Los retos de la filosofía en el siglo XXI
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El proyecto filosófico que enfrente los retos del siglo XXI, proyecto de la unidad en la diversidad, debe superar la separación entre realidad
y razón, pues la razón es vida pensada y pensamiento vivido |
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Alejandro Serrano Caldera
El humanismo de nuestro tiempo debe mirar hacia el futuro retomando la unidad originaria de la vida y el pensamiento griego presocrático. La unidad dialéctica entre el mito y el logos; entre Aristófanes y el racionalismo ático. Simbólicamente entre Dyonisios y Apolo; filosóficamente entre Sócrates, el mayeútico que inicia un camino, el que todavía andamos desde hace dos mil quinientos años y Nietzsche, el iluminado de los dioses que nos dice ¡alto! nuestra civilización es la persistencia en el error durante veinticinco siglos.
Es menester rectificar, reintegrar la unidad fracturada y devolver al hombre y a la mujer su plenitud como seres integrales, intuitivos y racionales y no como sujetos parciales que han fundado la vida únicamente en la mitad racional del ser. Jano tiene dos rostros y ambos forman su unidad. Ni sólo lo dyonisíaco que privilegia las fuerzas subconscientes e instintivas de lo humano; ni sólo lo apolíneo que consagra la rígida sistematicidad y la belleza simétrica. Ni sólo la razón que todo lo clasifica y ordena; ni sólo el mito en el que perviven indiferenciadas la historia sagrada y la historia profana.
El exceso del pensamiento nietzscheano-dyonisíaco, muy a pesar de Nietzsche y de los griegos presocráticos, nos condujo al nazifacismo; el exceso del pensamiento socrático nos ha conducido al “capitalismo salvaje”, para usar la terminología de León XIII puesta al día por Juan Pablo II, y a los ideólogos del fin de la historia y de la uniformidad universal.
La integración dialéctica de ambas tendencias, o lo que es lo mismo, la realización de la unidad en la diversidad de las dos formas de interpretar y actuar la historia y la naturaleza humana, es lo que puede permitirnos humanizar la vida y vitalizar las humanidades y así recuperar valores que transcienden la utilidad, el provecho y la acumulación de las que está lleno el lenguaje, la conducta y las categorías morales de nuestro tiempo.
El egoísmo predominante debe dar paso a la solidaridad. Existir, en una palabra que nos sugiere vivir para algo más que para sí mismo. Ex-sí, fuera de sí, hacia los otros, hacia el prójimo, que es el próximo, es algo más que sobrevivir, es vivir, es más que vivir.
La filosofía debe buscar la verdad que se manifiesta en todos los tiempos históricos; para ello debe develar, des-ocultar, Aletheia decían los griegos a ese gesto de la conciencia, de la intuición y de la razón que significa quitar el velo que cubre; apartar la densa masa opaca de los dogmas políticos, de los absolutismos científicos y de las ideologías sacralizadas, sean éstas de izquierda o de derecha.
Desocultar, recuperar la verdad, hacer coincidir la palabra con su sentido y el concepto con su contenido, es misión esencial de esa ética de los valores que debe fundamentar la posibilidad de un mundo más libre, tolerante y humano.
El proyecto de la Ilustración que en la filosofía, el derecho y la política se abre en Europa en el siglo XVIII, lo mismo que el proyecto que propuso el Romanticismo y el Positivismo en el siglo XIX parecieran agotados, o al menos en crisis. Con ellos, de alguna forma, se ha construido el pensamiento y la historia de América Latina, por lo que, su crisis, querámoslo o no, nos afecta.
Los filósofos latinoamericanos tiene un papel muy importante que desempeñar para construir una filosofía desde América Latina, lo que significa más que una referencia territorial, una situación en el tiempo, la historia y la cultura y una determinada perspectiva para enfocar los problemas universales de nuestro tiempo y para lanzar a un horizonte sin fronteras, es decir, universal, los temas tenidos hasta hoy como locales, circunscriptos a una específica historia y geografía.
El proyecto filosófico que enfrente los retos del siglo XXI, proyecto de la unidad en la diversidad, debe superar la separación entre realidad y razón, pues la razón es vida pensada y pensamiento vivido y ser entendido desde tres puntos de vista o posibilidades:
Como síntesis, en tanto resultado de una nueva categoría formada por la convergencia de varios afluentes que al dar forma a la unidad resultante, pierden su identidad individual que se disuelve en una dimensión universal.
Como articulación de diversidades que forman un todo unitario pero sin perder su particularidad.
Como coexistencia de diferentes situaciones que no son asimiladas ni por consenso, ni por ninguna formación definida por un grupo hegemónico de poder, sea éste político, social o de otra índole.
Un ejemplo del primer caso podría ser el de los Derechos Humanos; del segundo el Contrato Social, el consenso o el proyecto de Estado-Nación; y del tercero, el reconocimiento de los derechos de las minorías, cualquiera sea su naturaleza, en su identidad y expresión particular.
La filosofía es un proceso dialéctico que va de lo abstracto a lo concreto en la búsqueda de la verdad. La historia de la filosofía es una función integradora y relacionadora de los resultados de la filosofía a través del tiempo. La filosofía, al buscar lo universal que resulta de las situaciones particulares, es un quehacer estrechamente relacionado con el desarrollo histórico y social. En consecuencia, la filosofía es una tarea de reconstrucción, integración e incorporación entre la vida y el trabajo, el pensamiento y la acción, la ciencia, la moral y el derecho, el análisis y la síntesis.
Toda reflexión y todo pensamiento, en cuanto acción de la inteligencia y la conciencia, entran en la historia, se historizan. El ser humano es un desplegarse que deviene historia. No es una objetividad dada. Es movimiento en la historia; no está nunca realizado pues está realizándose. Es la forma particular que el movimiento toma en el tiempo a través de la existencia personal o social. Hay dos elementos que conforman este devenir: la vocación y la voluntad del sujeto. Juntos, vocación y voluntad forman el ser. El proceso de construcción de la historia es el proceso de construcción del ser humano. Este se crea al crearla. Lo que el hombre hace forma parte de lo que es; lo que el hombre es forma parte de lo que hace. En este sentido, se entrelazan la ontología y la historia, la filosofía y la práctica. El ser al manifestarse lo hace históricamente; el propio ser es un manifestarse en la historia. La filosofía es la realidad que debe transformarse en concepto; pero es a la vez el concepto que debe transformarse en realidad. La teoría es la razón de la práctica y ésta la historicidad de la razón. La unidad de ambas es la praxis.
Ante el drama contemporáneo de la fragmentación, de la ruptura entre el hombre y el mundo, en este momento de la “conciencia desgarrada”, para usar la palabra de Hegel, la filosofía debe ser el esfuerzo teórico y práctico de unidad en la diversidad.
La filosofía no debe ser el estudio de un itinerario de ortodoxias, no el conocimiento de un hilo hilvanador de dogmas, ni siquiera una fiel reproducción del pensamiento hasta ahora construido, debe ser realidad que palpita en el concepto e idea que se encarna y humaniza en la historia, propuesta y diálogo que integra la experiencia y la esperanza, la libertad y la igualdad y, además, que contribuya a construir las intermediaciones que hagan posible el paso de unas a otras.
La filosofía es camino entre las zarzas de la experiencia, entre los riscos de la historia.”Filosofar –expresa Jaspers– quiere decir ir de camino y su plenitud no estriba en una certeza enunciable, no en proposiciones y confesiones, sino en una realización histórica del ser del hombre al que se le abre el ser mismo. Lograr esta realidad dentro de la situación en que se halla en cada caso un hombre es el sentido del filosofar”.
Pienso que a través de estas ideas podríamos formular un nuevo proyecto filosófico e intentar una adecuada aproximación de la filosofía a los retos del siglo que comienza. En este esfuerzo debería asumir el papel que le corresponde y así, de esa manera, a la vez específica y universal, reinventarse y reinsertarse en la historia. Esta conducta de compromiso y solidaridad de la razón con el destino del hombre sería la base para construir una nueva ética y una nueva axiología.
El autor es filósofo (Resumen de conferencia dictada el 20 de noviembre, Día de la Filosofía, en el Instituto Martin Luther King, de la Upoli).

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