDICION No. 23414 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




El sapito que se fuga en el balde del sacristán

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Jorge A. Huete-Pérez
huete@ns.uca.edu.ni

En ocasiones anteriores he mencionado en LA PRENSA que se percibe como una tendencia del sector universitario nicaragüense el interés excepcional por la investigación científica.

Entre los jóvenes universitarios se viene propagando la inquietud por investigar. Surge una pregunta fundamental: ¿cómo se hace ciencia? Precisamente este tema sirvió de guía este mes pasado para un prolífico encuentro de investigadores de la Universidad Centroamericana y que me ha motivado a escribir estas líneas.

¿Cómo se hace una investigación científica? Por supuesto que no existe una sola respuesta o, de otra forma, hay una variedad de maneras de hacer ciencia. Desde la diversidad, sin embargo, puede señalarse un procedimiento sistemático más o menos común. A saber, de la búsqueda bibliográfica a la formulación de preguntas, al diseño experimental y de variables, para llegar a resultados, los cuales deberán analizarse e interpretarse y que, finalmente, han de conllevar a la formulación de conclusiones, la verdad científica.

Aunque este procedimiento establece lo que conocemos como “método científico”, si se quiere estimular el espíritu investigativo en los jóvenes universitarios, tal vez debamos abordar una pregunta aún más básica: ¿qué es la ciencia? Quizás una manera sencilla de contestar sea explicando el objetivo mismo del quehacer científico, qué persigue la ciencia. El objetivo central de la ciencia toda es extender el conocimiento humano del mundo físico, biológico y social más allá de lo que ya se sabe.

El mundo moderno se ha compenetrado de estándares como “objetividad”, “lógica” y “razonamiento”, todos ellos valores de la ciencia. La humanidad ha alcanzado enormes logros con la aplicación de los descubrimientos de la ciencia, ayudando a disminuir la miseria, reduciendo las enfermedades, aboliendo mitos y supersticiones, quebrando dogmas y descifrando los misterios de la naturaleza.

Para enfatizar el papel de la ciencia en cuanto a que ésta busca como trascender los límites del conocimiento, en mis clases suelo abordar estas ideas con aquella conocida fábula de los sapitos que vivían en el fondo del pozo. Un buen día un sapito decidió fugarse colándose en el balde del sacristán. A su regreso, el día siguiente, el sapito trató de convencer a sus compañeros de que el mundo era mucho más grande de lo que se creía y, argumentaba: “Se extiende hasta los cercos de la casa del señor cura”. Los estudiantes especulan sobre las posibles reacciones de los sapitos del pozo: una mayoría negando el descubrimiento y una minoría abierta a las nuevas ideas.

A algunos podrá parecerles inoportuno o incluso extraviado estar impulsando el desarrollo científico y técnico en un país tan pobre como el nuestro y, peor aún, en un contexto de contradicción (aunque fabricada y estéril) entre educación básica y universitaria. Sin embargo, hoy día, la investigación científica y la innovación tecnológica son instrumentos indispensables para la mejora de la calidad de vida. La necesidad de mejorar el sistema agropecuario, por ejemplo, pasa obligatoriamente por la apropiación de nuevas tecnologías. La atención médica moderna requiere de actualización científica constante y de tecnologías de diagnóstico molecular. Y un último ejemplo, la reciente epidemia de SARS demostró la urgencia de contar con metodología de diagnóstico molecular para evitar una epidemia mundial.

Por todo esto, a mí me parece un fenómeno notable el que se dé esta tendencia hacia una mejora en la investigación universitaria. Concierne a nuestros poquísimos científicos y al Gobierno proveer un medio adecuado de investigación que, adhiriéndose a altas normas éticas y de productividad creativa, empuje a la juventud a una de las más importantes profesiones de la sociedad actual, el quehacer científico o, en palabras del insigne educador jesuita, Ignacio Astorqui, al “apostolado de la ciencia”.

El futuro de nuestra ciencia, si bien todavía incipiente en Nicaragua, dependerá de nuestra capacidad de atraer hacia la investigación a personas destacadas no únicamente por sus talentos y perseverancia sino también de carácter y principios éticos sólidos para convertirlos en líderes de la ciencia.

Por otra parte, convendría extender este magnífico interés por la ciencia a otros subsistemas de la educación porque una formación científica sólida no sólo es útil para los que van a seguir una profesión científica, sino también para cualquier ciudadano. Al crear en los jóvenes importantes habilidades para la resolución de problemas, la ciencia contribuye a agudizar su capacidad de análisis y mejorar el entendimiento del mundo que los rodea, haciéndolos personas menos dogmáticas y más libres.

El autor es doctor en Biología Molecular.
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