Entrevista
Barroco descalzo, Erick Blandón
 |
|
 | Erick Blandón aborda la colonialidad, sexualidad, género y raza en la construcción de la hegemonía cultural nicaragüense |
|
|
| |
Marta Leonor González
Erick Blandón Guevara, poeta nicaragüense y catedrático de español y literatura latinoamericana en Arkansas Tech University, comenta acerca de su libro “Barrroco descalzo”, una tesis para optar al grado de PhD en la universidad de Pittsburgh, Estados Unidos.
Este libro propone una revisión de los discursos de identidad nacional, “es un libro inaugural, a como lo señala en el prólogo John Berverley, introduciendo en nuestro ámbito los estudios culturales”.
Barroco descalzo, es en alguna medida un libro polémico acerca de los conceptos actuales de la cultura nicaragüense como; El Güegüense y colonialidad entre otros.
¿Qué sintetiza el título Barroco descalzo. La situación del mestizo ante la colonia?
Lo barroco alude a las prácticas e ideas de origen europeo que se impusieron sobre las locales. En otras palabras, lo barroco sería la visión del mundo impuesta por los conquistadores, encima de la propia de los americanos. Lo descalzo tiene que ver con la resistencia a desaparecer de los saberes y valores amerindios. La metáfora me la inspiró la apreciación de un dibujo del maestro Carlos Montenegro, titulado “Don Forsico”, un personaje que el artista representa ataviado barrocamente, pero con los pies descalzos.
¿Cómo resume el concepto de colonialidad?
La conquista y colonización que España llevó a cabo en América, no sólo fue mediante el desplazamiento de la hegemonía política y económica de los amerindios, sino también de sus saberes y valores culturales. El proceso mediante el cual fue cambiada la visión del mundo de los amerindios, que debieron renunciar a sus propias creencias y conocimientos para aceptar otros, en los cuales no creían ni entendían, es lo que se llama colonialidad. La imposición de una perspectiva eurocéntrica.
¿La redefinición de los símbolos patrios en la década del veinte, hasta llegar al texto de El Güegüense o Macho Ratón, a convertirse en el símbolo de la cultura hegemónica. Con él se cierra el proceso de colonización interna?
Más que el texto de El Güegüense o Macho-Ratón, que es el mayor monumento cultural de la Nicaragua mestiza, ha sido el personaje central de esta pieza de teatro el que se ha construido como símbolo de la cultura hegemónica, que es decir de la que se ha forjado en el Pacífico como correlato de la dominación política y económica que a partir del siglo XIX llevó a cabo la oligarquía, sobre el resto de la nación. Ese proceso de colonización interna no ha concluido. No mientras se remache que todos somos como copiados al carbón del viejo embustero Güegüense; y haya quienes se resistan a aceptar como verdad tal hermenéutica.
¿Cómo define las fiestas religiosas dentro del contexto colonial y el actual?
Como el mejor ejemplo de síntesis cultural o mestizaje, que es lo que otros llaman transculturación; es decir, el resultado de la síntesis dialéctica de las dos culturas que se fundieron: la amerindia y la europea, para dar lugar a una nueva práctica religiosa, la del catolicismo del “Nuevo Mundo”. Pero esas celebraciones ocurren mayoritariamente en el Pacífico. Tierra adentro, las fiestas patronales no salen del marco de la liturgia. No hay bailes ni máscaras. Aunque a San Jerónimo también lo celebran en Bluefields, obviamente llevado de Masaya, pero a la fiesta mestiza, allí, le han agregado el componente caribeño.
¿El traspaso de El Güegüense o Macho Ratón de la oralidad a la escritura obedeció a un gesto político de los criollos?
Si nos atenemos a los aportes de Jorge Eduardo Arellano y Carlos Mántica en el sentido de que quien traspasó a la escritura el documento oral de El Güegüense fue un criollo, diríamos que sí; fue un gesto político. Por varias razones, primero porque el resentimiento criollo con la autoridad que representa a la corona no se disimula en el texto. Ahí queda clara una tensión geo-política entre españoles y criollos; pero también se observa la voluntad de animar la tensión inter-étnica entre indios y mestizos, que no tiene otro objetivo que llevar aguas al molino de los criollos. Subyacen atisbos del discurso proto-nacional, que más tarde llevará a la independencia de las colonias.
¿Los vanguardistas amplían el discurso de identidad mestiza?
Ellos son por excelencia los grandes arquitectos del discurso hegemónico cultural que se sustenta en el mestizaje. Al proclamar la desaparición del indio, lo estaban reemplazando con un nuevo sujeto, el ladino mestizo, masculino e hispano parlante del Pacífico y los llanos de Chontales donde, de acuerdo con Rothschuh Tablada, los granadinos tenían sus corrales y potreros. A esos maestros corresponde el mérito de definir el mestizaje como rasgo esencial de la identidad nacional. Después de ellos, las generaciones siguientes de izquierda a derecha no han sido sino tributarios de su construcción cultural.
¿A qué atribuye específicamente que El Güegüense devenga expresión de una cultura falocéntrica?
De nuevo, hago la diferencia entre la obra de teatro y el personaje; pues éste representa a un sujeto masculino, machista, irresponsable, inescrupuloso, corrupto y deshonesto. Ese sería el producto americano del cruce del europeo con la india. Reúne los peores atributos de un individuo. Éticamente no se sostiene. Pero hay que decir que la popularización de El Güegüense como símbolo identitario sale del gabinete de los letrados para tomarse las calles de la ciudad cuando concluye nuestra edad heroica y comienza la era del pícaro.
¿Usted en Barroco descalzo comentó que los miembros del Movimiento de Vanguardia Nicaragüense fueron los constructores del canon literario y del discurso cultural nicaragüense oficial. Este discurso cómo desvirtuó lo que usted consideraría "la identidad nacional...?
Sí, ellos son los constructores del canon literario y del discurso cultural hegemónico. Después de ellos lo que vamos a tener es una suerte de tautología que recicla, recrea o remoza la construcción vanguardista. Ya lo decíamos antes. Pero yo no diría que su discurso desvirtuó “la identidad nacional”. Al contrario, dicha “identidad” es obra de ellos. Yo no pienso que se pueda definir una única identidad nacional, donde hay un sujeto múltiple que desborda los perfiles que se asignan como atributos o rasgos característicos de todos los sujetos constituyentes de una nacionalidad. Toda identidad es provisional, performativa y cambiante. Cómo sostener que todos los nicaragüenses son mestizos, masculinos, hispanohablantes y heterosexuales, si la realidad étnica, lingüística, cultural nos dice lo contrario. ¿Cómo negarse a ver que existen sexualidades potencialmente no reproductivas o diferencias de género, que no calzan en el molde de la identidad construida? La ansiedad por encerrar a todos los sujetos constituyentes de una misma nacionalidad dentro de límites identitarios únicos, es típica de regímenes regulatorios, como los que ha conocido la historia reciente, llámese franquismo o estalinismo, para retomar una referencia europea. Es decir es propio de sociedades excluyentes.
¿Usted en su libro tiene una defensa por los excluidos: negros y homosexuales; a qué obedece?
Primero, debería decir que mi campo no son los Derechos Humanos, sino la crítica cultural. Pero estos límites son brumosos, lo acepto. ¿No forman las minorías étnicas y sexuales parte constituyente de la nacionalidad nicaragüense? Hasta donde entiendo el texto que todos aceptamos como Constitución Política, dice que en Nicaragua no habrá exclusiones por razones de raza o sexualidad. Trascendiendo el campo del derecho tenemos, en primer lugar, que nuestra cultura hegemónica se ha desentendido de la realidad cultural de los nicaragüenses que hablan otras lenguas diferentes de la española, y de otras culturas diferentes a la del Pacífico. Hablamos de cultura nacional, y jamás se ha incorporado en el discurso a la cultura garífona, la afronicaragüense, o la mayagna; aunque ahora figura, muy forzosamente, la miskita. Si se las menciona es como mercancía de valor turístico y folklórico, ahora que estamos en venta en el mercado global.
Por otra parte, los nicaragüenses —hombres o mujeres— que practican una sexualidad potencialmente no reproductiva, también son sujetos de derecho. Sin embargo, desde los grandes aparatos de la civilización se les condena al ostracismo social, como si tales aparatos padecieran del llamado “pánico homosexual”. En sus discursos condenan la homosexualidad como algo abyecto, algo que altera la propia identidad, algo de lo que hay que abominar, porque contamina. Es el horror a ser invadido por un fantasma que se siente latir dentro del ser mismo. Los escándalos de pederastia en el seno de tales aparatos denuncian el “pánico homosexual” que los corroe. Adentro de un sujeto homofóbico siempre hay un homosexual que se odia a sí mismo.
Las prácticas sexuales potencialmente no reproductivas estaban arraigadas en la cultura amerindia. Y fue mediante la colonialidad, que fueron convertidas en pecado nefando.
¿Es vigente analizar como el discurso de El Güegüense desde una perspectiva revolucionaria funcionó en contra del somocismo y después en los 80?
Yo no comparto la idea de que El Güegüense haya tenido alguna significación en el proceso que llevó a la insurrección, pese a los esfuerzos de gente como el doctor Dávila Bolaños, quien hizo una lectura de la pieza, que él llamó “dialéctica”, pero que no trascendió el ámbito de los especialistas en la materia.
La revolución en el poder no se interesó por tal discurso. El Güegüense devino hecho danzario. La revolución adoptó como propio el discurso cultural elaborado por la Vanguardia, y ni siquiera después de haber reconocido el carácter multicultural de nuestra nacionalidad discutió el asunto. En Nicaragua no se ha dicho lo suficiente, pero antropólogos como Les Field reconocen que las políticas culturales de la revolución tenían como matriz la obra de los integrantes del Taller San Lucas, que como sabemos eran vanguardistas y neo-vanguardistas. Dice el historiador norteamericano Jeffrey Gould que la reforma agraria es tributaria del mito del mestizaje, por cuanto desconoció la existencia y derechos de las comunidades indígenas de Matagalpa y Jinotega, y le dio continuidad al despojo de sus tierras que había comenzado con el latifundismo cafetalero en el siglo XIX. Ahí ve él origen del desencuentro de los habitantes de la montaña con el sandinismo, y su eventual enrolamiento en la contrarrevolución.
¿Por qué está comparando a El Güegüense con el Torovenado. Cúal es su intención?
El Güegüense, tiene origen oral, se remonta a la cultura precolombina; pero al ser transcripto, se impregna en él la cultura letrada. Es portador de la colonialidad. Lleva la marca de las concepciones europeas de género, raza y sexualidad. El Torovenado, sigue siendo un discurso oral, performativo, con un enunciado carnavalesco que cuestiona los valores epistémicos de origen europeo; y que desjerarquiza a los grandes aparatos de la civilización. Ahí hay cabida para las diferencias; coexisten las sexualidades anómalas, en un espacio no letrado, con las culturas marginales. Trato de encuadrar esas anomalías para que el lector vea que es posible que coexistan las diferencias; pero también demostrar que en el Torovenado las culturas subalternas parodian a la cultura hegemónica, y que por consiguiente ahí no hay síntesis dialéctica. Que no todo en nuestra cultura es mestizo. 
|