Reportaje especial
Diluvio sobre el Casita
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Una de las sobrevivientes del deslave ocurrido hace cinco años, dos miembros de la tripulación que la rescató, el jefe militar que dirigió la evacuación y Germán Miranda, fotógrafo de LA PRENSA, cuentan como vivieron la tragedia |
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Eduardo Marenco Tercero eduardo.marenco@laprensa.com.ni
Hacía ya varios días, que caía un diluvio bíblico. Sin inmutarse por aquella lluvia eterna, Marta Dilia Velásquez Moreno, freía las piernas y la pechuga de pollo que almorzaría su familia, con arroz y refresco de naranja. Sería poco antes de las once de la mañana del viernes 30 de octubre de 1998, en El Porvenir, un asentamiento humano empotrado en las laderas del Volcán Casita.
Había llovido como nunca en un siglo, de tal modo que para muchos creyentes no hubiese sido extraño que el Arca de Noé, con su zoológico andante, apareciera navegando de pronto en aquel inmenso lago de plata en que se había convertido la sabana de Chinandega y casi el país entero.
Caminaba tranquila sobre el piso de tierra de su casa techada con zinc. El rumor de la lluvia había formado una cortina de silencio que la aislaba del mundo. Estaba sola. Su madre y hermanas estaban fuera. Su padre veía la parcela de maíz. Y los niños jugueteaban por el barrio.
Fue repentinamente que escuchó el rugir de helicópteros. Se asomó a la puerta y lo que vio venir desde la cumbre del Casita, cinco años después aún la estremece y la obliga a llorar: era una ola de lodo que se derramaba como una tromba de chocolate desde la cumbre del volcán. Alcanzó a correr cerca de media cuadra. Luego fue tragada por la ola y el mundo dejó de existir.
Al recobrar el conocimiento, minutos después, se encontró sembrada en el lodo, y si hubiera echado un vistazo a la redonda, habría visto que donde habían existido casas de tejas y chozas, niños corriendo, perros ladrando, en fin, donde había estado la vida, ya no había nada, sólo un desierto de barro, un pantano de pesadumbre del que salían brazos asidos al aire con desesperación, una mujer con un bebé reventado en la boca de su vientre, cadáveres y más cadáveres, un viento de cataclismo y una lluvia eterna.
LA VIDA SE DERRUMBÓ
“Todo era árido. Como que nunca habían existido árboles allí. Ni casas. Ni gente. Todo se lo llevó la correntada”, recuerda. Es cerca del mediodía y el calor que hace en Posoltega es como el de la caldera del diablo. En el cielo casi no hay nubes pero el Casita junto al San Cristóbal, se ven como volcanes nevados a lo lejos.
La sobreviviente prosigue su relato: buscó con la vista su casa pero no había señas de que hubiese existido alguna vez.
Junto a ella había cadáveres que no alcanzó a ver durante las cuarenta horas que estuvo tirada en el lodo. Después de esa eternidad bajo la intemperie, incluyendo dos noches bajo la lluvia, escuchó de nuevo un sonido parecido a las hélices de un helicóptero, y esta vez sí era cierto. Era un helicóptero.
Germán Miranda, fotógrafo de LA PRENSA, iba en la aeronave que aterrizó la mañana del domingo primero de noviembre sobre el Casita, más de cuarenta horas después de ocurrido el deslave. Miranda vio los cadáveres putrefactos devorados por los cerdos, personas muertas en vida, semienterradas, que habían sobrevivido sin comer ni beber nada, soportando el dolor de sus heridas y la desaparición de su mundo.
“Nadie lloraba. Los vivos estaban paralizados, con la mirada perdida, no reaccionaban”, recuerda Miranda.
Uno de ellos fue Alexander Mayorga, un niño de diez años que estaba bañado en lodo y que tenía la mirada fuera de este mundo, tal como la eternizó con su lente Germán Miranda. Estaba impávido al lado de un bebé dormido en apariencia pero que estaba moribundo.
Ese era el estado de la mayoría de supervivientes, que sólo despertaron de su letargo cuando los militares les imprecaron y algunos se pusieron de pie para subir al helicóptero; al tiempo que los malheridos fueron cargados en camilla para ser rescatados.
Marta Dilia fue una de las personas salvadas gracias a la tripulación de ese helicóptero, el único que en un primer instante les llegó a asistir, porque a los demás se les hizo imposible. Al igual que ella, decenas de personas esperarían ser rescatadas viendo la lluvia y un cielo brumoso antes que el mundo conociera la tragedia.
UNA ALARMA RECORRE EL PAÍS
La primera alarma la había dado la alcaldesa de Posoltega, Felícita Zeledón, fue reproducida por Radio Ya y llegó a los confines del país, pero sólo mereció la mofa del entonces presidente Arnoldo Alemán. No era un cinismo casual. Mucho tiempo después se conocería que Byron Jerez, socio de Alemán, construyó una terraza en su mansión del balneario de Pochomil, con fondos destinados a reconstruir el país luego de los estragos que causó el huracán.
LLAMADA DE SOCORRO
Sin embargo, al mediodía de aquel viernes 30 de octubre, día del aún desconocido deslave, el teléfono repicó en el puesto de mando del entonces teniente coronel Denis Membreño Rivas, jefe del II Comando Regional Militar, quien atravesaba el Niágara en un taburete con la lluvia de llamadas de auxilio que debía atender en el departamento, que inundado, era una suerte de lago plateado que se extendía hacia el Océano Pacífico, con la excepción de algunos cascos urbanos donde las familias no debían refugiarse con las gallinas y los perros en los techos de tejas rojas, como sí ocurría en otros poblados. Los esteros se habían desbordado, la lluvia no amainaba y la gente estaba desesperada, con urgencia de medicinas, de plásticos negros y de alimentos.
De modo que la llamada de la alcaldesa era una más, pero lo que le dijo, todavía le muerde el tímpano:
– Están apareciendo personas ahogadas en las correntadas que bajan desde el Casita. Pero no sabemos nada más.
Se lo dijo aproximadamente una hora después de ocurrido el deslave del Casita. ¿Qué había pasado? Días después de la tragedia se pensaba que debido a las intensas lluvias del Mitch, en el cráter del volcán se había formado una laguna que se habría desbordado, originando una tromba de agua, rocas y lodo, que no se detuvo sino hasta cuando llegó al mar. No fue lo que ocurrió según un estudio del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter). Lo que sí se produjo fue un derrumbe de rocas con un volumen de entre 130,000 y 300,000 metros cúbicos, sucedido justo en la intersección de dos fallas geológicas en un áspero declive de la cima del volcán, siendo ésta la fuerza desencadenante del deslave, de manera que fue minutos después que una tromba de agua con la fuerza devoradora de un mastodonte, se derramó a presión como una ola densa y negra sobre las casitas y sobre la gente. Se presume que la ola tuvo una altura de tres metros y una velocidad de cincuenta kilómetros por hora.
La tromba había arrasado con todo: casas, personas, animales, y había dejado una estela de cataclismo de árboles centenarios arrancados de raíz que aparecieron patas arriba con sus raíces viendo hacia el cielo y sus ramas enterradas en el barro, rocas prehistóricas que recorrieron kilómetros enteros, y también había arrastrado cadáveres de personas, los había desnudado dejándoles el cuerpo en carne viva a algunos, los que aparecían a la vista de los posolteganos que impávidos se preguntaban qué suerte de catástrofe había ocurrido en el Casita.
La alcaldesa Zeledón solicitó entonces al Ejército que se hiciera presente, pero el teniente coronel Membreño le explicó que no había visibilidad para que los pilotos volaran el helicóptero ruso MI-17, matrícula 325.
Sin embargo, le ofreció trasladar soldados vía terrestre pero no fue posible salir de Chinandega, porque el primer cauce en la carretera hacia Chichigalpa estaba desbordado y no permitía el paso de los camiones militares. La esperanza era entonces que un poco de luz neutralizara el cielo encapotado.
LA TREGUA
El domingo primero de noviembre, a primera hora, el piloto Alfredo Díaz y su tripulación, el capitán Frank Argüello, copiloto y capitán Oscar Silva, técnico de vuelo, indicaron que había un poco de visibilidad y que era posible despegar.
La tripulación ya había volado a ciegas el día anterior a Puerto Morazán, donde asistieron a la población, pilotearon en lo que ellos llaman “la base del huracán” porque según se enterarían después, les tocó incursionar en las nubes generadas por la espiral del Mitch, sin contar con el posicionador satelital (GPS) que no funcionaba y tomando como única referencia la Carretera Panamericana.
A medida que se adentraban en las nubes el helicóptero se estremecía por las turbulencias y la aeronave vibraba.
La mañana del domingo, una vez comprobada la visibilidad, se planificó un vuelo de reconocimiento sobre las comunidades que se suponía eran las más afectadas. De Chinandega se trasladaron a Posoltega donde se dejó a la vicealcaldesa Mayra Guevara, quien sufrió varios desmayos consternada por la muerte de sus seres queridos, de lo que se había enterado telefónicamente, pues este servicio nunca dejó de funcionar durante la tragedia.
Luego, el helicóptero se trasladó a Telica a cargar combustible y después despegó para hacer el vuelo de reconocimiento.
“En honor a la verdad, la lógica me indicaba que los problemas ocurrirían en la parte baja de Posoltega, buscando el mar, donde hay unos cañales del ingenio cercano a unos esteros, es una zona baja y plana, donde hay comunidades, yo suponía que ahí estaba la situación crítica por las inundaciones”, recuerda el teniente coronel Membreño.
Pero la verdad es tan traicionera como el destino, y la debacle estaba en el Casita.
Según el jefe militar, a pesar de que aún había bruma, la aeronave se desplazó a vuelo rasante tomando como guía la Carretera Panamericana hacia Posoltega. No se veía la cúspide del Volcán Casita, porque la nubosidad cubría al coloso.
Sí lograron ver, sin embargo, la carretera partida, los puentes provisionales desbaratados y aquel lago sin fin que se extendía sobre los llanos de Chinandega.
UNA LENGUA DE LODO
El capitán Silva rememora que aunque la cumbre del Casita estaba todavía cubierta de bruma, vieron una suerte de brazo que bajaba del volcán, una gran lengua de lodo que se desplazaba hacia el mar como lava de un volcán en erupción. En pocos segundos, vieron florecer de entre los árboles patas arriba, trapos como pañuelos blancos que eran agitados en solicitud de auxilio y no en señal de adiós, como pensaron inicialmente.
Descendieron sin apagar motores, en la comunidad Santa Narcisa, que no había sido arrastrada por el deslave, con la idea de ubicarse y conocer de viva voz lo que había ocurrido por parte de la gente que veían con los brazos abiertos.
De la nada salieron personas chineando a sus heridos, con las caras desesperadas, y pronto se enteraron de la tragedia.
Y lo que pensaron sería un vuelo de reconocimiento, se convirtió en segundos en una misión de evacuación.
Había niños desnudos, golpeados, desgarrados y personas desfiguradas. Marta Dilia fue una de las evacuadas. Le pusieron un capote. La subieron a una tijera porque no podía sostenerse en pie. Ella preguntó por su familia. “Me contaron que la mayoría de personas habían fallecido”, recuerda, “y me sentí sola”.
Cinco años después hace el recuento. Había perdido a su padre Alejandro Velásquez (81), a su madre Mariana Moreno (51), a dos de sus hermanos, Emilio (33) y Reina Isabel (26). También había perdido a tres sobrinos: Uriel de tres años, hijo de Reina Isabel. Isidoro de tres años, y María de la Concepción, de diez, ambos hijos de su otra hermana, Juana Antonia, que sobrevivió junto a ella.
Martha Dilia fue trasladada al Hospital España, de Chinandega, donde de inmediato la ingresaron a la sala de operaciones porque tenía el pie derecho con “gangrena”. Al final se lo amputaron hasta por debajo de la rodilla.
VUELOS HEROICOS
Se realizaron entre 25 y treinta vuelos de evacuación aquel domingo, según recuerda la tripulación. Sobrecargaron la aeronave para trasladar a más de cuarenta personas por cada viaje, pasando sobre los límites de 24 personas y volaron en esos días un promedio de ocho horas diarias, cuando lo ideal es la mitad. De este modo arriesgaron sus vidas precisamente para salvar vidas.
“Había demasiados niños. Los helicópteros los llenábamos como un bus de Tipitapa. Si la aeronave levantaba con casi el doble de personas, alzábamos vuelo. Había que salvarlos”, recuerda el capitán Silva.
En la medida que el combustible se consumía, aumentaba la cantidad de personas que trasladaban en cada vuelo, aprovechando la disminución del peso.
Volaron bajo lluvia, afectada la visión no sólo por la bruma y el aguacero, sino por una arenilla y polvo que le ocasionó conjuntivitis al capitán Silva, que guiaba al piloto Díaz y al copiloto Argüello, desde la puerta del helicóptero.
“No medimos ni el tiempo ni la seguridad, es más, violamos todas las medidas de seguridad. En la guerra el riesgo es luchar y vencer. A la hora de salvar vidas, se trata de vencer”, dice el capitán Silva.
Una vez estuvieron en el Casita, los relatos sobre lo acontecido afloraron entre los sobrevivientes:
– Se derrumbó el cerro–, les decían.
La escena era terrible. “Estabas de pie en el lodazal y de pronto veías un brazo, un pie, un zapato, mujeres en avanzado estado de embarazo con el vientre roto y veías también a la criatura muerta”, recuerda el teniente coronel Membreño, quien estuvo en dos guerras, contra Somoza y contra la Resistencia, pero nunca había visto lo que le tocó ver allí.
UNA HERIDA ABIERTA
La gente estaba desesperada por enterrar a sus muertos, al inicio se los querían llevar en el helicóptero, pero la prioridad eran los heridos. Luego comenzaron a enterrar muchos cadáveres con la ayuda de todos.
Posoltega no aguantó más heridos. Tampoco Chichigalpa y Chinandega. De modo que los vuelos de evacuación se dirigieron por la tarde hacia León. Después contarían con otra aeronave para labores de rescate.
En los días siguientes continuó la evacuación no sólo en el Casita, sino en otras comunidades de Occidente como Somotillo, Villanueva y Puerto Morazán. Y se procedió a la cremación de cientos de cadáveres. Avizorando una bomba de tiempo en materia sanitaria, brigadas del Ministerio de Salud llevaron decenas de llantas hasta las laderas del volcán para rociarlas con gasolina y quemar los cadáveres ya en avanzado estado de descomposición. Otros corrieron mejor suerte y alcanzaron a ser enterrados. Durante al menos diez días se cremó cadáveres al aire libre que aún aparecían en los cañaverales.
“Muchos de los cadáveres fueron a dar al mar”, señala el jefe militar.
La cantidad exacta de muertos siempre fue un misterio debido al censo deficiente y la constante migración. Sin embargo, se calcula que entre 2,500 y tres mil personas murieron en la tragedia.
Han pasado cinco años y ahora Marta Dilia estudia costura y aspira concluir su bachillerato. A ella y a su hermana, empleada doméstica, les tocó una casa de concreto en el reparto Santa María, construido gracias a la ayuda internacional.
Al frente de su casa se ve el Casita, con las huellas del deslave a flor de piel, como un recordatorio infeliz.
Los pilotos que salvaron a Martha Dilia, continúan volando y el jefe militar que dirigió la operación de rescate ahora se ocupa de la inteligencia militar.
Lejanos están los días del huracán Mitch, cuando una vez acabado el diluvio, aún después de la tragedia se temía el fin del mundo, porque el Cerro Negro entró en erupción, Chinandega se estremecía por temblores y se escuchaban retumbos en el Volcán San Cristóbal.
Días después, el único sosiego fue una lluvia de meteoritos, que por las noches fue vista como una lluvia de estrellas, lo que para unos fue la señal inequívoca de que viviríamos un final de cataclismo y para otros, el presagio feliz de que la pesadilla había terminado.
Lo más triste es que todo indica que en alguna montaña despalada, la tragedia se podría repetir.
1,315 horas de vuelo acumuló la Fuerza Aérea Nicaragüense junto a las aeronaves de los distintos países durante las labores de rescate y evacuación.
38 aeronaves, de países amigos y nacionales, contribuyeron a las labores de asistencia humanitaria.
702 vuelos se llevaron a cabo.
2 millones 830 mil libras de carga se transportaron entre medicinas, alimentos y otros medios de subsistencia.
5,300 personas, entre heridos y damnificados, fueron evacuadas vía aérea.

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