El poder y la autoridad
Alejandro Serrano Caldera
Las causas que activaron los procesos políticos a partir de la Independencia en 1821 y al término de la Guerra Nacional en 1856: la lucha por el poder y la indiferencia, o la imposibilidad para alcanzar un pacto de sociedad, incidieron también, aunque en condiciones diversas, tanto en la Revolución Liberal de 1893 como en la Revolución Sandinista de 1979.
La Revolución Liberal de 1893 que terminó con el período de los Treinta Años Conservadores, es quizás el momento político con un más definido contenido ideológico en la historia nicaragüense. No obstante, el factor caracterizado por la lucha de los criollos por el poder que se inició con la Independencia, continuó, dentro de las respectivas motivaciones ideológicas, moviendo los resortes de nuestra historia.
Zelaya incorporó en la Constitución de la Libérrima los principios del liberalismo en boga, e intentó, posiblemente, producir una significativa transformación en la sociedad nicaragüense. No obstante, más que el afán por construir la sociedad democrática sustentada sobre la doctrina liberal, y menos aún la sociedad fruto del Contrato Social, prevaleció el caudillo y el autócrata que si bien estableció en la Constitución el sufragio universal, no dio jamás elecciones en los 17 años que estuvo en el poder.
Por su parte, la Revolución Sandinista que terminó con la dinastía somocista en un impresionante consenso en la lucha de la inmensa mayoría de la sociedad nicaragüense, no supo o no pudo transformar ese enorme capital político, social y moral en el pacto de sociedad que permitiera sentar las bases de la nueva Nicaragua, aunque pareciera que, nunca como en esa ocasión, las condiciones estaban dadas para realizarlo. Nicaragua vivió en este período dos guerras civiles sangrientas y sucesivas: la del pueblo nicaragüense contra el somocismo y la de la Resistencia contra el gobierno del Frente Sandinista
Concluida la segunda guerra civil, el desarrollo político posterior ha hecho prevalecer, aunque no en forma bélica, la lucha por el poder y el pacto político de cúpulas partidarias, por encima del pacto de sociedad o proyecto de nación capaz de sentar las bases de un nuevo país, en un mundo en donde el desarrollo tecnológico y la globalización son condiciones que influyen en la situación interna de Nicaragua.
Leyendo y meditando la historia de Nicaragua observamos la reiteración de los hechos, consecuencia de las mismas ambiciones y los mismos comportamientos políticos, lo que nos trae a la mente aquella definición que en su obra La Historia como sistema cita Ortega y Gasset, de Schopenhauer, para quien “la misión de la historia estaba en mostrar cómo las cosas han sido siempre las mismas, sólo que en cada momento de otra manera”. Dicho en otra forma, cambian los métodos pero no las intenciones ni las actitudes.
Frente al pesimismo de Shopenhauer ante la historia, considero que esta tesis es insostenible si se asume que la historia es producto de las acciones de los seres humanos, de su razón crítica y su comportamiento y decisión ante la circunstancia. No hay un destino inexorable que imponga los hechos históricos contra la voluntad del hombre ni contra la profunda convicción de su conciencia.
Arriesgándome en el terreno de los conceptos de la filosofía de la historia, me atrevería a decir que la historia es un sistema de relaciones de los hechos entre sí y con el cuerpo de ideas predominantes en una sociedad;una manera de significar que esta relación entre las ideas y los hechos cobra forma en la conciencia colectiva; y el peso que tiene no sólo la realidad interna, sino también los acontecimientos y las ideas externas.
El papel de la filosofía de la historia es establecer el sistema de causas, la jerarquía de los hechos y el valor específico de los acontecimientos. En nuestra historia, la jerarquía de los hechos y las ideas establece que ha prevalecido el poder sobre la autoridad. La consecuencia de ello ha sido la ausencia de un pacto de sociedad o Contrato Social que ha impedido, desde la Independencia hasta hoy, que se sienten las bases de un proyecto de nación y menos aún que se logre una sociedad más integrada, justa y equitativa.
Se sigue ejerciendo la política como una actividad marginal a las verdaderas necesidades sociales, en una sociedad fragmentaria entre representantes y representados, Estado y sociedad, campo y ciudad. La realidad socioeconómica de Nicaragua es el campo, pero el diseño político es citadino. Ni se ruraliza la política, ni se urbaniza el campo, ni se tienden puentes para integrar dos realidades extrañas y superpuestas.
El reto presente, más allá de la masa de acontecimientos cotidianos y coyunturales que absorben nuestra atención, consiste en procurar un ejercicio político que entienda que el poder es un medio y no un fin, que más importante que el principio de autoridad es la autoridad de los principios y que el fin de la política y de la acción de Gobierno debe ser la búsqueda de ese acto de sociedad que permita la integración del país sobre la base de objetivos y valores comunes capaces de unirnos desde nuestra propia y esencial diversidad.
El autor es filósofo.

|