La religión de la basura
Pedro León Carvajal
Dedos de solfear bemoles. Los ingredientes: la atmósfera, la penumbra, nuestro espeso caldo de cultivo, los personajes sin forro que les entone el alabado, la multitud de las cosas tramitando migraciones peregrinas y descalzas entre nuestros dedos. Nuestra realidad es agua chirle, sus personajes actuales son de fibra artificial, le pertenecen a sus mundillos microscópicos, tampoco buscan otros y siempre necesitan de refuerzos, a pesar de estar completos.
Ahora bien, veinte córdobas, un billete solito de veinte córdobas, qué aspiraciones de significación y trascendencia hubiera podido colmar por sí mismo? A menos que lo consideráramos como cosa personal, en cuanto pasajero de unos multitudinarios desplazamientos de fracciones ínfimas que tiene que cumplir el rebaño entero de las cosas, las tribus migratorias de objetos inertes durante esta época del año. Entonces sí, el de por sí insignificante billete de veinte córdobas goza más de los plenos atributos de nuestra nicaraguanidad que nuestra ánima sola, desamparada, escéptica, aburrida de andar espantando entre los escombros de las desolaciones xolotlanas.
Nuestra realidad tiene hambre de devorarse, de digerirse y desecharse. Una realidad que muerde, tritura, machuca, engulle, que es capaz de borrar de un mordisco nuestros ahuevados gérmenes de identidad. Esa misma realidad calcula hoy en cambio los totales globales de diversión recién alcanzados durante nuestro feriado nacional, con la asistencia piadosa de una flota de camiones recogedores de basura. Suenan a rebato por las calles las campanas que anuncian la religión de la basura. Acaso La Chureca, intestino grueso, bonete y librillo de Managua, acuse recibo hoy mismo del monumental cociente de desperdicios y desechos que habremos producido después de estas jornadas de tanta alegría nacional. 
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