Fe en el oficio
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 | Esa pregunta sólo admite un sí o un no |
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Alan Mills*
Llevo más de una hora intentando una primera línea. Este es el texto más difícil de mi vida, por lo menos de mi vida vivida. No puedo negar que Monteforte me sigue intimidando, me acecha su sombra tras cada palabra que equivoco o acierto. Qué difícil hablar de lo íntimo, de eso que creemos saber con tanta solidez. Hace unos días escribí dos páginas con este mismo título y no pude otra cosa que echarlas a la basura. Monteforte quemó su primera novela, según contaba, y nunca lo noté arrepentido. Cualquier remordimiento, en mi caso, sería ridículo. Cómo quisiera tener un ghost writer, alguien con oficio que contase por mí esta historia que, de tan mía, me es inaprensible.
La invitación no era para mí. Dos líneas tachaban el nombre de mi madre en el sobre y el mío era apenas una añadidura. Han pasado más de dos años desde aquella tarde de enero en la que, movido, casi arrastrado por el tedio y sin expectativa alguna, llegué al acto que sería el trasfondo de mi primer encuentro con Mario Monteforte Toledo.
Terminado el acto, se trataba de una premiación literaria, abordé, un tanto temeroso, al que, sin haber sido premiado ni haber entregado premios, fue centro indiscutible de la ceremonia. Dos años antes, en 1999, mi madre volvía a casa emocionada. Me dijo que había conocido al autor de la “Monografía Sociológica”, texto fundamental en sus años de estudiante en la Facultad de Derecho. No era un título que le dijera mucho a un estudiante de leyes en mis días. Mi madre sabía, entonces, que yo acumulaba tinta en algunos cuadernillos y me motivó a llamar a Mario Monteforte Toledo, quien generosamente le había proporcionado su número telefónico. Yo no sabía muy bien quién era él, pero la eufonía de su nombre me preparaba para algo muy grande. Por alguna razón (soberbia, quizás, miedo, tal vez), no lo llamé. Ahora, en medio de los vinos de honor de la premiación, todo aparecía ante mí con una luz diferente. Quería acercarme a él. Yo acariciaba ya la idea de hacerme escritor y leía con fruición los Cuentos de la Biblia y sus columnas dominicales. Maestro, lo quiero felicitar por sus ideas, le dije, así, sin más. Me vio a los ojos, al tiempo que esbozaba una sonrisa tenue y franca. Muchas gracias, yo trato de envejecer con dignidad y eso es muy difícil, respondió. Me estremeció esa lucidez, esa gracia para expresar cosas inteligentes sin inmutarse, como sin esfuerzo. Intentaba la manera más sutil de despedirme, cuando él, quizás presintiendo los días futuros y viéndome con alguna confianza, preguntó: ¿Y usted, escribe? Más o menos, asentí. Esa pregunta sólo admite un sí o un no, imprecó agudo y exaltado. Sí, escribo, confesé con vergüenza, mientras preparaba el lapicero para anotar las que serían mis coordenadas de búsqueda durante más de año y medio.
NINGUNA FELICIDAD ANTERIOR
No me animé a visitarlo solo. Esa tarde encontré en la universidad a un amigo y, sin mucho preámbulo, le pedí me acompañara a la casa de Monteforte en La Hondonada. Llevaba mi dossier bajo el brazo y la esperanza de que don Mario viera en mí la más próxima reencarnación de Chéjov (versión tropical, por supuesto). Todavía conservaba algo de la molesta jerga de activista estudiantil y me permitía elucubrar frases de Marx y de Rousseau con total impunidad. Monteforte me conminó a evitar la mezcla sin cálculo de ideas políticas con literatura. Aún con eso, el mismo don Mario propició, unos meses después, la publicación de mi primer poema en la revista Magna Terra: Octubre (un libelo lamentable y político, lo cierto). Nos sentíamos a gusto, maravillados en presencia de tan grande personaje. Nos apabulló su amabilidad, su trato de joven, su hablar acicalado. Mi amigo sigue diciendo, en tren de hablar en broma, que aquella fue una tarde de masturbación intelectual. Llegado el momento de despedirnos dejé, un poco sospechosamente, mi dossier en la mesa de sala y le pedí que por favor leyera mis textos. Llámeme dentro de un mes, ahora no tengo tiempo, estoy lleno de lecturas, sentenció.
El recuerdo de aquella tarde me era suficiente, pensaba, en mi ignorancia. No entendí que cuando Monteforte abrió la puerta de su apartamento en La Hondonada lo hacía para siempre. Comenté a mi madre y a mis íntimos aquel encuentro con orgullo de quien ha conocido a un nombre de las enciclopedias. La noche siguiente, sonó el teléfono de mi casa. Contestó Matilde y me dijo, con gesto preocupado, que me llamaba un viejo gruñón. Saludé y él saludó. Sin mediar nada más replicó: señor, me gusta su trabajo. Ninguna felicidad anterior era comparable a ésta. Traté de calmar mi agitación y pregunté: ¿quiere decir que son buenos mis cuentos? No. Sus cuentos son una porquería. Pero su poesía vale. Venga mañana a las 5:00 p.m., quiero que trabajemos juntos. Y tiró el teléfono.
DON MARIO, SUS LIBROS, EL TÉ DE LAS CINCO
Un apartamento sobrio y con sentido de la composición. El último cuadro de Guayasamín a la entrada. Alguna vez ayudé a Monteforte en la curaduría de su sala y mi espalda parecía quejarse más que la suya. Casi quedo con la mano incompleta el día que arreglamos su colección de dagas. Sus últimos días los iba en pintar su trilogía del incendio de la Biblioteca de Alejandría y en aprender el uso correcto del Internet. Su casa, un recinto armonioso de pasión y orden. En mi segunda visita me indicó que era una suerte que yo supiera leer inglés, pues así no perderíamos el tiempo. Ese mismo día descubrí la biblioteca de poesía más prodigiosa y amable. Iniciamos, pues, una rutina que se prolongaría por más de año y medio. Toda lectura o trabajo era inevitablemente interrumpida a las 5 en punto. Hora del té. Algunas veces bebimos mate a la manera de un té, es decir, sin cebar la hierba, en taza. Durante el té yo lo escuchaba atento y él me oía severo pero respetuoso. Su silencio me impuso hablar sin desperdicio.
ABC of reading fue la primera y más importante de mis lecturas en su biblioteca. Puedo mencionar también los ensayos de Allen Tate, Cyrill Conolly, Michel Butor, Lionel Trilling y Pound, por supuesto. Descubrí Las elegías de Duino de Rilke, los Collected Poems de Dylan Thomas, la obra completa de Pessoa y Borges. Alcancé a vislumbrar la grandeza de César Vallejo. Leí Imagen de John Keats de Cortázar en dos días. Tradujimos juntos a Joâo Cabral de Melo Neto y algo ayudé en sus extraordinarias versiones de Derek Walcott. Nos entreteníamos subrayando los versos más memorables de Pessoa. Me amanecían días ajenos en la memoria al ver libros dedicados para él por Neruda, Arguedas, Revueltas o Nicanor Parra, por decir unos.
Los primeros días bajo su tutela e impulsado por el entusiasmo escribí poemas malos, pésimos. El entusiasmo y la confianza en el talento son enemigos acérrimos del poeta. Don Mario me enseñó a amar la buena poesía animándome a desechar la mayor parte de lo que escribía. En ese apartamento garrapateé casi todo mi libro “Los nombres ocultos” (título que se le ocurrió a Monteforte una tarde de lluvia, mientras esperábamos la grúa que remolcaría mi auto descompuesto), editado gracias a la generosidad de la familia Guinea.
Íbamos al cine de tarde en tarde y también le aprendí a odiar a los que hablan durante las películas y a distinguir la buena fotografía y la gran dirección. Don Mario me mostró que la poesía debía ser una herramienta para desarrollar las posibilidades del lenguaje y me contagió la lectura diaria de César Vallejo. Mario Monteforte Toledo es el viejo que todos quisieran ser cuando jóvenes y el joven que todos desean ser cuando viejos.
Entre esas paredes descubrí mi vocación y aprendí que escribir bien requiere de mucho sudor y fe en el oficio. Un té de Ceilán fue la última de sus ofrendas.
PONER ORDEN
Ahora pienso que mi vida puedo dividirla en dos: una antes y otra después de conocer a Mario Monteforte. Soy apenas la sombra de aquel muchacho que visitaba al maestro. Tengo 24 años, mis familiares dicen que camino más erguido, que hablo menos y mejor. He aprendido a amar lo superior, a respetar a los que han hecho trabajos de arte mayor y a querer a la gente modesta y sencilla. Don Mario siempre me invitó a desconfiar de los viejos y de la gente que da la mano como si extendiera un pez agonizante. No hablaba mucho de lo que odiaba o de la gente miserable. Al regresar de Barranquilla, en el 2001, omitió el cuento de su dislate con Walcott y en cambio nos dejó la mejor traducción del poeta en lengua española.
El aura de Monteforte me trajo la amistad de Pepo Toledo (el sobrino al que llamaba su segunda madre) un hombre que ha sabido aprender lo mejor del maestro y que sabrá custodiar su legado. Muchos nos reuníamos alrededor de él y espero lo sigamos haciendo. Conozco gente que le tenía mala leche y que luego le organizaba almuerzos pantagruélicos. También vi muchos libros de jóvenes iconoclastas y anti-viejos esperando su bendición en algún estante de la biblioteca. Sólo una vez lo vi pasarse de vinos, manejaba a sus 91 años, y eso casi nos cuesta la vida. Le debo algunos de mis mejores amigos y hasta el amor.
La primera vez que lo vi adiviné en él un rostro entre Alonso Quijano y Ezra Pound. Claro que entonces yo desconocía el rostro de Pound. Aquel día, como ahora, lo ignoraba casi todo.
Ciudad de Guatemala, 6 de septiembre de 2003.
*Escritor guatemalteco. 
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