Narrativa
El cuidador de tumbas
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Torre de la Iglesia Santiago de Boaco. Martha René Scheneegans. 2003. |
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María Cecilia Bravo
A Dionisio Montiel quien me contó esta historia.
Dionisio Montiel había dedicado la mitad de su vida a trabajar en el cementerio de la ciudad, desempañando su oficio de albañil construyendo bóvedas, se conocía el cementerio como la palma de su mano y además sabía de memoria la genealogía de cada habitante de la ciudad silenciosa.
El vivir cerca del cementerio le había permitido ese contacto permanente con los celadores del mismo y compartir sus experiencias en este sitio tan temido por muchos y al que inevitablemente todos tenemos que llegar.
Dionisio se había hecho amigo de Ceferino que era el celador por la noche y al que los fines de semana religiosamente le llevaba un nacatamal para que cenara. Siempre platicaban acerca de su trabajo y de las rondas nocturnas que Ceferino realizaba en una extensión de veintiocho manzanas y auxiliado sólo por una lámpara y una clava de madera pues a veces tenía que enfrentarse con uno que otro vago que llegaban a robarse los mangos más ricos de la ciudad y los mejores abonados también, y con los brujos que venían desde Diriomo a llevar tierra de muerto para sus quehaceres cotidianos. En una ocasión Dionisio le preguntó a Ceferino si no le habían asustado, nunca a lo que el otro respondió que no, que él a quien le tenía miedo era a los vivos, pues los muertos no le andaban saliendo a nadie y que a él en años de cuidar de noche no le habían espantado.
Dionisio le dijo: apuesto que no pasas por el mausoleo de la Moralona. Ceferino le dijo: no sólo paso sino que puedo entrar yo no conozco el miedo, cuidado y no pasa esta noche sin que lo haga.
Un domingo por la tardecita ya oscureciendo se dispuso a cenar para después hacer su ronda de rutina y le iba cumplir lo acordado a Nicho Montiel, pasar por el mausoleo de doña Encarnación Hurtado de Morales, mejor conocida como “La Moralona”, quien había sido en su época una de las mujeres más ricas del país y cuya tumba era una de las mejores del cementerio, una réplica de la capilla de María Auxiliadora en Turín, en mármol. Luego de revisar el cementerio de arriba abajo dejó por último la visita al mausoleo, tomó agua y aliento y dirigió sus pasos hacia allá. Empujó la verja, entró y no supo más de sí. Al día siguiente lo encontraron tirado inconsciente junto al mausoleo, cuando Nicho le ayudó a levantarse le preguntó: qué te pasó hombre Ceferino. Éste le dijo que por favor no le preguntara jamás sobre lo ocurrido la noche pasada que ni en voz de muerte iba a contar lo ocurrido ese domingo.
Nicho Montiel y los demás trabajadores creen que Ceferino pudo haber visto el espanto de “La Moralona”.
San Francisco, Granada, septiembre 2003. 
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