La Camerata Bach: nuestro orgullo
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 | Lo clásico de la música nicaragüense fue llevado a escena por Licia Lucas y Camerata Bach en el Teatro Tower de Miami, Florida |
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Joaquín Absalón Pastora
Aún prevalece “aquel almendro de onde la Tere” (Carlos Mejía Godoy), aún se oyen las voces de la Paisania Nostálgica coreando El solar de Monimbó (Camilo Zapata), liturgia modélica de la vernacularidad, aún se oyen la Nicaragua mía (Tino López Guerra), exaltada por la jubilosa asistencia, aún se oyen los lloriqueos espirituales de Nicaragua Nicaragüita (Carlos Mejia Godoy) extracto de la misa cantada con incienso pinolero.
Era la imagen del coro rotundo en el septiembre patrio en el Teatro Tower de Miami, Florida.
El espectáculo dio a las efemérides una imagen renovada en el plano de la culturización, protagonizado por las cuerdas, predominantes en la Camerata Bach movida por sus mentores Ramón Rodríguez y Raúl Martínez.
Paulatino en su evolución, el programa fue creciendo en el ambiente de su instrumentación, de lo flemático a lo informal. Casi todo lo tocado fue compuesto para marimba pero sus maderas en el rol protagónico fueron las ausentes. Vibró, por el contrario, el otro lado de su esquema campechano de su consonancia campesina: el violín.
Tres violines, una viola, un violonchelo, un contrabajo en la reunión de las cuerdas, y como solidarios en el mimo, en la pícara matización, flauta, oboe, clarinete, guitarra y marimba, sustituida la inspiradora de los bailes típicos sobre la polvareda rural, por el sonido fino y engullado en terciopelo de violín.
Anduvo el concierto en crecimiento didáctico desde que Licia Lucas agotó la temática clásica al haber desnudado con sus manos —porte fibroso en empatía— a Héctor Villalobos y a Luis Abraham Delgadillo, memorable de lo nuestro en la estructura académica, capaz de clasificar en las salas de la exigencia hermética y además de eso el arreglista del Himno Nacional de Nicaragua, flexibilizador de su tono original en sol mayor puesto hacia abajo para que los menos favorecidos por la sensibilidad auditiva pudieran tener más accesible identificación con su música.
De Villalobos expuso del ciclo brasileño número tres: “Impresso es se resteiras”, hecha por el maestro para examinar y comprobar las facultades del concertino cuando ha sido expuesto en la inmensa soledad por el formato físico del escenario y por la imaginación del autor para que en esa soledad luzca sus sonoridades privilegiadas.
Y de esas cualidades para un solitario demostró estar bien precavida Licia Lucas, quien ha tomado muy en serio y con llamativo cariño el fomento de la interpretación de la música clásica en Nicaragua. Deslizó su habilidad internacionalmente reconocida e hizo honor a los merecimientos por ella recibidos, chispea en su pecho “la medalla de oro de la orden mecenas del arte y de la cultura nacional”. Sintiéndolo como si fuera su genial compatriota, interpretó los preludios doce y trece de Delgadillo.
De ahí tanto ella como su plano con quien contrajo virtuosas nupcias, dejaron de estar solos para dar paso a lo que nombra a la Camerata: Juan Sebastian Bach, aunque lo puesto de él haya sido una transcripción: el concierto en fa menor, algunas veces ejecutado en sol mayor en versión de oboe solista, brindado también en violín. Pero esta vez el plan estaba diseñado para que Licia luciese el encanto de sus recursos manuales sobre el tupido ofrecimiento de sonidos, recordados los encajes apócales del clavecin. El piano dominó. Lo demás fue tímida y sutil compañía.
Pasaron raudos los movimientos. El segundo muy italiano, vivaldísimo, nos hizo recordar los conciertos italianos, el tercero lleno de la severidad alemana, simbiosis de lo puro de dos cunas con fecunda tradición barroca. Por algo se dice por el contraste que esa obra fue originalmente concebida por Vivaldi, remozada en su transcripción por Bach, fuera del serial de los brandenburgueses.
Luego agotada la ruta de los latidos sosegados, subió el concierto de nuestros pájaros, las fiestas bravas y fachendas de la provincia. Santo Domingo fue representado con La mora limpia de Justo Santos, La limpia del árbol de mora.
La Camerata Bach apropiada para discurrir entre las diferentes estancias.
Descubrámonos ante estos quince ejecutantes. Once son, como los de Licia Lucas, los años que tienen de estar al frente del acontecer cultural autóctono ilustrado por los arreglos en armonía con el post-tiempo respetándose los emblemas promigenios a los que sin quitárseles una sola de las plumas añejas, como en los tres sones de El Guegüense han puesto en alto relieve el colorido folclórico. 
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