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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 4 DE OCTUBRE DE 2003
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Domo de Cebolla original de la arquitectura de la Iglesia Ortodoxa Rusa, de la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de la ciudad de Boaco. Martha René Scheneegans. 2003.

 

Carlos Cardenal

CAPÍTULO I

Quiero detallar las características de cada uno de los miembros de una familia que habita en zona rural, cercana al mar y a quien visito por simpatía especial, ya que me interesan las cosas que allí se oyen de los lugareños, que visitan ese hogar y de los propios miembros de esa familia, que aunque no muy locuaces, son para mí originales y poco comunes en el ambiente citadino.

Don Octavio, es hombre de una setentena de años, bien conservado, apuesto todavía, canoso y con una ligera protuberancia abdominal y esencialmente taciturno. Alguien sobre él dice, que no escucha, ni oye, no por sordera, sino porque está siempre pensando en el “monte”, en su huerta que le obsequió la cooperativa y donde tiene puesta su alma y toda su energía.

Cuando uno se dirige a él, siempre tiene la mente puesta en otra cosa, que no es precisamente el tema de la conversación, por eso puede parecer pesado, pero está con su imaginación en el “monte”, pendiente de su milpa y de sus cosechas que nunca rinden, por todos los motivos plausibles, empezando por los malos inviernos, que prevalecen en la costa del Pacífico de Nicaragua. Conste que este señor vive muy cerca del mar y tiene el recurso de la pesca, a la cual varios de sus hijos se dedican y comparten con él los pequeños beneficios que esta industria artesanal produce, con el pescado regalado que obtiene y al que tiene derecho, don Octavio se las arregla para mantener la dieta básica de su hogar y de sus nietos, cuando la agricultura le dice definitivamente no, al terminar el invierno.

Esto último aumenta la dureza del rostro sombrío de don Octavio, que parece un ser ausente cuando se charla con él y contesta con un sí y luego con un no, a preguntas que merecen mayor elocuencia. Pero más raro aún, es el trato de don Octavio con sus hijos, todos mayores de edad, ya que su idioma con ellos no es verbal, sino por señas y cuando aquéllos no le entienden, que es cosa frecuente, viene el regaño explosivo, pero corto, para no gastar energía con reprimendas prolongadas e inútiles.

Hay que aclarar que don Octavio, como sus hijos no son muy dados a la palabra, ni tienen mucha disposición para ofrecer explicaciones y menos aún excusas, ya no digamos a hacer un favor. No es que sean odiosos, como asevera un pariente de ellos sino que son así, sencillamente así.

Su hijo mayor Nicolás, un hombre tostado por el sol y el salitre, se comporta de forma similar, aunque éste ni siquiera se toma la molestia de aparentar que está escuchando, y si acepta alguna palabra es ininteligible y por casualidad, pues su mente como la de su papá está en otra cosa, allá dentro del mar donde pesca todos los días y se enmara sin ningún temor, para buscar el pescado embolsado y echar la cuerda o el trasmallo en los puntos donde cree que abunda el animal. Solamente también está en las cuentas que debe sacar en el acopio, para pagar la gasolina que le adelantan al crédito y poder mover el motor de su bote. Con el resto del dinero que le queda, pueda empezar una diana de dos o tres semanas, paralizando así todas las labores de pesca.

Mauro el segundo hijo en orden de edad, es otra cosa, es la excepción en el núcleo familiar, pues sabe escuchar y trata de entender lo que uno le dice. Es buen observador aunque un poco testarudo. Luce bien con sus ojos gatos y una sonrisa que esconde cierta malicia y una ironía delatadora. Le gusta conversar y estar al tanto de todo y su trabajo es administrativo y hasta político, pues es casi alcalde del poblado y defendió con su pellejo las actas de las votaciones presidenciales, que los sandinistas arteramente querían secuestrar, en todo el manejo y transporte de esos delicados documentos.

Néstor el tercero en el orden de edad, está siempre distraído, cuando alguien le dice algo no le escucha, pero cuando él habla exige que todos le escuchen, por lo demás siempre está absorto por la televisión y puede calentar una silla mirando tres veces una misma película en el mismo día. Schwarzenegger y Chuck Norris son sus héroes y cuando éstos están desjarretando a otros humanos en la pantalla, Néstor se vuelve insensible a los ruidos o palabras más estridentes.

Lorenzo el cuarto de los varones, ni habla, ni escucha, ni oye. Es un zombi viviente, aún antes de que la diabetes lo empezara a consumir. No obstante esta dolencia, su afición al espíritu de caña no ha mermado y las utilidades de su arte pesquero se diluyen en guarito, en compañía de asiduos libadores y compañeros de mar. Los diálogos son su papá, a quien tiene que rendir cuentas por la pesca del día, ya que comparten bote y motor, son cortos, casi monosilábicos y para un observador imparcial, ininteligibles.

Leoncio es el menor de los varones, pequeño de estatura, tiene como afición el fútbol, cosa insólita en esas regiones calientes de la costal, ya que allí lo que reina es el béisbol, que es la afición vital de don Octavio, el cual se siente frustrado porque su hijo anda perdiendo el tiempo en un deporte que no tiene futuro y jamás va a llegar a ganar dinero, como Denis Martínez o Marvin Benard. No es de extrañarse que a Leoncio le guste el fútbol, pues estudió en Diriamba y allí se le metió la manía de andar pegando patadas a la bola.

Ante su sombría situación, sus hijos padecen el regaño casi continuo del elevado y agudo tono de su voz, cada vez que éstos desobedecen o la contradicen. A simple vista, se observa que su mente no está ni el mar, ni el monte, sino en los prósperos días de su miscelánea, que son ahora sólo un triste recuerdo. Casi se podría llamar a Odalys la sorda de la familia.

Don Octavio y su familia son así, nada locuaces, pero no necesariamente odiosos como dijo aquel pariente ingrato.  
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