La relación inteligencia-esfuerzo
Ernesto González Valdés* revista@laprensa.com.ni
En las personas adultas, profesionales, es fácil observar cómo hay quienes sobresalen por su constancia y dedicación al trabajo, y esto hace que superen a otros compañeros que poseen una capacidad intelectual bastante más alta. ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué unos logran mantener ese esfuerzo durante años y otros no, aunque también lo desean?
Pero también ocurre en los más jóvenes. ¿Por qué unos estudian con constancia sin que parezca costarles mucho, y otros, por el contrario, no hay manera de que lo hagan, aunque se les castigue o se les hable con claridad, serenamente, de las consecuencias a las que su pereza les va a llevar?
Lo anterior nos permite plantear que no coinciden las personas más esforzadas o motivadas con las de mayor coeficiente intelectual. Por ejemplo: hay personas inteligentísimas que son muy perezosas, y hay personas de muy pocas luces que muestran una constancia admirable.
Parece claro que en las personas motivadas hay toda una serie de sentimientos y factores emocionales que refuerzan su entusiasmo y su tenacidad frente a los contratiempos normales de la vida. Pero sabemos también que los sentimientos no siempre se pueden producir directa y libremente.
He conocido en la vida personal —después de más de tres décadas de dar clases— muchos, tal vez cientos, de estudiantes cuyo coeficiente de inteligencia es bajo, y sin embargo su tenacidad y perseverancia, en función de más horas de estudio y de recurrir a personas de mayor coeficiente de inteligencia (pero con mucho deseo de colaborar con sus compañeros y compañeras de clase) que hoy en día saludan y el puesto que ocupan lo cumplen a cabalidad, siendo además disciplinados, responsables, respetuosos y miles de cualidades más.
Las personas tenemos una profunda capacidad de dirigir nuestra propia conducta. Prevemos las consecuencias de lo que hacemos, nos proponemos metas y hacemos valoraciones sobre nosotros mismos. Y todo eso puede ser estimulante o paralizante, positivo o negativo, constructivo o autodestructivo. ¿De qué dependerá una opción u otra? Del entorno (la familia, la escuela, las amistades) ¿Importará la inteligencia de la persona, también?
La respuesta a la última pregunta vendrá dada por la diferencia entre disponer de una determinada capacidad y ser capaz de llegar a utilizarla.
La vida diaria requiere una continua improvisación de habilidades que permitan abrirse paso entre las circunstancias cambiantes del entorno, tantas veces ambiguas, impredecibles y estresantes. Cada uno responde a ellas con sentimientos distintos, que le llevarán a la retirada o a la constancia, dependiendo de la ansiedad que le produzcan y de su capacidad para soportarla.
Las personas a veces temen y por tanto tiende a evitar aquellas situaciones que considera por encima de sus capacidades, y elige aquéllas en las que se siente capaz de manejarse. Por eso, la idea que tenemos de nosotros mismos condiciona en gran parte nuestras acciones, así como el tono vital —pesimista u optimista— con el que elegimos o confirmamos nuestras expectativas.
Por ejemplo, aquéllos que se consideran poco afortunados ante el amor (¡ah, el amor!) tienden a exagerar la gravedad tanto de sus propias deficiencias (seguro me dijo que no, por no ser un buen estudiante), como de las dificultades exteriores que se les presentan (no tengo dinero para invitarla al cine).
Y esa autopercepción de ineficacia o incapacidad facilita el fracaso. Por el contrario, cuando el sentimiento de propia eficacia es alto, el miedo al fracaso disminuye y con él las posibilidades reales de fracasar y posiblemente la chavala, te diga que ¡sí! ¡Haz la prueba!
* egonzav@uam.edu.ni

|