En las obras de Cuervo y Barreto
El idioma español
Jorge Eduardo Arellano
Durante la antepenúltima década del siglo XIX, mientras se desarrollaba en León un generalizado, propicio ambiente cultural, se inició en nuestro medio letrado la afición al filologismo, introducida por influjo colombiano. Como lo señaló Rubén Darío, “en un tiempo, cuando a Bogotá se le llamaba la Atenas de América, fueron aquellos países [los centroamericanos, y particularmente Nicaragua], como dependencias académicas de Colombia y Venezuela”. Tal fenómeno se daba en otras ciudades del país, pero tenía en la metrópolis sus representantes más tenaces: Mariano Barreto (1856-1927) y Alfonso Ayón (1858-1944).
Barreto recordaba en 1900 que cuando llegaron a León las Apuntaciones críticas del lenguaje bogotano de Rufino José Cuervo (1844-1911), “incurriríamos en la mayor parte de los errores censurados por él; y ahora estas mismas apuntaciones son ya conocidas de gran número de personas. Allá por los años de 1888 uno que otro hablaba de galicismos, y hoy el diccionario del señor Baralt, y otros libros referentes al asunto, corren de mano en mano” (Sexto artículo de la serie “Por hablar castellano” El Ateneo Nicaragüense, Año II, Tomo II, Núm. 17, diciembre, 1900, p. 408). Barreto aludía primero a la obra fundacional de la dialectología hispanoamericana (las Apuntaciones citadas, aparecidas entre 1867 y 1872) del colombiano Cuervo, recibidas con alborozo por los más grandes lingüistas de la época y que, en sus ediciones sucesivas, llegaría a superar su plan normativo originario y a transformarse, de acuerdo con el título de su publicación póstuma, Castellano popular y Castellano literario, en una dialectología general del español. Y segundo al Diccionario de galicismos del venezolano Rafael María Beralt (1810-1860), editado por primera vez en Madrid, 1855. Sin embargo, la edición que llegaría a Nicaragua debió corresponder a la de Caracas, 1874.
El mismo Barreto disponía de casi un centenar de obras, comenzando con la duodécima edición del Diccionario de la Lengua Española (1884 y 1888), para seguir los pasos de ambos sudamericanos, secundado por Alfonso Ayón, prologuista de sus dos primeros libros que destinaba “a las personas incultas”. En consecuencia, Barreto y Ayón asumieron el papel de acérrimos y entendidos defensores de la lengua española en este “humilde pedazo de la tierra americana” que era Nicaragua. Aquí, para entonces, a los profesores de gramática en la enseñanza media le eran familiares “las obras de Bello, Cuervo, Caro, Suárez, Isaza, Guzmán, Calcaño, Rivodó, Reyes, de la Barra, Mujica, Irrisari, etc., y aún muchas de las buenas españolas, como las de la Academia, Salvá, Salazar, Giró y Roma, Salleras, Díaz Rubio, Martínez García, Nonel y otros más”. Así lo puntualizaba Barreto en el primer tomo de su tercer libro: Idioma y letras (1902).
Como se ve, un profundo amor a nuestra lengua española, de la cual se derivaba una convicción “antigalaparlista”, condujo a los citados filólogos leoneses a mantener una compaña por su conservación castiza. En concreto, su práctica consistía en identificar las “incorrecciones” frecuentes del habla y redacción populares. Práctica que se hacía con el fin de preservar la “pureza” del idioma y coleccionar vocablos rastreando sus procedencias y ejemplificando su uso correcto con fragmentos de escritores del Siglo de Oro.
Tras señalar cierto progreso en el léxico popular de Nicaragua, de acuerdo con la orientación normativa que aplicaba, Barreto amplió su campaña didáctica, en una segunda obra, a la ortografía; de manera que su compañero de faenas Ayón anotaba en el prólogo correspondiente: “Habiendo elegido el señor Barreto el método de ejercicios y preguntas, como muy adecuado al fin práctico a que destina el libro, ha cuidado de no confundir la parte teórica con la propiamente preceptiva, dedicando a la primera un capítulo especial”. Más aún: los Ejercicios ortográficos (1900) de Barreto contenían un “Catálago de más de seiscientas voces que ordinariamente se escriben mal en Nicaragua”.
Dos años después, aparecía el primer tomo de Idioma y letras, tercera obra de Barreto, mereciendo éste el elogioso comentario en España de Miguel de Unamuno (Revista bibliográfica, en Nuestro tiempo, Madrid..., reproducido en “Antología de los verdaderos poetas y escritores de León”, revista Darío, 1922, pp. 2-3).
El justo prestigio adquirido por Barreto le valió relacionarse con el propio Rufino José Cuervo que en su magno Diccionario de construcción y régimen (1886 y 1893) el cual elevó el español a la misma categoría que a otras lenguas otorgaron obras similares de autores decimonónicos, convirtiéndose Cuervo en una figura sobresaliente no sólo de la lingüística hispanoamericana, sino de la española en general. Por ello recibimos, con emotivo agradecimiento, su edición definitiva en los ocho volúmenes que donó a la Academia Nicaragüense de la Lengua, la embajadora de Colombia en nuestra patria doña Melba Martínez López. En reciprocidad, le entregamos para que se las hiciera llegar al Instituto Caro-Cuervo fotocopias de la correspondencia entre Cuervo y nuestro filólogo Mariano Barreto. Se trata de ocho piezas, datada la primera del 6 de diciembre de 1901 y la última del 26 de marzo de 1908 (4 firmadas por el primero y las otras 4 por el segundo), difundidas tanto en el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (Núm. 15, enero-febrero 1977) como en la revista Lengua (Núm. 12-13, junio-septiembre, 1996).
No quisiera detallar los contenidos de esas piezas epistolares, mucho menos insistir en el papel que ocupa Barreto dentro de la historia de nuestra lexicografía. Basta tener en cuenta que su relación con Cuervo contribuyó a que variase de orientación. Porque el Barreto de los Vicios de nuestro lenguaje, no es el mismo del “Lenguaje popular de Colombia y Nicaragua”, primer estudio en su género realizado dentro del área centroamericana. Dicho trabajo —disperso en muchos números de la revista La Patria, de León durante los años 20- fue apreciado por Cuervo en su última carta dirigida a Barreto, desde París, el 23 de marzo de 1908:
“El estudio comparativo que usted ha emprendido entre el habla popular de Nicaragua y de Colombia es utilísimo, y ojalá se hiciera cosa parecida en los demás países de nuestra querida América, tomando por base cualquiera de los trabajos relativos a nuestro lenguaje. Con esto lograríamos una especie de plebiscito, y sabríamos, según la antigua fórmula, quod semper, quod amníbus, quod Unique, y acallaríamos muchos escrúpulos ocasionados por olvidos disculpables, hasta cierto punto, o por condenaciones arbitrarias...”
Y concluye Cuervo su carta: “La competencia de usted en estas materias y el renombre que por ella ha alcanzado tan justamente, como lo proclama el insigne Rubén Darío, dan a la dedicatoria de usted un valor que no puedo atribuir sino al cariño de usted y que me obliga a explicarlo por el trivial dicho que amor no quita conocimiento. Esto y todo lo demás agradezco de todo corazón [...] Gracias mil, buen amigo mío: siga usted queriéndome como y lo quiero. Suyo de veras. R. J. Cuervo”. 
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