Narrativa
Nuestra verdad consiste en alejarnos
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El Güegüense. Acrílico sobre tela, 2001. Henry Aguilar. |
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Pedro León Carvajal
BAR EL PINITO
Proyectamos nuestras ruedas hasta el portal del bar El Pinito. Si las meseras no nos reconocen todavía es porque se les olvida. En nuestro pobre concepto, ya nos consideramos parte del elenco. Esta es la hora en que rabean tangenciales los taconeos de una poesía relajada, primaveral y ociosa. Unas mujeres sin rostros ni manos, enjauladas dentro de unos raudos automóviles, bajan carcajeándose hacia el bulevar de la Comunidad Europea. Vicente Fernández acude a cubrir el ángulo de tiro, vomita indiscriminadamente sobre la feligresía unos atrabiliarios romances rurales. Afortunadamente, el sistema de sonido en El Pinito es miserable.
En la calle, cierta tegucigalpinidad anónima acelera su flujo. La carne prieta se propaga por el olor durante los preludios y trámites de la reproducción, efectiva o fingida. Es decir, al filo del anochecer se le abren a nuestro olfato unas perspectivas de axila sin rasurar. Hay que oler a las meseras, poeta Alfredo Trejos, cuando al servir tu cerveza restriegan el sobaco de lado a lado contra tu nariz. De un solo viaje te repliegan de espaldas contra la pared.
Todo esto pasa sin que pase nada, por supuesto. De repente los pulmones de un borracho tropiezan con el aliento de una solfa profunda y la entonan a pleno pulmón. Dejando en la calle a Vicente Fernández, al equipo de sonido y al romance rural en cuanto género lírico.
En el cielo afuera, las amenazas de lluvia se disgregan. Sentado en el portal de El Pinito, yo converso, departo, concuerdo vagamente con un chele chaparro que, da la casualidad, acaba de tomarse una penúltima cerveza y acaba de vomitar “hasta los pelos del culo”. Resulta un hecho histórico, convengo yo. En una de tantas, hasta podemos terminar agarrando confianza entre todos. Como si formáramos todos, las meseras, el que vomitó, el que cantó, Vicente Fernández, mi cerveza y yo, partes de una unidad cordial, necesaria e indestructible.
Todo en conjunto pareciera indisputable, ‘irredargüible’, irrebatible.
Agreguémosle pedales, propongo yo. Alejemos nuestras ruedas de esta escena. ¿Y qué pasó después? (Tegucigalpa, viernes 25-07-03).
TERMINAL DEL NORTE
Terminal del norte. Mis visitas fugaces a Managua son como intentos de poner en orden “à la hâte” los materiales dispersos de unos capítulos breves, de precario andamiaje y diluido, insustancial elenco. Cuando menos lo pensamos, el capítulo embrionario se acabó. Lo que hemos vivido a las prisas entra de proa en aguas del pretérito imperfecto. Retrocedo, me repliego con mi equipaje de mano hasta otro mundo igualmente embrionario, en gestación perenne. Con mi mochila al hombro, soy el perfecto habitante flotante de las terminales de transporte terrestre. Estos papeles sobre los que escribo, podrían ser un elemento más, perdidos entre las toneladas métricas de basura que acumulamos entre todos, con los esfuerzos metabólicos de la multitud que nos absorbe y nos diluye. Guardo el corazón exangüe en la mochila, junto con las rosas y los lirios, los berilos, amatistas y topacios de papel de nuestros poetas del siglo XIX. Desaparezco, me escondo en el epicentro de la barahúnda de las terminales terrestres, que muestra tan unánime voluntad de anonimato, tan masiva ausencia de personalidad, tan profunda ósmosis de agrisamiento colectivo, que me conmueve hasta el punto de impedirme el consuelo de la risa. Me integro a un mundo perennemente fugitivo, eternamente en ciernes, abortándose día a día antes de coagular en ninguna forma definitiva.
Sin embargo, Centroamérica ha progresado mucho. Aquellos que entiendan cómo, que se lo expliquen, por favor, al creciente grupo de niños que se ven forzados a mendigar su comida.
En fin, no sin cierto sadismo nos apuramos a apretarle el gaznate a nuestro más reciente lapso de encharcamiento xolotlano. La basura no conoce treguas, sigue amontonándose dentro de los contenedores, en los solares baldíos, en las cunetas, en las calles, en las revistas y en los diarios de Managua. Por mi parte, saco la cabeza de esta olla de grillos, escapo hacia la carretera norte. Lapso fugaz, regido por la aceleración del diesel y por el galope de unos impacientes punteros. Me voy desconsolado, porque también es cierto que el núcleo abstracto de todas las situaciones que me tocó enfrentar, las había soñado con anticipada e inútil precisión. ¿De qué me ha valido?
PUESTO FRONTERIZO DE LAS MANOS
“Y cada cual tiene toda otra cosa en sí, y a su vez lo ve todo en lo otro, de tal modo que en todas partes está todo y cada cosa...”(Plotino, Enneadas, V, libro 8, cap. 4).
Unas intuiciones de Plotino nos llegan tarde, fragmentadas, de rebote, de reventa. Nos enfrentamos empíricos con la atomización del Todo. Las oficinas migratorias nos ancoran, nos reducen a sus términos, mordisquean oficiosas el encaje de unos minutos fósiles, nos desangran el sudor de unos pálidos billetes. Nuestra verdad consiste en alejarnos. Nuestras ideas se fermentan, crecen empujadas por el movimiento de las ruedas del cacharro que remolca nuestras rémoras hasta la cabecera municipal de El Paraíso. La pupila del domingo se cunde de gérmenes individuales que pueblan los cielos y la tierra. Todo se ignora dentro de cada cosa. El chofer, el cobrador y los pasajeros radicamos en nuestras ilusorias diferencias. El carburador, las bielas, los piñones y la cruz cardánica del autobús piensan por todos. Unas nubes aplanadas nos supervisan ortografía, orientación, prosodia y ritmo. Unas vacas marginales remolcan la digestión, el sueño y la pereza de sus arreadores. Florece junio lo que le sobró del mes de mayo. Alguien amontonó rimeros de leña a la orilla del pavimento. La vida está cruda, se cuece a fuego lento todavía.
Lo que le pertenece a fondo a nuestros ojos es todo aquello que se borra sin reclamar memoria.
(Do 15-06-03). 
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