LUNES 27 DE OCTUBRE DEL 2003 / EDICION No. 23254 / ACTUALIZADA 01:00 am





EL HUMOR DE




Los reos anónimos de La Modelo viven entre la soledad y la esperanza

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Angélica Martínez R.
angelica.martinez@laprensa.com.ni

La manera en que se manejan los casos penales de alto perfil que últimamente ha presenciado la ciudadanía da la impresión de que en Nicaragua existe un régimen carcelario muy permisivo, pero no es lo que vive Evenor, quien está preso desde hace dos años por estafa y abuso de confianza, y su condena es de siete años, que tendrá que cumplir a menos que logre ganar una apelación, obtenga un indulto o sea beneficiado por el Sistema Progresivo. Nada fácil para un reo anónimo.

Amanece sobre los techos de Managua. El resplandor de las seis golpea sobre los charcos que dejó la lluvia la noche anterior. Mientras los vecinos de doña Coco* descansan, preparándose para la semana de trabajo que pronto comenzará, ella está despierta. Se levantó a las cuatro de la mañana para ir a visitar a su marido.

Sobre la mesa del comedor termina de aliñar unas bolsas plásticas que llevan de todo: diez pesos de cebolla, diez de chiltoma, diez de tomate y como cincuenta pesos de verduras variadas como guineos cuadrados, yuca, pipián y chayote. Un pollo entero y tres libras de carne molida.

En otra bolsa lleva diez libras de arroz, frijoles y azúcar, un litro de aceite, sal y una caja de sopas Maggi. Una tercera bolsa, más pequeña que las otras dos, contiene los cigarros, el jabón y unas cuantas bolsas de detergente. “Suficiente para una quincena”, piensa doña Coco.

El marido de ella, Evenor*, está preso en la cárcel La Modelo de Tipitapa desde hace dos años y todavía le faltan cinco, si no logra salir mediante apelación, indulto o utilizando el Sistema Progresivo. Fue condenado a siete años de prisión por estafa y abuso de confianza. Pero él alega que fue su compañero de trabajo quien lo involucró.

Mientras ella asegura que su esposo es inocente. Su crimen fue confiar en su amigo. Pero eso no es lo que dicen las lenguas del barrio, mismas que ella tolera con paciencia de santo. “Un día él va a salir y les va a callar la boca a todos”, afirma doña Coco.

Hoy domingo ella se va sola, Carolina —su única hija de cinco años— está dormidita todavía, mejor no la despierta. “Pero a Evenor le hace falta verla, me va a decir que por qué no la llevé...” La decisión le toma un par de segundos, en lo que termina de amarrar las bolsas.

“La voy a llevar, qué me cuesta darle esa alegría si casi nunca la ve”. Con esto en mente corre a despertarla. “No te bañés, sólo vestite para ir a ver a tu papa. Ponéte el vestido rojo que a él le gusta”. Ya son un cuarto para las siete y doña Coco y Carolina salen corriendo a tomar la ruta que las lleva al Mercado Roberto Huembes. Ahí toman la ruta que va para Tipitapa.

Unas dos horas más tarde, llegan a la entrada de La Modelo. Ahí las esperan unos triciclos que por sólo dos córdobas las llevarían hasta la puerta donde entran las visitas de los reos, pero doña Coco no tiene los cuatro pesos. Prefirió usarlos para comprarle unas verduritas más a Evenor. “No importa doñita”, le dice un ciclista, “no le voy a cobrar, ahí me los da otro día. “Dios te va a dar el doble”, le responde.

Las dos gastan 35 córdobas en pasaje de ida y vuelta. Muchas veces ella ha tenido que decidir entre comprar la medicina que toma para controlar una migraña que padece desde pequeña o guardar para ir a ver a Evenor. “Una vez no fui porque no tenía riales y dice (Evenor) que casi se muere de la angustia. No me gusta darle más sufrimiento”.

“Apuráte chavala”, le dice a la niña mientras avanzan a la carrera y con el corazón lleno de ansiedad por el largo camino que hay desde la entrada hasta el portón. Doña Coco siente que el tiempo se le va de las manos. Las cuatro horas de visita que dan los domingos de las ocho a las doce, hoy sólo van a ser dos. Aunque llegó a las nueve y media, perdió media hora en que buscaran la tarjeta de visitas de su marido.

“¿De qué galería es su reo?”, pregunta la oficial. “De la dos alta”. “¿Qué es usted de él?, ¿va acompañada?” Las pocas preguntas de rigor, parecen interminables cuando se tiene prisa.

Por fin le dan los dos pases, pero aún falta la requisa. Las tres bolsas donde trae la provisión y que doña Coco colocó cuidadosamente en un salbeque quedan expuestas junto a su alma y su pudor.

De pronto oye a una de las oficiales que dice: “Esto no lo puede llevar”, dirigiéndose a otra de las que van a visita. “Ese espejo no puede pasar” y la mujer corre hacia el bar de doña Chica, donde las visitas dejan las cosas que no pasan la requisa.

“Todo eso te pasa cuando sos ‘primeriza’, ahora ya sé qué cosas puedo o no traer”, dice. Por ejemplo, cualquier cosa que puede parecer sospechosa de portar drogas es mejor no llevarla. “Una vez la niña llevó una pelota de esas de tenis y los guardias revisaron la pelota por todos lados. Casi la rompen, porque como son huecas por dentro...”

Tampoco puede llevar frutas que se fermenten, “porque los reos hacen ‘chicha’ con ellas”. Cualquier objeto que pueda ser transformado en un arma como sombrillas, limas de hierro y botellas u objetos de vidrio.

Por fin están dentro. El oficial manda a buscar a Evenor a su galería y pasan entre quince y veinte minutos más. Carolina ni cuenta se da de la angustia que pasa su mamá. En el patio donde aguardan hay un pequeño parque donde ella juega con los hijos de otros reos. Para ella es un verdadero paseo. Doña Coco, en cambio, a pesar de estar cerca de su marido, no soporta la espera.


AL OTRO LADO DE LAS REJAS

Evenor está en pie desde las cinco de la mañana. Aunque los oficiales los mandan a acostar desde las nueve, casi todos los días él se duerme hasta las tres de la madrugada. Esas dos horas de sueño le son suficientes.

“A esas horas me gusta ponerme a pensar en el día de mi libertad, lo que voy a hacer cuando salga de este encierro y lo que no voy a volver a hacer”, dice. “En la cárcel uno aprende a conocer a las personas y te das cuenta de quiénes son tus amigos, quiénes te quieren en tu familia y cuántos están dispuestos a echarte el hombro. También tenés dos caminos: llenarte de rencor hacia ellos o perdonarlos y seguir tu vida”.

Una de las cosas que más extraña Evenor de estar libre es la buena comida. No de ir a un restaurante de lujo sino de la comida bien hecha. El gallopinto con tortilla caliente y cuajada es un manjar de los dioses en La Modelo.

Las autoridades dicen que el presupuesto del penal sólo tiene contemplado seis córdobas para los tres tiempos de comida de cada reo, “pero si por lo menos cocinaran bien el arroz y los frijoles que nos sirven nadie se quejaría”, pero “el barco” (que en lenguaje de calle se refiere al plato de comida), es repugnante. “Ni a los animales se les da una comida tan mal hecha”, dice Evenor que por hambre en ocasiones ha tenido que correr el riesgo de enfermarse a causa de esto.

Los domingos, después del desayuno, cada grupo religioso se reúne para leer la Biblia y orar. Monseñor Amado Peña y un grupo de laicos de la Iglesia San Francisco en residencial Bolonia nunca fallan. En esta iglesia los visitantes llegan a apuntarse en una lista los días martes, porque debe ser pasada con anticipación a las autoridades de La Modelo. Para algunos reos “donados” (como ellos mismos llaman a los que nadie llega a ver) ésta es la única visita que reciben.

Una vez terminados los oficios religiosos, algunos se dirigen a la práctica de fútbol o de béisbol, algunos van a la pequeña biblioteca en el centro cultural y otros se reúnen para practicar con el conjunto musical o el coro. Muy pocos se quedan en las galerías, sólo los mal portados y algunos deprimidos que prefieren quedarse a roer su amargura, no salen.

“Son tantas las cosas por las que uno pasa en este lugar que he aprendido a valorar la familia que tengo, las cosas que antes consideraba sin valor ahora lo tienen. Como ver a mi hija jugar y escuchar las cosas que me cuenta (cosas que para ella son grandes descubrimientos y que yo no entendía antes), ver la novela con la Coco, leer el periódico en la hamaca...”

Pero hoy es domingo y gracias a un permiso especial que consiguió por buen comportamiento, Evenor va a tener a sus dos amores cerca. Los días domingo no están estipulados en el calendario de visitas familiares. Este día es para los reos cuyas familias viven fuera de Managua, para los que su familiar no los puede visitar porque no le dan permiso en el trabajo los días ordinarios o posee un impedimento por cualquier otra causa.

Desde que amanece, él está contando los minutos para verlas. Si por alguna razón se atrasan comienza su agonía: “Qué les habrá pasado, ¿un accidente? ¿Será que no las dejaron pasar o se dormiría la Coco...?” Nada de eso pasó esta vez. “Tenés visita”, le llega a decir un oficial mientras abre la reja.

Por fin él se aparecen tras la puerta de hierro, caminan despacio, no es bueno llamar la atención. Se abrazan lo más fuerte que pueden y caminan en dirección de alguna mesa que tenga espacio para sentarse a platicar. A su alrededor no existe nadie en ese momento, ni siquiera los perturba el bullicio como de mercado que se escucha de fondo. Son cientos de voces hablando al mismo tiempo, preguntando las mismas preguntas de cada visita.

En este penal las parejas encuentran un mejor futuro o su final. Por dicha para doña Coco y Evenor la separación los unió más.

* Los apellidos fueron omitidos a petición de los entrevistados para proteger su privacidad.
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