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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 25 DE OCTUBRE DE 2003
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Manolo, entre el barrio chino y Bangkok

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.Falleció a los 64 años en Bangkok a causa de un ataque al corazón; deja tras de sí una prolífica y versátil obra literaria y periodística, iniciada en los tiempos de oposición a la dictadura en España; en Barcelona

 

Xavier Ruiz Ribes*

Manuel Vázquez Montalbán, Manolo para los amigos y para media España, nació hace 64 años en uno de los barrios más populares de Barcelona, el barrio chino (hoy modernamente convertido en Raval, para sosiego de las clases bien pensantes de la nueva Barcelona post-olímpica). Nacer en el chino significa, ante todo, pertenecer a una estirpe popular, honesta y pobre, conformada en gran parte por emigrados de otras latitudes españolas que buscaban una salida digna ante la podredumbre del franquismo y los avatares de la Guerra Civil. Crecer en el chino también es hacerlo entre el olor de las paellas con pescado mediterráneo, la mugre y los orines en las paredes y las putas baratas apostadas las 24 horas en las callejuelas del barrio.

Ese paisaje sentimental conformó con el tiempo a una de las mentes más preclaras y consecuentes que ha dado España en muchos años. Una inteligencia capaz de asumir el compromiso intelectual más militante con la asunción de pertenecer a una clase, a un pequeño mundo que debía luchar por sobrevivir frente a un entorno, primero arcaico y violento (el franquismo de nuevo), después aglutinador y globalizador (el capitalismo despiadado). Saberse “del otro bando”, del que siempre pierde, casi no dejó otra opción a Manolo que convertirse en comunista, pero un comunista poco ortodoxo y algo desencantado, definido con su sabia ironía como “grouchista” (o sea, más cercano a Groucho que a Carlos Marx), y en cualquier caso muy lejos del dogmatismo cerril de la gran mayoría de los políticos, sean del bando que sean.

La temprana pérdida de Vázquez Montalbán son varias pérdidas al mismo tiempo: se va el intelectual comprometido, sabio ojeador de su época y lúcido crítico de los avatares políticos de España y de mucho más allá. Se va, pues, el cronista de la realidad, el periodista cínico que viaja a la selva lacandona de Chiapas para entrevistarse con el subcomandante Marcos (y llevarle unos buenos chorizos y quesos españoles), y el que llega a Cuba para seguir al Papa en su histórica visita a la isla (y Dios entró en La Habana (1998), una obra que casi confirma el fin de las ideologías). En otro de sus voluminosos libros, Un polaco en la corte del rey Juan Carlos (1996), analizaba con bisturí, y a través de una serie de entrevistas, la España política profunda y la más superficial que huían ambas de los últimos años del socialismo, para dejarse caer en brazos de una derecha que quería ser neo y acabo siendo post. Cuentan que el presidente Aznar no quiso hablar con el autor por miedo a que lo dejara mal en sus páginas; vana escabullida, pues Manolo no solía dejar en mal lugar a nadie, sino que eran los propios protagonistas de nuestra historia los que se empeñaban y se empeñan en ostentar posturas vacuas, de muy poco calado.

Pero se nos va, muy especialmente, el Escritor en mayúsculas, un trabajador de la palabra incansable, con un estilo propio que se palpa en cada frase de cada una de sus colaboraciones en prensa, tanto como en sus novelas. Merece la pena destacar aquí al menos tres, siendo a su vez obras intemporales que deben ser leídas para acercarse al autor literario: El pianista (1985), Galíndez (1990, que le valió el Premio Nacional de Narrativa en España) y El estrangulador (1994). Cualquiera de las tres colocaría a Manolo entre los grandes escritores españoles por su hondura y la calidad extraordinaria de su prosa. Pero por si algo es conocido el autor es, de manera especial, por la serie de novelas del detective Carvalho, que han llegado a traducirse a 25 idiomas y que casi inauguran la novela negra moderna en su país. Hablar de Carvalho en Barcelona es hacerlo casi de un amigo, de un ser intemporal que no envejece y que puedes encontrarte al doblar la esquina, o metido en el restaurante “Casa Leopoldo” en pleno barrio chino comiendo unos sabrosos pies de cerdo a la catalana. La veintena de Carvalhos publicados (el último y más ambicioso, Milenio, todavía inédito) son una biblioteca literaria pero también barcelonesa, gastronómica, social y sentimental; un submundo personal de una época y un país que han tenido en Manolo a su cronista más perspicaz.

Punto y aparte merece la producción poética de Vázquez Montalbán, su faceta menos conocida pero todavía la más apreciada por los críticos. El propio autor prefería considerarse a sí mismo como poeta, pero las circunstancias de la infrahistoria, en el sentido unamuniano del término, le empujaron a la lucha antifranquista y al primer plano de otras esferas más prosaicas. La poesía de Una educación sentimental (1967) o Praga (1965) revelan a ese gran poeta que Manolo quiso y de hecho pudo ser, aunque velado por otros Manolos más populares y no menos interesantes.

Tímido confeso, el autor hacía de tripas corazón para presentarse en todas las mesas redondas y tertulias en que se le invitaba; tanto fuera un congreso internacional en un remoto país, como una charla organizada por la comunidad de vecinos o por un grupo de jóvenes que ponían en duda el modelo globalizador tan en boga. Allá estaba él, sin un “no” para nadie y siempre con alguna opinión fundada, sin improvisaciones, fruto del que ha leído y pensado y vivido mucho, con un bagaje hecho de pensamiento y acción, en lo intelectual y en lo político.

La muerte de Manuel Vázquez Montalbán es de las que dejan hueco, de las que abren simas profundas que nadie puede reemplazar. Se va una voz coherente y siempre a punto, porque su producción escrita es inabarcable; desde hace años colaboraba en varios diarios y revistas y leerlo ya era como comer o dormir, un acto cotidiano que parece que nada ni nadie puedan llegar a cambiar nunca, ni siquiera esta muerte inesperada y alevosa que le sobrevino en pleno aeropuerto de Bangkok. Ironía final: el humilde chaval del barrio chino acaba sus días en la otra punta del planeta, en un recorrido vital que no es sino la ruta de un hombre metido en las entrañas de su ciudad natal, pero que expande su inteligencia por los cinco continentes. Como si fuera el último capítulo de Los pájaros de Bangkok (1983), uno de sus Carvalhos, el detective Manolo espera sentado, mirando los aviones por la cristalera del aeropuerto, pensando en si jugará bien esa noche su equipo de fútbol, en un plato humeante de escudella catalana y en lo jodido que está —siempre igual, siempre los mismos— este mundo.

*Filólogo y cooperante español.  
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