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SUPLEMENTO
SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA
SáBADO 18 DE OCTUBRE DE 2003
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El Zorro, el Gallo y el Perro
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Lo que no sé decirles es lo viejo que es este cuento. Viejo, viejo, viejo. Cuando llegó Colón, se lo contaron. Pero antes le dijeron que el cuento era viejo, viejo, viejo, como dijo Vallejo y tiró el sombrero a la basura.
Hoy se saludaban, mañana un comentario, pasado mañana una conversación, y el otro una confidencia. Así se fueron haciendo amigos el gallo que despertaba la casa y el perro que la cuidaba. Amigos por demás.
Un día, compartiendo un café, entran a hablar de viajes. Y el perro le dice al gallo que hace tiempo que no viaja. Y el gallo le dice al perro que hace tiempo que no viaja. Y los dos dicen: “¿y por qué no nos echamos un viajecito?
Dicho y hecho. Se fueron nomás. Caminaron por la pampa enorme, cruzaron ríos, remontaron subiditas y bajaron bajaditas. Y un buen día se metieron en el monte. Con miedo, se metieron. Porque en el monte eran como sapos de otros charcos. Andaban medio con miedo, los dos amigos.
Llegó la noche y tomaron precauciones. Para dormir, el perro se metió en el hueco de un árbol. Y el gallo se subió a las ramas más altas del mismo árbol. Y se durmieron. El perro soñó con una tira de chorizos. El gallo soñó con abundante grano.
Ahora viene lo que pasa al amanecer. Y lo que pasa es que el gallo se tira un gran canto, como todas las mañanas. Y el perro se despereza y remolonea, y no quiere salir del hueco calientito.
Y hay un tercer personaje, que oye el canto del gallo. Y lo que oye el canto del gallo, se le hace agua la boca. Porque este tercer personaje era Juan, el zorro. Y el zorro piensa en comerse al gallo y va para el lado de donde viene el canto. Al llegar al árbol, mira para arriba y dice al gallo:
—¡Qué lindo canto el suyo, gallito! ¿Por qué no baja? Porque yo quiero tener un autógrafo suyo. Tengo uno de Gardel, uno de Pavarotti y uno de Luis Miguel.
—Bueno —dice el gallo— cómo no. Pero primero le voy a pedir un favorcito, si es tan amable. Vaya y despierte a un hermanito mío, que está durmiendo ahí abajo, en el hueco del árbol.
Y el zorro se creyó que el “hermanito” era otro gallo, y otra vez se le hizo agua la boca, y ahí nomás fue y se asomó al hueco. Y en cuanto se asomó al hueco, el perro lo agarró y le dio semejante revolcada. Lo dejó hecho paste y todo mojado. Pobre zorro.
Y después siguieron su viaje el perro y el gallo. Y déjenlos que sigan, que nosotros nos quedamos pensando en la moraleja. Yo, por mi parte, digo que es bueno ser astuto como el zorro. Pero es mejor tener amigos. |
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