DOMINGO 26 DE OCTUBRE DEL 2003 / EDICION No. 23253 / ACTUALIZADA 12:00 am



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EL HUMOR DE




Cosas Veredes Sancho Amigo
Joyas, joyeros y joyerías en los recuerdos de Reynaldo Alonso

Foto  

El orfebre don Reynaldo Alonso en su taller.

 

Mario Fulvio Espinosa
info@laprensa.com.ni

Un oráculo vaticinó a Acrisio, rey de Argos, que su nieto le daría muerte. Para conjurar la predicción el monarca dispuso que su hija única, Danae, fuera encerrada en un profundo sótano subterráneo para que nadie la viera. Zeus, el dios de dioses, supo la arbitrariedad, se transformó en polvo de oro y así atravesó los poros de la prisión, sedujo a Danae y ella le parió al héroe Perseo

Casi como Zeus tuvo que actuar Reynaldo Alonso para capturar el corazón de la Margarita Calderón, puesto que siendo joyero abrió con ofrendas de oro el corazón de su amada. Eso ocurrió hace cuarenta años y hasta el día de hoy la Margarita considera que Reynaldo es su “Rey”, y así le llama.

Claro, además de los regalos, Reynaldo tuvo que comportarse como un verdadero galán seductor. “Margarita era una muchacha muy delgadita, finita, guapa, me flechó muy hondo y desde ese momento nos enamoramos, jalamos tres años después nos casamos”, recuerda.

“Mi Margarita —afirma—, tuvo la suerte de que yo la llenara de joyas y eso la hizo sentirse motivada. Ella fue la que insistió: “Casémonos, casémonos, casémonos”. No, le decía yo, yo no puedo casarme, apenas tengo 19 años, pero, ideay, me flechó tanto que tuve que aceptar disimulando el gusto”.

Este orfebre de 60 años, estatura regular, pelo rojizo, cara ancha y ojos de lince, tiene arrestos de joven de veinte, camina a trancadas y siempre tiene una frase alegre a flor de labio. Nació en León en 1943 pero desde los cuatro años fue trasladado por su madre a Managua y “aquí fui creciendo, estudié primaria y después un oficio, la joyería”.

Que Reynaldo Alonso es uno de los mejores orfebres del país no lo decimos nosotros, sino el gran número de clientes que a diario visitan su casita de la Colonia Los Arcos, los que alaban sus creaciones por lo novedoso de su estilo, el buen gusto en las formas y el fino acabado que les imprime.

Yo era muy niño cuando mi madre, María Elsa Alonso, quedó viuda del señor Octavio Delgadillo, pasaba ella momentos muy difíciles en León con sus tres hijos y un día decidió aceptar la oferta de su hermano Reynaldo Alonso, de “buscar una mejor vida en la capital”. Nos trasladamos a Managua y aquí fui creciendo al lado de mis dos hermanas, Gladis y Daysi. Posteriormente mi madre contrajo matrimonio con don Rafael Fonseca, con el que procreó cuatro hijos varones.

“A instancias de mi tío Reynaldo, que quería que yo “fuese alguien”, estudié la primaria y cursaba el primer año de secundaria cuando le confesé a mi madre que yo quería ser joyero aunque ella quería que fuera mecánico.

Tenía quince años cuando me dediqué a buscar dónde aprender orfebrería, una tía me consiguió entrar de aprendiz en la joyería de don Carlos Peña que tenía su taller allá por la antigua Colonia Somoza.

Me pusieron de maestro a un joyero notable, don Rodolfo Molina ya fallecido, no me costó mucho el aprendizaje porque tenía deseos de saber y de ganar por la misma necesidad. Lo que iba viendo lo iba asimilando y pronto comenzaron a pagarme que diez pesos o más a la semana. Estamos hablando de los años sesenta, con esos diez pesitos ya le ayudaba a mi mamá. Así pasaron los años y fui adquiriendo muchos conocimientos sobre joyería y me vine a especializar aún más en el taller de don Juan Ramón López.


JOYERÍAS Y JOYEROS DE AQUEL TIEMPO

Siempre ha sido buena la profesión de joyero y le fui poniendo más mente. En esa época, años sesenta, habían muchos joyeros y se ganaba muy bien porque el Banco Central facilitaba bastante oro a los que estaban inscritos como profesionales del metal.

Se les pasaban cuotas de cincuenta onzas, treinta onzas, según la capacidad de cada cual. Las joyerías de entonces tenían a su orden cuatro, cinco y hasta quince joyeros en sus talleres, había auge porque todas las clases sociales, especialmente las mercaderas, usaban joyas pesadas, los hombres andaban con esclavas grandes y gruesas. El Banco Central vendía a siete córdobas el gramo de oro puro. Si hacemos una relación con el precio actual el desnivel es inmenso, ahora el gramo de oro puro vale 190 córdobas.


—¿Cuáles eran las joyerías más famosas de Managua en los años sesenta?

—La más famosa era la “Joyería la Princesa”, ahí estaban los mejores joyeros, era de un español, pero hubo unos desarreglos que la hicieron fracasar. Posteriormente se fundaron joyerías buenas como la de don Ernesto Espinoza, la joyería Mc Nally, la Joyería El Crisol, la de Luis Méndez, que ya empezaba a pegar duro, donde yo trabajé cinco años. Después hubo una famosísima en Granada, Las Dos Cruces. Don Carlos Garzón siempre tuvo joyería pero no era tan fuerte como ahora. También recuerdo la Joyería La Filigrana, de unos morenos de la Costa Atlántica.


—¿Cómo han cambiado los diseños de las joyas, son mejores los de ahora que los de antes? ¿Más fáciles de hacer?

—Ahora hay más técnica. Antes se trabajaba de un modo rústico, se llegó a trabajar a puro mazo para estirar las láminas y el alambre para las cadenas y después las hileras. Ahora no, ahora uno tiene laminadoras y ahí nomasito las hileo y todo se hace más rápido. Todavía en Nicaragua no existen máquinas cadeneras porque no hay capacidad para consumir eso. En esas máquinas uno sólo pone el espesor del alambre y ellas se encargan de hacer las cadenas según el estilo que elijamos y que determinemos en la máquina. Cada máquina tiene su estilo, sea martillado, cuadrado, octogonal, pero una máquina de esas le puede producir cien cadenas diarias y no hay capacidad en Nicaragua, menos como estamos ahora, para comprar cantidades de oro.


—¿Quiere decir que antes era mejor negocio el oro?

—Sí, se comercializaba más la prenda, como era barata todo mundo andaba adornado, había capacidad de compra en la gente, por eso las joyerías tenían muchos obreros, ahora es rara la joyería que tenga cuatro o cinco joyeros. Yo tengo mi modesto taller, trabajo solo y digo que sé un poquito de joyería y me busca la gente, tanto los nacionales como los extranjeros.


LAS MANCUERNILLAS DE SOMOZA

El terremoto de 1972 fue un golpe severo para el negocio del oro y las joyerías, Reynaldo Alonso relata que quedó sin empleo y con familia que mantener. Providencial resultó entonces la llegada de Costa Rica de su colega José Guevara, quien le convenció que se trasladara a San José con todo y familia, porque allá había trabajo en el montaje de piedras preciosas.

No la pensó mucho Reynaldo y en 1973 se marchó a “tiquicia”. “Yo había tomado una especialidad en montaje de piedras en la Joyería Dreher, que eran unos alemanes que simpatizaban con Somoza. Incluso, recuerdo que en cierta ocasión que se aproximaba el cumpleaños del dictador, a ellos se les ocurrió regalarle unas mancuernillas hechas con sólo esmeraldas. El montador del taller era don Porfirio Corrales, pero el montaje se le hizo difícil a este compañero y yo tuve el orgullo laboral de montarlas. Ese trabajo quedó precioso y a mí me otorgó alguna fama.

En Costa Rica pasé siete años trabajando en los talleres de don José Guevara y otro nica-tico, Róger León Rodríguez y dos más que no recuerdo, yo llegué a resolverle el problema del montaje de piedras.

Don José Guevara era un acérrimo evangélico y cuando iba a montar piedras primero se encomendaba al Señor, después con mucha paciencia y parsimonia hacía su trabajo, pero entre oraciones y aleluyas aquella tarea se volvía interminable, en cambio yo como tenía una práctica notable, les sacaba cantidades. En poco tiempo ya tenía mi menaje y otras comodidades para mi esposa e hijos.

Trabajé en Costa Rica hasta el 79 y con el triunfo de la revolución popular sandinista me vine porque quería trabajar por el bienestar de mi pueblo.

Ya en Nicaragua el Gobierno revolucionario me asignó a Inmineh (Instituto Nicaragüense de Minas e Hidrocarburos), donde era responsable de vender el oro a todos los joyeros de Nicaragua. Posteriormente se le ocurrió al Inmineh establecer una joyería estatal que era la Chalchihuites, me tocó dirigir esa empresa donde logramos proporcionarle trabajo hasta veinte y pico de joyeros.

En 1990 subió al poder doña Violeta y con el argumento que el gobierno no podía tener una joyería que compitiera con la empresa privada, cerró Chalchiuites. Todos los joyeros fueron al desempleo, se les vendió a un costo simbólico que una mesa, que una herramienta, y cada cual buscó su camino.

Yo creí que ya no iba a trabajar más en joyería, pero recapacité porque mucha gente que conocía mi trabajo me pedían que volviera a ejercer, así que en mi casa de Los Arcos instalé mi tallercito, compré mi laminador y con eso comencé a trabajar.

Ya tengo mi taller, y la directora que era del laboratorio de Inmineh, doña Irma Elena Espinoza me consiguió muchos clientes y con la calidad de mi trabajo me he ido recomendando y gracias a Dios aquí estoy. No me quejo para nada, tengo la capacidad de seguir trabajando hasta que Dios así lo quiera.

También tengo amistades excelentes, personas que siempre tienen a la orden mi casa así como yo tengo a la orden la de ellos. Con esos amigos —veteranos como yo—, procuro gozar de una vida sabia y sana. Si hay boxeo ahí estamos viendo, igual si hay béisbol, la cosa es disfrutar el momento ampliando cada vez más la amistad, el respeto mutuo y la alegría de vivir.


EL CLIENTE DE ORO

Hay personas que deliran por el oro pero que no tienen buen gusto. Se ponen unas joyas espantosas y mal hechas. Por lo general la gente sigue al oro por vanidad.

Pero las joyas no son para cualquiera, se tiene que saber que la persona hace juego con la joya pero no todas las joyas hacen juego con la persona. La joya tiene que ver con la tonalidad de la piel, combinar con las cualidades físicas y sobre todo con la personalidad.


¿Quiénes son más aficionados a las joyas, las mujeres o los hombres?

Totalmente las mujeres. Mis mejores clientes son las damas. Son pocos los varones que vienen a mi tallercito, la gran mayoría son mujeres. Es la vanidad. La vanidad es lo más bello que hay...


UNA NIETA DE ORO

“Aunque tengo otro nieto, esta nietecita llamada Lía es lo mejor que me puedo haber dado la vida, creo que ella es la que me tiene más quietecito, incluso me pone de cabeza y, lo mejor, me ha ayudado a dejar el vicio del cigarrillo, que por cierto lo he dejado sin sentir ningún trauma.


LAS COMBINACIONES

El oro puro es el de 24 quilates.

Pero el oro se puede mezclar con plata y cobre.

Si quiere un anillo rojo la liga se hace sólo con cobre.

Si lo quiere amarillo pálido la mezcla se hace con plata y cobre

El oro blanco se consigue poniendo un gramo de doce quilates, un gramo de liga blanca. El oro en sí no existe en blanco, uno lo convierte en blanco.
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Joyas, joyeros y joyerías en los recuerdos de Reynaldo Alonso