El síndrome de la riqueza súbitamente adquirida
Róger Fischer S.
Estaba admirando los Sólidos Heridos, de Ilse Manzanares, en su reciente exposición de pintura en la UCA, cuando me encontré con un viejo condiscípulo del Instituto Pedagógico de Diriamba, amigo de la plástica y de la plática, quien me invitó cordialmente a degustar un café helado que es la bebida de moda entre los burócratas. Nos trasladamos a una conocida cafetería propiedad de Ricardo Elizondo e hijas, para iniciar una sabrosa conversación sobre temas políticos, cuando se apareció Bayardo, otro ex IPD, quien puso sobre la mesa una nueva teoría. Lo que pasa dijo: “Es que en Nicaragua siempre hemos padecido el síndrome de la riqueza súbita. Vemos a un montón de palmados que de la noche a la mañana se hacen ricos. Es una enfermedad que les da principalmente a los políticos. Recordemos a Tacho viejo, que únicamente era dueño de El Porvenir y súbitamente empezó a crecer su fortuna. Igual pasó con el hijo, más industrioso y moderno se metió a la navegación, la pesca, la producción de arroz y cientos de iniciativas que lo llevaron a competir con la empresa privada en: bancos, urbanizadoras, desarrolladoras, constructoras, empresas de ahorro y préstamo, en fin todo lo que después del terremoto dio pie para la inconformidad y la insurrección”.
Estamos de acuerdo, terció Álvaro, y si no fijáte lo que pasó con “los muchachos”, casas, fincas, haciendas, negocios, empresas, bancos, “riales”, hoteles, todo en una gran piñata y como por arte de magia... Hombré, dije yo, tal vez el poder los cegó y como no tenían nada antes, quisieron degustar la abundancia y cayeron en el síndrome de la riqueza súbita. Y qué me decís de los “Miami boys” –apunto Bayardo— que vinieron con una mano atrás y otra adelante, se juntaron con algunos muchachos de doña Viole y para qué te cuento: bonos, terrenos, préstamos del rey al Banades, los “milagros” de la Cornap, permutas y las tres etcéteras de don Simón. El síndrome siguió su acción en la siguiente administración. Los “bypasses” y carreteras, las escuelas, la energía y los teléfonos, el agua, la salud y la vivienda pudieron ser ejes de una buena administración, sin embargo se cayó de nuevo en el síndrome de la riqueza súbita y aparecieron terrazas, transferencias, camionetazos, telefonazos, petronicazos, tarjetazos, bancazos, insserazos y todos los “azos” habidos y por haber.
Los tres coincidimos en que las causas principales del comportamiento de muchas personas y su ambición de riqueza rápida están basadas en la envidia, los complejos, la figuración y la miseria por desear los bienes ajenos. La emulación es otro factor importante ya que quienes han llegado al poder pretenden convertirse en el factótum similar a sus antecesores y erigirse en dueños de vidas y haciendas. Si rascamos la historia vamos a encontrarnos con un Pedrarias iniciador de las causas y efectos del síndrome, siguieron sus nietos y la avaricia ha continuado hasta nuestros días.
La transparencia se ha iniciado en Nicaragua y muchos no entienden esta enorme cruzada. En nuestro país nos hemos acostumbrado a las rapiñas y a las piñatas, por eso nos asombra la determinación de un Gobierno por erradicar la causa principal de la pobreza, tal es la corrupción y he ahí la imagen de respeto proyectada hacia el exterior y reconocida por los países amigos.
Es verdaderamente triste y lastimoso el efecto del síndrome de la riqueza súbita, quienes han caído en él sufren falta de amor a su Patria, falta de caridad con sus semejantes y se van volviendo prepotentes y necios, falsos e insensibles, amorales e inmorales.
Estábamos levantándonos de la mesa en el momento en que llegó, sonriente y muy alegre, un joven y conocido abogado quien socarronamente recordó a Shakespeare, y modificando su más famosa frase nos dijo: “in to be or not in to be” que traducido a su peculiar manera significa Iniser o no Iniser, “that is the question”. Surgió una algarabía por la ocurrencia, pero callamos desde luego ante la trágica comedia que vivimos a diario los nicaragüenses.
Motivado por la conversación, inicié una investigación sobre el síndrome de la referencia, encontrando alguna bibliografía escrita por Dinesh D’Souza, autor de un extraordinario estudio sobre los nuevos ricos, condensado en su libro La virtud de la prosperidad. El síndrome que da la riqueza súbita también ha sido estudiado por Stephen Goldbart y Joan Di Furia, dos conocidos sicólogos californianos que fundaron en 1997, el Instituto del Dinero, Significado y Opciones, para explorar las oportunidades sicológicas y desafíos emocionales de poseer y heredar una fortuna. Ni cortos ni perezosos están explotando comercialmente sus conocimientos en psicología para curar lo contrario, o sea el síndrome de la pérdida repentina de dinero.
Tanto en las empresas norteamericanas llamadas “chatarra”, las fusiones aceleradas de empresas y las nuevas compañías “punto com” son tan frágiles como las riquezas y bienes mal habidos; por eso vemos en periódicos y revistas norteamericanas el fracaso de muchas empresas allá y en Nicaragua, la quiebra y desgracia de muchos neo-empresarios y políticos.
Es lastimoso que hombres inteligentes, algunos amigos y otros conocidos, por buscar la opulencia, enfrenten la justicia y el dolor del síndrome de la riqueza súbita, pero sería más doloroso que la justicia no resplandeciera.
El autor es publicista.

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