JUEVES 16 DE OCTUBRE DEL 2003 / EDICION No. 23243 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Reportaje especial
Quemados de por vida

Foto  
. Las quemaduras causan lesiones físicas y sicológicas permanentes en los niños, principales víctimas de accidentes caseros. Dolor, angustia e impotencia es lo que impera en la Sala de Quemados del Hospital Fernando Vélez Paiz, donde el personal médico se enfrenta casi a diario con una tragedia diferente

Doña María Isabel Téllez, llora al recordar la forma en que su hijo de dos años cayó en un perol de maíz hirviendo. (LA PRENSA/U. MOLINA)

 

Luis Alemán
luisaleman@laprensa.com.ni



La construcción de la pequeña vivienda centraba la atención de todos los adultos de la familia López Téllez, incluso, de algunos vecinos que llegaron hasta la propiedad de José Bartolo López, para apoyar en el trabajo de construcción que habían iniciado desde muy temprano de aquel 23 de septiembre.

Todos estaban ahí, volcando sus esfuerzos en la construcción de la casita nueva. Era urgente levantarla, el tiempo inclemente en esos lugares, lo hacía necesario, por esa razón trabajaban sin descanso.

Así transcurrieron las horas y pronto comenzó a calentar el sol y con ello a sentirse el hambre entre quienes laboraban desde tempranito. En el patio los chavalos jugaban despreocupados, alegres, usando cualquier cosa que sirviera de entretenimiento y que pudiera ser imaginado por la creativa e inocente mente de los niños.

En la casa ubicada en una comunidad llamada El Barrio, en la comarca Santa Elisa, en Boaco, todo era actividad. María Isabel Téllez, esposa de López, pensó que ya era tiempo para hacer el almuerzo, por lo que improvisó un fogón en el suelo, el cocinero de la casa aún no estaba terminado.

Había que dar de comer a varias personas y puso al fuego un gran perol con maíz, para posol. En esos lugares profundos de la montaña, el posol es el alimento de primer orden, pero además, era lo único que tenían para comer.

Mientras el fuego hacía hervir el perol de maíz, Téllez continuó con su labor y los chavalos igual, siguieron jugando, divirtiéndose con los juegos infantiles.

Ninguno de los adultos presintió el peligro, quizás la urgencia de terminar pronto el trabajo de construcción de la casa, hizo que se descuidaran de los chavalos quienes seguían corriendo en el patio, mientras el maíz comenzaba a hervir.

“La verdad es que no recuerdo cómo ocurrió todo. Estábamos cociendo el posol para comer y el caldero con agua hervía”, relata doña Isabel. “Dios es muy grande, mi hijo hubiera muerto en el caldero”, reflexiona, mientras hace memoria, recordando los momentos que precedieron a la tragedia.

Sus tres hijos, todos menores, corrían en el patio, pero el más pequeño, Enrique José, de dos años, comenzó a caminar de espaldas y no pudo ver el peligro. “No sé qué se imaginaba, pero iba directo hacia el perol hirviendo”, señala.

Pero como si una fuerza divina la empujara, Téllez dejó lo que hacía y se levantó intempestivamente hasta donde estaban los niños y pudo ver como Enriquito caía sobre el caldero. “No sé, pero logré agarrarlo de una manito y del pelito; y lo jalé fuerte, si hubiera caído totalmente en el perol, mi niño hubiera muerto quemado”, relata llena de angustia y con sus ojos llenos de lágrimas.

Lo que siguió para la familia López Téllez y principalmente para el niño, es indescriptible, las nalguitas y parte de los piecitos del pequeño, en cuestión de segundos se llenaron de ampollas, lloraba incesantemente.

La angustia, la impotencia, el dolor, el llanto y la desesperación se apoderaron de los padres del niño que actualmente ocupa una cama en la Sala de Quemados del Hospital Fernando Vélez Paiz. Las quemaduras están sanando y los médicos aseguran que muy pronto podrá ser dado de alta.

Y aunque los daños en la piel del niño no serán visibles, la secuela sicológica será permanente y muy difícil de superar.

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