La “alegría” de los años ochenta en Nicaragua
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Hortensia Rivas Zeledón
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Hortensia Rivas Zeledón
En la década de los ochenta Nicaragua sufrió la más feroz dictadura de toda la vida republicana. Nueve comandantes sandinistas impusieron una tiranía pro-comunista que buscaba enemigos en los nicaragüenses que no compartieran esa ideología. Eso produjo sufrimiento y un retroceso económico sin precedentes. La brecha que se abrió entre Nicaragua y el resto de países centroamericanos es muy difícil de cuantificar, ni pensar siquiera en hacer comparaciones con los países desarrollados. Tan grande es el atraso y la pobreza que el sandinismo dejó como herencia, que Nicaragua sólo puede compararse con los más pobres y atrasados de África.
Pero en esos mismos años en el edificio del Ministerio del Interior había un enorme rótulo que decía: “El centinela de la alegría del pueblo”. Y era cierto, porque con la represión que ejercían a través de los aparatos de “seguridad” lograban quitarle la alegría al más optimista. Todavía resuenan las consignas de su marchas: “A esta alegría el imperialismo le teme”.
Sin embargo el pueblo padecía una terrible escasez, carecía de alimentos, medicinas y ropa. Para poder comprar los productos básicos era obligatorio tener una tarjeta de racionamiento y la asignación era media libra de arroz, media libra de azúcar, medio cuadro de jabón y media cuarta de aceite, cada quincena, por persona. La tarjeta era entregada a través de los CDS (Comités de Defensa Sandinista), pero si el responsable de cuadra no la quería entregar por la razón que fuera, la familia quedaba fuera del racionamiento.
En 1988 la escasez llegó a tal grado que no hubo arroz, ni aceite de cocinar, en los expendios vendían papas podridas y sebo para jabón procedente de Rusia y eso era lo que se cocinaba y comía. En ese mismo año impusieron el salario de estilo feudal, en especie, al que llamaron AFA y consistía en diez libras de azúcar, cinco libras de frijoles y diez libras de arroz al mes.
Los supermercados fueron denominados CAT (Centro de Abastecimiento de los Trabajadores), pero era preciso estar desocupado para poder comprar en ellos porque abrían a las diez de la mañana y cerraban a las cuatro de la tarde. Cuando había pollo lo tiraban al suelo para que la gente lo recogiera porque nunca había suficiente para todos. El desodorante, el dentífrico y el papel higiénico eran artículos suntuarios y extraños. Los hombres no tenían derecho a comprar toallas sanitarias y a las mujeres se les vendían cada dos meses. Y la leche para los niños la vendían sólo para el primer año de edad.
Los zapatos eran de tela y se compraban a través de los sindicatos, una vez al año. En una ocasión una profesora del Instituto Nacional Miguel de Cervantes sólo pudo comprar media docena de pañales, y la apretujaron tanto que al siguiente día alumbró prematuramente a su niña.
Paradójicamente, se decía que los nicaragüenses siempre estaban alegres, pues cuando aparecía algún producto decían: ¡qué alegre que hay arroz! ¡qué alegre que hay carne! ¡qué alegre que hay pollo! ¡qué alegre que hay azúcar!
Gracias a Dios y a la democracia ahora hay de todo y cada quien puede comprar libremente donde quiera. A diferencia de aquella época, en la que vivimos lo que escribió Orwell en Rebelión en la granja: “Aquí todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros”, porque mientras el pueblo sufría la más brutal escasez, a la cúpula le sobraba de todo.
La autora es directiva del Partido Conservador

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