LUNES 8 DE SEPTIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23205 / ACTUALIZADA 12:58 pm





EL HUMOR DE




¿De quién es enemiga la Policía?

Fue vergonzoso para la Policía Nacional empañar ella misma la celebración de su 24 aniversario, el viernes de la semana pasada, en presencia de las supremas autoridades de la República y el cuerpo diplomático extranjero, por la prepotencia de imponer de manera represiva una cuestionable decisión sobre la cobertura periodística de dicho evento.

Al parecer algunos mandos de la Policía Nacional no han podido adaptar su mentalidad y conducta a las nuevas condiciones democráticas del país, las que se caracterizan por la existencia de una prensa que por libre es incisiva y molestosa para quienes ejercen el poder y quisieran hacer las cosas de manera discrecional, sin dar cuenta a la sociedad y mucho menos por medio de los periodistas y de una prensa necesariamente crítica y hostigosa.

De sobra se conoce que una de las funciones primordiales del Estado es garantizar el orden público y la seguridad de las personas, que se ejerce por medio del Ministerio de Gobernación y la Policía, cuya misión fundamental es custodiar el orden, prevenir el delito y perseguir a los delincuentes.

Pero la institución policial se debe a la sociedad —de la cual es parte inseparable— que la organiza, arma e instruye para que en el marco de la ley y con espíritu de justicia preserve la seguridad pública, proteja la vida de las personas y garantice la propiedad, o sea, que mantenga la paz social. Para el cumplimiento de esos fines, la Policía tiene asignadas determinadas funciones preventivas y represivas, y no se puede esperar ni tolerar —en un Estado democrático, por supuesto— que reprima a quienes debe proteger, y mucho menos a los supervisores del poder público y representantes de la crítica social, que son sin duda los periodistas y los medios de comunicación independientes.

Ahora bien, en todas partes del mundo, hasta en los países más libres y democráticos, las relaciones de la prensa libre con el Estado, con los funcionarios públicos y particularmente con los que por su misión deben estar armados, son difíciles, contradictorias, y a veces inclusive tensas y hostiles, pues los funcionarios invariablemente tienen algo que ocultar y el buen periodismo siempre anda buscando qué de interés público hay que sacar a luz.

Es indispensable reconocer esa realidad para poder crear mecanismos apropiados de relación y entendimiento entre ambas instituciones, la formal y oficial que es la Policía y la informal pero con una enorme autoridad moral conferida por los ciudadanos, que es la prensa independiente, no sólo para limar las asperezas de sus relaciones sino para coordinar de hecho una acción común en beneficio de la sociedad, que debe estar protegida por la institución policial e informada por los medios de comunicación social.

Pero aquí no sólo no se está promoviendo una mejor relación entre Policía y prensa, sino que al parecer de manera deliberada algunos mandos de la institución policial —por resentimiento, prepotencia, revanchismo, escasa inteligencia o lo que sea— envenenan esas relaciones, obstaculizan a los periodistas el desempeño de sus labores y llegan al extremo de reprimirlos, como hicieron el viernes de la semana pasada, durante la deslucida celebración del aniversario, con el reportero de LA PRENSA, Jorge Loáisiga y la reportera de televisión Aura Torres.

Por cierto que esta hostilidad de la Policía hacia los periodistas en general y del Diario LA PRENSA en particular, se ha agravado desde que investigamos y sacamos a luz los nexos de algunos oficiales de esa institución con el narcotráfico. Lamentablemente, en vez de reaccionar positivamente y volver por la dignidad y la integridad de la institución policial, procurando el castigo de quienes resultaran culpables y depurándose de los sospechosos, los mandos de la Policía han reaccionado como gorilas represivos, contra LA PRENSA y los periodistas.

Por supuesto que con esa hostilidad y agresiones los periodistas no se van a acobardar ni desistirán de la búsqueda de la noticia ni de la investigación de los abusos de toda clase, inclusive los policiales. Son los altos mandos de la Policía Nacional los que tienen que cambiar de conducta, o declarar abiertamente y de una vez por todas si su enemigo es la prensa libre e independiente, o son los delincuentes.
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¿De quién es enemiga la Policía?