Historia
Bluefields, rostro de Nicaragua frente al Caribe
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Luciendo festivo traje de palo de mayo. |
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Orient Bolívar Juárez*
DEL MITO A LA HISTORIA
La historia de Bluefields, como la de todas las comunidades del Caribe nicaragüense se pierde en los albores del tiempo. Es tan antigua que hunde sus raíces en la arcilla primigenia de los primeros pobladores de esta parte del continente. Su origen está cifrado en sus leyendas, en la impronta de sus etnias aprisionada en la arena, en los conchales, en las márgenes de sus ríos majestuosos y en la tierra de sus selvas vírgenes. El notable indigenista nicaragüense, Alejandro Dávila Bolaños, consideraba a los pobladores de nuestra Costa Caribe, los matagalpas y los ramas como el “sustratum étnico” de Nicaragua, es decir, como lo más antiguo y autóctono.
Fue tras el descubrimiento europeo en el siglo XVI de la tierra firme americana, que la historia y cultura de nuestra Costa Caribe, experimentó un viraje determinante. A partir de entonces lo que antes era mito, leyenda, comenzó a delinearse por medio de la escritura alfabética, a ser documentado por rubios y barbados navegantes y piratas del viejo mundo, que poco a poco comenzaron a hacer presencia y establecerse en su vasto territorio, atraídos por las noticias de fantásticos tesoros e inagotables riquezas naturales.
Por más que el almirante Colón, Caboto y demás navegantes se empeñaran en ocultarlo en sus cartas y bitácoras, el destello del oro americano acabó por deslumbrar las cortes europeas y ponerlas en pie de guerra, una contra otra, por el codiciado botín. Y así se dio inicio a esa nueva etapa de la historia del Caribe que en el siglo XVI se muestra “como un campo de batalla donde se juegan, con los dados de los piratas, las coronas de los reyes de Europa” como dice Germán Arciniegas en su formidable libro “Biografía del Caribe”.
Como consecuencia de esos hechos, todo empezó a cambiar vertiginosamente. Y así los nativos de nuestra Costa Caribe pasaron de sus “cacicazgos” ancestrales a ser reyes descalzos de opereta y charreteras, y sus pueblos y cultura, a experimentar una transformación impresionante que habría de dejarlos marcados con nuevos rasgos de identidad: el cambio del arco y la flecha por el sable, el mosquete y la pólvora; la sustitución de su “pulpera” o “tapa rabo” que describe Orlando W. Roberts, por chaquetas, pantalones y sombrero inglés; la adopción del habla inglesa, la mezcla con la raza negra, la fe cristiana y la adopción de usos y costumbres europeas, entre otros elementos que poco a poco fueron asimilados y que les sirvieron como medios y códigos eficaces de comunicación y entendimiento con el otro.
Entre una cultura y otra, hubo de inicio una relación abierta, regida por el intercambio: “cuchillos, hachas, machetes, cuentas de vidrio” a cambio de “plumas, goma de pino, guayacán, pieles y otros”. Tal fue uno de los principales propósitos de los primeros expedicionarios de la “Providence Company” de Londres que llegó a Cabo Gracias a Dios en 1633. Un propósito que se mantendría siempre como base de las relaciones entre los aborígenes y los ingleses. Fue este tipo de relaciones, justamente, la que hizo que los pobladores del Caribe nicaragüense desarrollaran admirables capacidades de intercambio, comercio e integración, así como notables destrezas de conocimiento y apropiación de la cultura del otro, no tanto por imposición, sino por asimilación y conveniencia.
DEL REINO MOSQUITO AL SIGLO XX
La Costa Mosquitia a partir del siglo XVIII registra al menos cinco períodos históricos que se suceden en el siguiente orden cronológico: el primero corresponde al Reino Mosquito (1786-1844); de ahí pasó a ser el Protectorado Británico (1844-1860); luego se le llamó la Reserva Mosquitia (1860-1894); en adelante se le designó Reserva Incorporada. Y en el siglo XX, se le conoció como Departamento de Zelaya, Costa Atlántica y a partir de 1988, se dividió en Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) y Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS).
Esa dinámica cultural, intensa y abigarrada, que se generó en el Caribe nicaragüense a lo largo de los distintos períodos de su historia, y particularmente a partir del siglo XVII, es algo que advertimos hoy de manera elocuente en las poblaciones de la Costa, por supuesto que en unas más que en otras, como por ejemplo en Bluefields, población legendaria y cosmopolita, abierta al comercio, que posee, además, el dominio del inglés, una características esencial que supera las barreras idiomáticas que tiene la zona.
UNA CIUDAD PRÓSPERA EN 1900
Por sus notables cualidades Bluefields es síntesis del Pacífico y expresión del desarrollo de la Costa Caribe nicaragüense. Su población llegó a tener a fines del siglo XIX un desarrollo que en muchos aspectos no fue logrado por otras poblaciones de Nicaragua.
Después de la reincorporación de la Mosquitia en 1894, la división política del Departamento de Zelaya comprendía siete distritos: Siquia, Bluefields, Laguna de Perlas, Río Grande, Corn Islands, Barra Prinzapolca, Cabo Gracias a Dios, Cuicuina y Wawa River. De todos ellos Bluefields era el más importante y próspero, contaba con cinco circunscripciones: Ciudad de Bluefields, Caserío Rama Cay, Caserío Punta Gorda, Caserío Monkey Point y Caserío de la Fortaleza del Bluff.
Resulta admirable el empuje comercial y urbanístico que presentaba Bluefields seis años después de la Reincorporación de la Mosquitia. En el período 1899-1901, la ciudad contaba con 6,200 habitantes, según estimaciones del Secretario del Intendente o Comandante de la Costa Atlántica en ese entonces, el poeta Samuel Meza Briones.
Del total de sus habitantes, quinientos eran extranjeros de distintas nacionalidades: ingleses, norteamericanos, chinos, jamaiquinos, etc., lo que demuestra su cosmopolitismo y vocación comercial.
Para esos mismos años contaba con una aduana ubicada en la fortaleza del Bluff, con la que se comunicaba por teléfono. La importación de Bluefields en el período agosto diciembre de 1901 fue de C$ 254,397.57 en oro y la exportación de C$ 16,082.91 en el mismo período; en la bahía era notorio el movimiento marítimo de vapores, goletas, balandras, bergantines, canoas y botes.
Para entonces Bluefields contaba con un considerable número de negocios: seis grandes almacenes; quince establecimientos, cinco hoteles —tres de primera clase y dos de segunda clase—; cinco casas exportadoras de madera; dos compañías bananeras; una fábrica de agua gaseosa, una joyería, dos lavanderías, una fábrica de hielo, cuatro boticas, un estudio fotográfico, una zapatería movida a vapor, dos casas de comisionistas, tres billares, dos consulados —uno inglés y otro norteamericano— y con al menos dos periódicos impresos “The Recorder” y “El Ferrocarril” que reflejaban el intenso movimiento comercial de la ciudad. Además en el ámbito religioso contaba con cinco iglesias: una iglesia católica, dos moravas y dos anglicanas; cuatro asociaciones masónicas.
Obviamente ese nivel de desarrollo alcanzado, junto a otras consideraciones políticas-administrativas, fueron la causa que le valieron a Bluefields para ser elevada hace 100 años exactamente al rango de ciudad, el 11 de octubre de 1903 bajo el gobierno del Presidente José Santos Zelaya.
ROSTRO FRENTE AL CARIBE
Hoy en día uno de los grandes méritos de Bluefields es ser la cara de Nicaragua frente al Caribe. Bluefields representa el otro lado del país que nos llama a girar nuestra mirada hacia las principales rutas comerciales del mundo. Nuestra resistencia a ello ha sido una de las grandes debilidades de Nicaragua que siempre se ha empecinado en permanecer de espaldas al Caribe. En ese sentido, nos ha hecho falta tener la visión de aquellos que antaño comprendieron su enorme importancia estratégica para el desarrollo del país como la del Capitán Bedford Pim, que con lucidez genial concibió en 1862, la primer idea de hacer un ferrocarril transoceánico por Nicaragua para unir ambos océanos a partir de Monkey Point o el Gral. Zelaya, que se empeñó en llevar adelante ese proyecto vital y no pudo conseguirlo, por las luchas políticas de sus adversarios que se alzaron en armas y por la injerencia extranjera en nuestros asuntos internos. Ojalá que ahora terminemos por comprender de una vez por todas, que el Caribe es la puerta ancha de entrada de nuestro progreso.
* Historiador Asociado. 
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