LUNES 8 DE SEPTIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23205 / ACTUALIZADA 12:58 pm





EL HUMOR DE




¿Dónde están y qué hacen?
Los que derribaron a Hassenfus

Foto  
. Canales, Byron y Raúl, los tres eran adolescentes cuando botaron el avión con el mercenario estadounidense. Los convirtieron en héroes por capturar a un “gringo” que dio al gobierno sandinista las pruebas para acusar a Estados Unidos por el apoyo a la Contra. ¿Dónde están 17 años después?

El flechero del Batallón de Ligeros Cazadores Laureano Mairena (BLC), al momento de capturar y conducir hacia donde sus jefes, a Eugene Hassenfus, en el apogeo de la guerra, en 1986.
LA PRENSA/C. DURÁN

 

Francisco López G.
CORRESPONSAL/RIO SAN JUAN

Aquel tranquilo domingo, cinco de octubre de 1986, muy de mañana, un grupo de soldados del Batallón de Ligeros Cazadores Laureano Mairena (BLC) cazó monos para la comida del día y otro grupo los cocinó. Cerca de las 12:40 de la tarde estaba listo el almuerzo. Menú del día: carne de mono hervida y sustancia de mono. De pronto escucharon el zumbido de los motores de un avión, el avión que cambiaría la historia de la guerra en Nicaragua y, principalmente, la de tres jóvenes.

“Yo iba a empezar a comer –recuerda Byron–, estaba sentándome en el suelo, cuando gritaron: ¡Flecheros… un avión!. Nosotros no habíamos oído el ruido de los motores, pero Canales y yo corrimos a prepararnos con los equipos especiales para disparar la flecha”.

Canales agarró la flecha y Byron encendió la fuente de poder (batería), el avión estaba de frente, visible a simple vista, muy cerca, el cielo estaba un poco nublado y por unos segundos el aparato se escondió en una nube. Había que actuar, aprovechando milésimas de segundo.

El flechero localizó con su mira el aparato, apretó el disparador, y el proyectil, de casi dos metros de longitud, salió en busca de su blanco. El silencio cubrió a la tropa que seguía con la vista la trayectoria del misil.

En pocos segundos el motor derecho del avión DC-3 voló en pedazos y el aparato empezó a desplomarse. Mientras la nave caía, los soldados vieron cómo salían de él cuatro bultos, uno de ellos era un hombre en paracaídas, el gringo que se convertiría en el prisionero de guerra más importante en Nicaragua durante la guerra de los años 80: Eugene Hassenfus.

En abril de 1986, cuando Nicaragua estaba sumida en plena guerra, ni Fernando Canales Alemán ni Byron Montiel, ambos originarios de Río San Juan, habían cumplido los 17 años. Es decir, eran dos adolescentes de 16, y lo que más deseaban era estudiar. Estaban en la edad de los sueños, los proyectos y las aspiraciones, sin la idea de ser héroes de guerra.

Hoy tienen 34 años, caminan como cualquier mortal por las calles de los poblados de Río San Juan y enfrentan los mismos problemas que cualquier nicaragüense. Byron dice que vive con las mismas dificultades y a veces peores.

“Siempre nos dijeron que éramos héroes, pero hay quienes nos dicen que para lo que hicimos, no nos dieron nada; por ejemplo, yo no tengo casa propia”, expresa Byron.

Han guiado sus vidas por diferentes caminos, lejos del mito que un día fueron considerados. Eran “los que agarraron a Hassenfus”. Ahora tienen más barriga, nuevos sueños y esperanzas y otra concepción de la vida. Hicieron historia pero fueron olvidados por los que más aprovecharon su hazaña.

“Lo único que queríamos era estudiar, pero había que cumplir con una ley (de Servicio Militar Patriótico, SMP, promulgada por el gobierno sandinista en octubre de 1983), para seguir estudiando”, recuerda Byron.

Canales cuenta que para esa época, aunque era un niño, ya se sentía “todo un revolucionario”. Aunque deseaba estudiar, “quería cumplir con mi deber de defender la revolución, porque era militante de la Juventud Sandinista”.

Byron, quien vivía en San Carlos, decidió el nueve de abril de 1986 presentarse voluntariamente a la Junta de Reclutamiento Militar de su municipio, para cumplir su SMP y “salir de eso lo más pronto posible, porque de todas formas lo tenía que cumplir”. Le faltaban cuatro meses para tener la edad, pues cumpliría los 17 años el 30 de agosto de ese año. Le hicieron un rápido examen médico y de inmediato plasmaron en su expediente “Apto Uno”, lo que equivalía a “listo para la guerra”.

En el municipio El Castillo, 19 días después, el otro niño de 16 años, Fernando Canales, también de manera voluntaria se presentó para cumplir el servicio, y por supuesto estaba tan apto como el primero.

NO QUERÍAN SER FLECHEROS

Poco a poco se formó un contingente de “voluntarios” que de inmediato fue enviado a La Loma, donde estaba el cuartel principal de las tropas sandinistas en Río San Juan. Ahí distribuyeron a los nuevos soldados. Byron y Canales fueron asignados a un grupo que se debía entrenar como especialistas en cohetes antiaéreos de apoyo a la infantería, los llamados “flecheros”, a lo que ellos se opusieron porque querían ir a la “viva runga” como recuerdan.

“En realidad yo quería ir al BLC (Batallón de Ligeros Cazadores) porque eran considerados como las mejores tropas y combatían a cada rato; eran los ‘búfalos’; buenos uniformes, buenas armas, ahí quería ir yo”, recuerda Canales. Byron también quería estar en las tropas de infantería.

Sin embargo, como les decían en el Ejército, las órdenes se cumplen y no se discuten, por lo que se tuvieron que ir a pasar un curso de dos meses para convertirse en flecheros. Aprendieron a disparar cohetes antiaéreos portátiles soviéticos C2-M y C3-M. Luego fueron llevados de nuevo a La Loma, para resguardar la pista aérea de San Carlos.

Tras una corta estadía en ese lugar empezaron las misiones de búsqueda de un blanco, un avión que estaba entrando al espacio aéreo nicaragüense para abastecer a las tropas irregulares de la Contra que operaban en las montañas riosanjuaneñas. Fueron enviados por separado a El Castillo para buscar su bautismo de fuego con un avión, oportunidad que para Canales surgió 20 días después de estar allí, al detectar un avión enemigo al que disparó con su C2-M, pero falló. El cohete estaba defectuoso y en vez de buscar a su blanco, casi mata al flechero.

A Canales casi le cuesta la vida y aunque no dio en el blanco, fue su primer disparo de combate. “Los cohetes portátiles antiaéreos son termo-dirigibles, es decir, después de ser disparados se activa un dispositivo sensible al calor de los aviones y los persigue hasta impactarlos”, explica el ahora doctor Canales, haciendo gala de lo que aprendió en la escuela militar en aquellos años.

Los dos jóvenes se volvieron a ver en la pista aérea de San Carlos y luego de un mes concentrados en ese lugar, para finales de septiembre llegó una orden del Alto Mando: “Incorporar a los flecheros de urgencia a las tropas del Batallón de Ligeros Cazadores Gaspar García Laviana, para una misión especial”.

De inmediato el “cachorro” Canales fue puesto bajo las órdenes directas del jefe de Plana Mayor de ese batallón, teniente primero Pablo Betancourt. Esta vez le ordenan a Byron hacer dúo con Canales como su ayudante y, flechas en manos, partieron hacia las entonces vírgenes selvas de Los Chiles, de Nicaragua, en una operación de rastreo de un avión que debía entrar por esos días con un fuerte cargamento de vituallas para abastecer a los contras.

El ahora retirado teniente Betancourt, quien vive en el lugar donde antes combatió (Las Azucenas), recuerda: “Había información de que un avión estaba entrando a abastecer a un grupo de la Contra que operaba en la zona y que los cargamentos eran grandes, así que había que rastrearlo”.

“Recuerdo que salimos de San Carlos en unos camiones hasta Los Chiles y luego debíamos caminar cuatro días rompiendo monte hasta el lugar donde debía abastecer el avión. Al tercer día de caminata llegó por radio una nueva orden del mando: ‘Que se regresen las tropas al punto de partida, cambio de ruta’. Así fue, nos regresamos a Los Chiles casi corriendo, lo que habíamos avanzado en tres días lo retrocedimos en uno y nos trasladaron a otro punto de partida para buscar una nueva ruta”, narra Byron Montiel.

La misión en la nueva ruta inició por el asentamiento Cruz Verde, para adentrarse hacia el sureste de la zona, en dirección a Nueva Guinea, una ruta de pase de la Contra. Con las tropas cansadas, sin raciones frías y las botas inservibles tras una caminata de 19 días por la selva, los “cachorros” al mando del teniente primero Betancourt coronaron el cerro conocido como Casa de Zinc y pidieron abastecimiento a sus jefes, los que prometieron que en pocos días recibirían un helicóptero con el abastecimiento necesario para continuar la misión.

Así comenzó un descanso obligado en el cerro Casa de Zinc el viernes tres de octubre de 1986, una parada que no estaba prevista. Por falta de raciones frías recibieron la orden de cazar algunos monos, para “sancocharlos” y alimentarse. Pasó el viernes y el sábado sin novedad.

El domingo cinco de octubre, muy de mañana, un grupo de soldados cazó monos para la comida del día y otro grupo los cocinó. Aproximadamente a las 12:40 de la tarde estaba listo el almuerzo. Menú del día: carne de mono hervida y sustancia de mono. “Yo iba a comenzar a comer –recuerda Byron–, estaba sentándome en el suelo cuando un escolta del jefe de Plana Mayor del batallón gritó: ‘¡Flecheros, un avión!’ Nosotros no habíamos oído el ruido de los motores, pero Canales y yo corrimos a prepararnos con los equipos especiales para disparar la flecha”.

Canales cuenta que agarró la flecha y le dijo a Byron que le encendiera la fuente de poder (batería) del arma, ya el avión estaba de frente, visible a simple vista, muy cerca. El flechero estaba nervioso, temía fallar de nuevo, el cielo estaba un poco nublado y por unos segundos el aparato se escondió en una nube. Había que actuar aprovechando milésimas de segundos, porque la fuente de poder se baja en muy poco tiempo. Mientras el avión atravesaba la nube, Canales logró cambiar de fuente por una nueva que le pasó su ayudante.

El avión volaba a la altura ideal para el tiro, estaba en el mejor ángulo pero la nube lo cubría, de pronto se dejó ver, el flechero lo localizó con su mira, apretó el primer tiempo del disparador tal como le habían enseñado en la escuela militar, una luz y un sonido intermitente le indicaron que la fuente estaba lista para impulsar el cohete, el segundo tiempo del disparador y el proyectil de casi dos metros de longitud salió en busca de su blanco. Un silencio casi sepulcral dominaba a la tropa que seguía con la vista la trayectoria del misil.

El motor derecho del avión militar DC-3 voló en pedazos y el aparato empezó a desplomarse a tierra. Mientras la nave caía, los soldados vieron cómo salían de él cuatro bultos, uno de ellos era un hombre en paracaídas. Un grupo al mando de Betancourt, en el que iba Byron, salió rápido en busca del avión derribado, al que llegaron tras media hora de caminata rápida.

El avión estaba partido en dos, cayó en un río, incendiado; pero como empezó a llover, no se quemó todo. La cabina estaba casi intacta, en su interior estaban tres cadáveres, supuestamente dos norteamericanos y un nica. Según Byron Montiel, lograron recuperar en buen estado 600 pares de botas jungla, 100 mil proyectiles de fusil, 100 fusiles AK-M, medicinas y explosivos plásticos.

Al día siguiente, el seis de octubre, llegaron dos helicópteros de Managua para certificar el hecho. Canales y Byron, los personajes principales de la acción, estaban en el puesto de mando cuando un soldado que estaba de posta entró a la champa y dio el parte de que, en las proximidades del campamento, se estaba movilizando una persona de civil. El soldado de comunicaciones Raúl Acevedo, un veterano del batallón que ya había cumplido sus dos años de servicio militar, se ofreció de voluntario para ir a cerciorarse de lo que pasaba, ésta sería su última misión, luego sería desmovilizado.

Salió Raúl con otro soldado y al poco tiempo regresaron con un prisionero, el que sería el prisionero de guerra más famoso y más importante capturado en una acción combativa por tropas del Ejército Popular Sandinista (EPS), durante la guerra de los años 80. Era el mercenario Eugene Hassenfus, el piloto del avión derribado.

Una llamada por radio a Managua puso a la Dirección sandinista de pie y nerviosa. “Que nadie hable con ese prisionero y que nadie lo toque, nada le puede pasar”, dicen que fue la orden de Managua. De inmediato salieron otros dos helicópteros hacia el lugar, con oficiales de la inteligencia militar y de la Seguridad del Estado.

Parece, según lo que recuerda Byron, Hassenfus andaba buscando cómo ser localizado para entregarse, porque a la hora de ser visto no opuso resistencia y se dejó capturar. Fue tan así que los ‘cachorros’ lo amarraron con un pañuelo de él mismo y se dejó conducir al campamento.

Gracias a la acción de esos tres jóvenes, la Dirección sandinista por fin tenía en sus manos una prueba irrefutable para demostrar que Estados Unidos estaba directamente involucrado en la guerra, dando apoyo a la Contra.

La administración de Ronald Reagan había negado su relación militar con los irregulares anti-sandinistas.

En los interrogatorios, Hassenfus declaró que los vuelos de abastecimiento a la Contra eran organizados y pagados por la Central de Inteligencia Norteamericana (CIA) y que salían de una pista aérea de la base militar en Honduras, construida por tropas norteamericanas.

Este hecho puso en evidencia al Gobierno de Ronald Reagan. Ésta fue una de las pruebas que permitió a Nicaragua ganarle un juicio a Estados Unidos en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, reclamando unos 17 mil millones de dólares por daños derivados de la guerra.

Fernando Canales Alemán, “el flechero”; Byron Montiel, “segundo flechero”, y Raúl Acevedo, “el comunicador que capturó a Hassenfus”, fueron llevados a Managua, y al día siguiente recibidos por la Dirección Nacional en pleno del Frente Sandinista. Los condecoraron. A Canales le otorgaron la máxima presea militar, la Medalla Camilo Ortega, en Oro, que distinguía a los héroes militares de esa guerra. A Byron y Raúl les otorgaron la medalla Camilo Ortega, en Plata, también como héroes.

Funcionarios del Departamento de Agitación y Propaganda (DAP), subordinado a la Dirección Nacional, junto con especialistas de la Dirección Política del EPS, bajo el mando del coronel Hugo Torres Jiménez, convirtieron a los tres jóvenes en iconos de la Revolución. Prepararon cientos de miles de afiches, volantes, fotos, revistas, entrevistas en los medios de comunicación nacionales y extranjeros. La noticia voló por el mundo y los tres combatientes se hicieron famosos.

Byron recuerda que especialistas de la Dirección Política del EPS y del DAP preparaban “las declaraciones” que ellos debían hacer a los medios de comunicación internacionales y que el propio coronel Torres revisaba.

Luego vinieron los homenajes por todo el país, visitas a fábricas, escuelas civiles y militares e invitaciones a países amigos de Nicaragua. Los llevaron a Cuba, donde también los condecoraron. Visitaron la Unión Soviética, Italia, Irlanda y Suiza. Todo era fiestas y elogios. Todo, sin haber visto a sus familias. Fue hasta enero, cuando regresaron de la gira internacional, que les dieron permiso de ir a sus casas. A Canales y Byron los recibieron como héroes en su tierra, San Carlos, Río San Juan, y allí concluyó el Servicio Militar Patriótico para ellos. Sólo cumplieron cinco meses.

TRAS LA HAZAÑA, TODO IGUAL

Después que regresaron de la gira por el extranjero, fueron licenciados del Ejército. Les ofrecieron ser militares permanentes, pero ellos se negaron.

“Nos dijeron en la Dirección Política del EPS que no podíamos volver a la vida civil por lo que habíamos hecho, que nos quedáramos como permanentes en el Ejército, pero ninguno de nosotros aceptó, porque queríamos seguir nuestras vidas y estudiar”, recuerda Canales.

Canales y Byron fueron becados en la Facultad Preparatoria (Prepa) de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), para terminar la secundaria. Montiel se retiró sin terminar y regresó a su tierra. Canales persistió, se bachilleró y luego ingresó a la Facultad de Medicina de esa misma universidad.

Raúl, que ya era bachiller, fue becado en Alemania para estudiar una ingeniería, pero tampoco terminó y regresó al país. A Raúl no fue posible localizarlo para este trabajo, sólo se conoce que vive en algún lugar de Jinotega.

Al poco tiempo se acabaron los elogios, las invitaciones y la relación con los jefes del EPS y del gobierno sandinista. Fueron poco pasando al olvido. Hassenfus, después de ser utilizado en la propaganda sandinista, fue liberado mediante una ley de indulto y regresó a su natal Estados Unidos.

En 1990, cuando el Frente Sandinista perdió el gobierno en elecciones, Byron estaba sin estudiar, Raúl en Alemania y Canales estudiando Medicina. Ese año Montiel consiguió una beca para estudiar una carrera técnica en el Instituto Nacional Tecnológico de Granada (Intecna). Esta vez sí concluyó sus estudios. Raúl regresó de Alemania.

En 1992, el ex mercenario norteamericano Eugene Hassenfus vino a Nicaragua en visita de cortesía y quiso reunirse con sus antiguos rivales en la guerra, esta vez en un ambiente amistoso. A Canales fue al único que lograron localizar los organizadores del encuentro y le enviaron una invitación a la UNAN, para que fuera a un hotel capitalino a encontrarse con Eugene, pero no asistió a la cita.

“Cuando vino (Hassenfus) me dijeron que me reuniera con él, pero otros amigos me recomendaron que mejor no lo hiciera. Era una época de tensiones y yo tuve miedo, no sabía qué quería ese señor, así que ese día no fui a clases ni a la práctica en el Hospital Militar, me quedé en mi casa”, recuerda el ahora doctor Canales.

Byron no fue invitado porque no lo pudieron localizar. Sabe que Hassenfus vino y que quiso verlos. “Yo, después de la pérdida de las elecciones, seguí mi vida normal, nadie me dio nada, no tuve más relaciones con la dirigencia del FSLN ni del Ejército. Ahora vivo igual que cualquier ciudadano de este país, trabajando para poder sobrevivir, aunque quisiera estar mejor”, dice.

Byron sigue en su natal San Carlos, trabaja como técnico de catastro en la Alcaldía de su municipio, con un salario que apenas le da para vivir. En el Ejército casi ni se acuerdan de este héroe de la guerra de los años 80, como sucede con otros veteranos y mutilados. En el pueblo la gente recuerda la hazaña y hasta le dicen Eugene o Hassenfus.

Canales es un médico respetado en Río San Juan. Le dicen doctor Canales, aunque sus amigos cercanos también suelen llamarlo Hassenfus.

Es director del centro de salud del municipio El Castillo, donde cargó la flecha con la que derribó el avión, y estudia un diplomado en Salud Pública por encuentros, en Managua. Está casado y tiene un hijo. Guarda con cuidado varias fotos de las que dieron la vuelta al mundo en aquellos días y conserva con mucho celo las medallas que recibió. Dice que no sabe si la de oro es de puro oro, pero que se siente orgulloso de habérsela ganado. Asegura que si ahora lo invita Hassenfus a encontrarse con él, aceptaría gustoso.

HABIA QUE APROVECHAR

El general retirado Hugo Torres Jiménez, que para la época era el jefe de la Dirección Política del EPS, dijo que el derribamiento del avión en el que iba Hassenfus fue una acción que puso en evidencia al Gobierno de Ronald Reagan y por eso debían sacarle el máximo provecho posible, desde el punto de vista noticioso.

“En realidad la Dirección Política del Ejército tenía que ponerse al frente de la publicidad del hecho y por órdenes del Alto Mando militar se procedió a preparar algunas declaraciones, pero no inventábamos nada, hay que recordar que los que derribaron el avión eran muchachos, muy jóvenes y no estaban preparados para interpretar desde el punto de vista estratégico el asunto”, declaró.

Recordó que esa acción más el escándalo “Irán-Contras” fueron las principales pruebas irrefutables con las que el gobierno nicaragüense le ganó a Estados Unidos el juicio por daños derivados de la guerra, ante el Tribunal Internacional de La Haya.

Reconoció que estos jóvenes sí se convirtieron en iconos de la revolución y lamentó que no se les haya dado algo material, para mejorar sus condiciones de vida, aunque dijo que es un problema que atraviesan muchos otros “héroes” y el pueblo en general.

Aseguró que el avión derribado era utilizado para abastecer a la Contra y luego cargado con drogas para ser comercializadas en Estados Unidos, en una operación encubierta de la CIA.

¿UN REENCUENTRO?

“Si actualmente el señor Eugene Hassenfus me invita a mí y a los otros dos muchachos (Byron y Raúl), creo que los tres nos reuniríamos gustosamente con él, esperamos que esté bien, le deseamos lo mejor del mundo a él y su familia y le mandamos un saludo donde se encuentre”, dijo Fernando Canales Alemán.
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