Las tres “mayas”
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D e izq. a der. Gisela Méndez, Miriam Quintana y Christina Hoernicke. |
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Gretchen Robleto Lupiac
gretchen.robleto@laprensa.com.ni
Dicen que el dinero no debe mezclarse con la familia y el amor. El resultado puede ser catastrófico. Pero para toda regla hay una excepción.
Tres mujeres demostraron que se puede tener una empresa exitosa sin que los vínculos familiares afecten. Ellas son Miriam Quintana, Gisela Méndez y Christina Hoernicke. Las dueñas de La Ruta Maya.
En octubre se cumplirán diez años de apertura de ese centro dedicado a promover el arte nacional. El Centro Cultural Ruta Maya se fundó como una pequeña empresa familiar en octubre de 1993.
Miriam tiene 67 años y es el pilar de la “sociedad”. Sus ansias por apoyar el arte nacional lo adquirió después de estar casada con el cantante Luis Méndez.
Teniendo 57 años, Miriam entró en el proyecto. Uno de los momentos más difíciles que enfrentó fue estar durante tres años sola con la responsabilidad de mantener La Ruta Maya, ya que Gisela y Christina se dedicaron en ese tiempo a otras responsabilidades.
Cuando habían presentaciones artísticas, a Miriam le tocaba salir entre la una y dos de la madrugada de La Ruta Maya. Pese al desvelo, a las seis de la mañana ya hacía compras para abastecer la bodega del local. Ni el cansancio, ni los años, ni las dificultades, la vencieron.
“Es admirable doña Miriam, a sus años en Europa ya estaría jubilada y no la dejarían trabajar”, dice Christina, quien además de socia, es nuera de Miriam, ya que está casada con el cuarto y último socio de la empresa familiar.
Christina, de 40 años, es el rostro de “La Ruta”. Responsable de las relaciones públicas y concretar las presentaciones de los artistas, Christina es también asesora de programas sociales de la cooperación sueca.
Gisela es la heredera de la administración del local, ya que Miriam amenaza con retirarse el próximo mes. Desde hace seis meses, madre e hija comparten la administración de La Ruta Maya.
Debido a que Gisela, a sus 44 años, es madre de tres adolescentes, a ella le toca la parte más dura del negocio, ya que tiene que dividir su tiempo entre las responsabilidades de madre y las de empresaria.
Las tres socias coinciden en que lo más difícil de su trabajo con “La Ruta” son las salidas. Las presentaciones generalmente terminan a la medianoche y las responsables son las últimas en irse.
Con sus diez años de existencia, La Ruta Maya se ha convertido en una de las salas de conciertos de mayor trayectoria en la capital. Pero estuvo a punto de desaparecer.
“Una vez estuvimos a punto de venderla, pero la única oferta considerable que recibimos fue de parte de unos italianos, decidimos no vender porque la querían convertir en una pizzería y no podíamos permitir que eso ocurriera con este lugar que presenta cerca de 30 músicos por semana, entre otros espectáculos”, cuenta Christina, de origen sueco.
Así que batallando, estas tres mujeres han demostrado por diez años, que el trabajo y la economía son la mejor lotería. 
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